Mostrando entradas con la etiqueta Colaboraciones. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Colaboraciones. Mostrar todas las entradas

martes, 18 de diciembre de 2012

El primer bebé, de Luis Alberto Ambroggio

El pasado sábado, compartimos una jornada de charla y ocio, bastante familiar, con nuestra amiga María del Águila Boge, que ha superado las adversidades recientes haciéndose más fuerte y sonriendo a la vida. Nos encantó hablar con ella y encontrarla tan bien. Resulta impresionante ver cómo esta literata, que guarda tantas experiencias y vivencias en su baúl de los recuerdos, muchas de ellas en otros países, se ha amoldado tan felizmente a su Alcalá de Guadaira.


Precisamente, mientras hablábamos en la comida, nos acordamos de Luis Alberto Ambroggio, a quien conocimos gracias a ella. Luis Alberto es una persona singular y, sin embargo, tremendamente humilde, que, además de ser numerario de la Academia Norteamericana de la Lengua Española, forma parte de la Real Academia Española. No hace mucho, me puse en contacto con él para saludarle y, al saber que había uno más en la familia (nuestro pequeño Ángel), me invitó a leer este poema suyo dedicado a los recién nacidos y titulado El primer bebé, que reproduzco desde el blog Mis poetas contemporáneos 2 en el que aparece publicado:
  
Te despiertas,
bebé enamorado,
juega
la ternura de tu rostro
a robarle estrellas
al alba de tu madre
que te mira
con los ojos infinitos
de su universo,
luz océano de amor.

Desde entonces
el sol se acuesta
y se levanta
en la sonrisa llena
de un sueño,
reflejado
en las dos estrellas azules
de tus ojos
cada día
nuevos.

sábado, 15 de octubre de 2011

Colaboraciones: O demo, de Montse de Paz

Había oído hablar de Montse de Paz Toldrá, pero no la conocí hasta que coincidimos en el VI Encuentro de Literatura Fantástica de Dos Hermanas. Dentro del mundo de los libros, Montse es uno de esos espíritus inquietos y altruistas que habitan el mundo virtual y desean trasladar a los demás lo que han aprendido por el camino, por si les resulta útil. Además, ha ganado el Premio Minotauro 2011 con su novela Ciudad sin estrellas y está tan contenta con el premio que lo trajo consigo a Sevilla para que nos acompañara a todos.

Por cierto, Montse forma parte también de la redacción de la revista digital Prosofagia, que acaba de estrenar web. Os recomiendo que la visitéis si no la conocéis aún.

Como habréis podido leer en los artículos más recientes de este blog, el domingo 2 de octubre compartí mesa redonda con Virginia Pérez de la Puente y con ella, en Ellas también cuentan, la primera aproximación seria que hacemos a la mujer escritora en el programa de uno de los Encuentros. Gracias a estas charlas se suelen forjar nuevas amistades y creo que eso es lo que me ocurrió con ambas.

Naturalmente, no quise perder la oportunidad de contar con la colaboración de Montse en esta sección. Respondió generosamente a mi petición y gracias a ello podéis leer aquí este cuento, que nos sumerge en las leyendas ancestrales del norte. Ella misma me ha confesado que está ambientado en los pueblos de montaña del Bierzo y basado en hechos reales. Es una de esas historias "que contaban las abuelas y te metían el temblor en el cuerpo". Se titula O demo:

Tan sólo había dos rutas que comunicaban los pueblos de Saucedo y Quintanilla. La más directa era por el río, vadeándolo a pie, a caballo o en balsa. La otra, más larga y tortuosa, era el sendero del monte.

Siendo el camino del río el más corto, los mozos de un pueblo que trabajaban y festejaban en el otro elegían esta vía, durante las horas de luz. Pero al caer la noche el vado del río era traicionero y los pocos que se arriesgaban a regresar ya oscurecido optaban por la vereda del monte.

Era esta una trocha angosta y sombría que serpenteaba entre sotos y cañadas, desafío para ánimos templados o temerarios, pues las gentes decían que era frecuentada por multitud de trasgos y espíritus acechantes.

Por la vendimia, los mozos de Quintanilla formaban tropel e iban a trabajar a los viñedos de Saucedo. Tras las jornadas de duro bregar, el dulce vino nuevo fortificaba el cuerpo y alegraba el corazón. También inflamaba la fantasía e infundía ocurrencias maliciosas a jóvenes y viejos, empujándoles a pisar terreno incierto al filo del oscuro reino de lo sobrenatural.

Manolo de Recaredo abandonó a sus compañeros al anochecer. Los dejó cenando junto a la hoguera mientras caía el relente. Cargó la azada al hombro y los despidió.

—Anda, no vayas por el monte, que aún te saldrá un trasgo.

—Pascual de la Bernardina ya salió… ¡Pero aún era de día!

Manolo movió la cabeza.

—Me vuelvo a casa a dormir.

—Quédate, home, que es tarde. ¡O te llevará el alma o demo!

—¡Que salga, si quiere!


La noche era cerrada y las estrellas parpadeaban, asomando y escondiéndose tras la maraña del soto. Manolo avanzó a paso firme, escuchando sus pisadas sobre la hierba y el silbido del aire entre las hojas.

De pronto, un crujido lo alertó. No eran sus propios pasos. Una sombra blanca ondeó en la penumbra, seguida de un aullido espectral.

Se detuvo. El aullido se repitió y una claridad ondulante se acercó, haciendo crepitar la hojarasca. Manolo tragó saliva y aferró con ambos puños el fuste de su azada.

—¡Alto ahí!

Uuuuuh… Uuuuuh…

Manolo contuvo su temblor.

—¡Alto! ¿Eres hombre o demo?

El aire agitó el ramaje. Sonó una voz cavernosa.

—Soy o demo

Un súbito coraje lo inflamó.

—Pos si eres o demo… ¡Te abrenuncio!

Enarboló la azada, con la horquilla bidente vuelta hacia abajo; dos arañazos de luz pálida trazaron una curva veloz en la oscuridad y el peso del metal cayó, con un crujido seco y golpe sordo.

La sombra pálida yacía en el suelo. Manolo tiró de la azada y sintió la humedad en el hierro y una gota que le cayó en el dorso de la mano. Saltó por encima del bulto y echó a correr.


Las estrellas titilaban, más gruesas, sobre el cielo despejado de Quintanilla. Una calma de frío otoñal cubría la aldea, dormida al resguardo del cerro. Manolo de Recaredo llegó a su casa.

Medio dormida, recogida en una silla de anea junto a la lumbre en brasas, la madre esperaba, aún con la pañoleta al cuello y el rosario esparcido en el regazo, sobre el delantal.

—¡Fillo! Llegas muy tarde.

—Madre, maté o demo.

La mujer se puso en pie de un brinco, santiguándose, los ojos trémulos a la luz del rescoldo.

—Ay, filliño, ¿qué dices?

A la mañana siguiente, los mozos de Quintanilla se agruparon para volver a las viñas. Echaron en falta a Pascual, el de la Bernardina, cuando llegó Manolo y alardeó de su hazaña.

—De un golpe de azada lo tumbé y lo dejé seco.

—¡Qué anda diciendo este!

Alarmados, jóvenes y viejos, seguidos de varias mujeres, emprendieron el camino del monte. A la luz del día, el sendero era verde y exultante.

—¡Hombre de Dios! —exclamaban los viejos—. ¿A quién mataste?

—¿Pos no lo he dicho ya? —Manolo caminaba a grandes zancadas, ufano y seguro—. ¡Era o demo!

—¿Cómo lo sabes?

—¡Él lo dijo!


Llegaron a lo hondo de una cañada y se detuvieron. Las mujeres gimieron y se persignaron; los mozos se agolpaban alrededor. Los viejos se acercaron con cautela, examinando la grotesca mueca en el rostro pálido de ojos abiertos y vacíos. La sábana cubría su cuerpo y dos hileras de hormigas se cruzaban sobre el lienzo.
Era la cara de Pascual, o lo parecía. Desfigurada y blanca, eso sí. Pero de su frente brotaban, oscuros, dos cuernos sanguinolentos.

Manolo posó su azada en tierra, desafiante. Una voz de mujer sonó, sentenciosa y lastimera.

—Quiso ser o demo… ¡Dios lo castigó!

Nadie osó pronunciar palabra.

Montse de Paz

lunes, 21 de febrero de 2011

Colaboraciones: El amor azul marino, de Manuel Cortés Blanco

Manuel Cortés es uno de esos numerosos escritores-lectores a los que tuve la suerte de conocer a través del foro ¡¡Ábrete, libro!!. Hemos intercambiado pocas palabras y casi todas ellas debidas a nuestros hijos carnales, no a los hijos de papel, que podrían haber constituido el tema principal entre dos personas que se dedican a escribir. Sin embargo, sé que es un hombre especialmente comprometido con sus principios y con los valores que querría inculcar en este mundo.

Como muchos otros autores, tiene otra profesión: es especialista en medicina preventiva. Además, colabora con la ONG Aldeas Infantiles SOS. Pero, sobre todo, es narrador de cuentos, como ha demostrado en sus obras El amor azul marino, con el que obtuvo el Premio Literario Amares 2005, Cartas para un país sin magia y Mi planeta de chocolate, finalista del II Premio Internacional Vivendia de Relato.


Hoy os traigo uno de sus relatos. Me lo proporcionó hace meses, pero ya sabéis lo poco que puedo dedicarme últimamente a mi rincón virtual. No obstante, nunca olvidé la deuda que contraje con él. De manera, que disfrutad con El amor azul marino, cuento que da título a su primer libro:

Dios hizo el mundo en seis días y el séptimo descansó. En un alarde de imaginación creó las estrellas, las nubes, el hombre, la mujer. Apenas había dormido y, sumido en su cansancio, se acostó sin pintar las cosas.

Paradójicamente había creado el Arco iris, y en él cada uno de los colores. Sin embargo, el resto del mundo se debatía en una gama de grises impropia de un trabajo tan extraordinario.

Aquellos colores decidieron avisar al Señor de tal circunstancia, advirtiendo que el universo sería más bonito si pudieran pintarlo a su albedrío. Pero Él dormía plácidamente y no le quisieron despertar.

Fue entonces cuando al Fucsia, el más original entre ellos, se le ocurrió una idea estupenda:

-¿Por qué no lo pintamos nosotros y sorprendemos a Dios cuando se despierte?

Su iniciativa fue acogida con alegría y todos los colores expandieron sus pinceles: sobre los ríos, las estrellas, los amaneceres. Aunque, sin orden alguno, superpusieron sus tonalidades llenando la galaxia de borrones.

Fue entonces cuando el Fucsia, el más original entre ellos, tuvo una nueva ocurrencia:

-Haremos un sorteo de manera que cada uno de nosotros, conforme vaya saliendo, pintará con su gama aquel objeto que elija.

Pese a las reticencias del Gris, rey de reyes en un país de claroscuros, la idea fue aprobada por mayoría. Así que metieron el nombre de cada color en una saca y dio comienzo el sorteo.

El primero en salir fue el Azul:

-¡Qué suerte la mía! -dijo dando saltos de contento-. Porque yo quería pintar el mar…

Y el Azul pintó el mar.

El segundo fue el Verde:

-¡Qué suerte la mía! -repetiría también con regocijo-. Porque yo quería pintar los campos en primavera…

Y el Verde pintó los campos en primavera.

Tercero, el Amarillo:

-¡Qué suerte la mía! Porque yo quería pintar el sol…

Y el Amarillo pintó el sol.

Y así, uno a uno, fueron saliendo todos los colores para acabar rotulando todas las cosas.

¡Qué bonito ha quedado el mundo! Tan lleno de luces, contrastes, tonalidades. Pero Dios seguía durmiendo.

-¿Qué hacemos?, ¿le despertamos?

-No -dijo el Fucsia, el más original entre ellos-. ¿Por qué no hacemos tiempo y pintamos también los sentimientos? Así su sorpresa será mayor cuando se despierte.

El Gris objetó pues, en su opinión, algo tan banal no merece semejante privilegio. Sin embargo, la propuesta fue aprobada por mayoría.

Decidieron entonces utilizar el mismo sistema que el habido para las cosas. De manera que, tras meter el nombre de cada color en una saca, dio comienzo otro sorteo.
Esta vez, el primero en salir fue el Rojo:

-¡Qué suerte la mía! -exclamó satisfecho-. Porque yo quería pintar la pasión…

Y el Rojo pintó la pasión.

El siguiente fue el Verde.

-¡Qué suerte la mía! Porque yo quería pintar la esperanza…

Y el Verde pintó la esperanza.

En tercer lugar salió el Gris que, ante su enfado, decidió colorear la Indiferencia (por eso las personas indiferentes resultan ser tan grises). Y así, uno a uno, fueron asomando los colores hasta llegar al que cerraba lista.

En esta ocasión, y a diferencia de lo ocurrido en el primer sorteo, el Azul salió en último lugar correspondiéndole el único sentimiento que faltaba por escoger. El más esquivo, el más complejo, el menos maleable: el Amor.

Cuando el Creador despertó de su letargo quedó admirado con lo que contemplaba. Su obra era un panel de contrastes que desbordaba belleza por todas sus aristas. Tal vez Él habría teñido el cielo de Naranjas o la amistad con tintes Violetas, pero quiso respetar lo que en su reposo le había regalado el Arco iris. Tan sólo pidió a sus colores que siempre, en cada momento, fueran coherentes con la elección que hubiesen realizado.

Por eso el Amor y el Mar son tan similares; porque ambos fueron elegidos por un color que nunca se olvidó de aquella petición: el Azul. Ambos son fuentes de vida y, pese a ello, capaces de matar. Sucumben al hechizo de la luna, dan coartada a los amantes, inspiran a los poetas que pretenden describirlos, a los pintores que tratamos de plasmarlo.

Y por ello, cuando un mar o un amor nace, constituye para todos un motivo de alegría.


Manuel Cortés Blanco

lunes, 11 de octubre de 2010

Colaboraciones: El placer del lector, de Salvador Navarro

Este fin de semana, mientras se celebraba la XXVIII edición de la HispaCON en Burjassot (Valencia), el escritor Salvador Navarro, con el que he coincidido en varias ocasiones los últimos meses, respondió al correo que le había enviado y me envió el texto que reproduzco más abajo para publicarlo en esta sección de mi blog.

Parece increíble que, con lo poco que se prodigan algunas profesiones, dos escritores sevillanos se conocieran en otra ciudad. Eso es lo que nos pasó a Salvador y a mí, que nos encontramos sentados en la misma mesa en la Feria del Libro de Málaga de hace dos años, firmando ejemplares de nuestras obras. A pesar de la relación que ambos guardamos con el foro ¡¡Ábrete, libro!!, fue así como entramos en contacto.


Más recientemente, asistí a la concurrida presentación de su nueva novela en el salón de actos del Club Antares. Coincidencias de la vida, una de sus mejores amigas, que le ayudaba a presentar el libro, titulado No te supe perder, había estudiado Matemáticas por la misma época que yo. De manera que esa famosa regla de que existe un número mínimo de personas conocidas entre dos completos desconocidos volvía a cumplirse.


Por último, nos reencontramos en las III Jornadas Literarias ¡¡Ábrete, libro!!, en Madrid. Allí volvió a confirmar que consideraba No te supe perder como su mejor novela hasta el momento. Ciertamente, no debió de quedar finalista del XIX Premio Internacional de Novela Luis Berenguer por casualidad. Su novela, de cariz realista, narra una historia en torno a varias personas que desarrollan su vida en Sevilla. El sometimiento de unos y la agresividad de otros dibuja nuestro mundo con más proximidad de la que cabría esperar.

Para que le conozcáis un poquito y os animéis a leerle más, os dejo con su reflexión sobre El placer de leer:

De una editorial de un periódico nacional anoté hace algún tiempo que leer te hace más libre, más feliz y más divertido. Una idea se puede expresar de mil maneras, pero me quedé con la frase por rotunda.

Cada cual a su manera interpreta el mundo, su vida, la de los demás, el sentido profundo de las cosas; cada persona tiene sus trucos para ser feliz, da valor a cosas diferentes que el vecino, que el hermano o que el desconocido con quien, tal vez, se cruzará alguna vez por una calle de una ciudad pocas veces visitada.

Cuando nacemos, obligatoriamente nos vemos imbuidos en una atmósfera determinada, una familia que te ofrece el cariño que sabe, que puede o que quiere o no quiere demostrarte, y que te influye en tu actitud ante la vida. Te ingresan en un colegio que tú no eliges para recibir una educación que siempre estará sesgada y, poco a poco, vas despegándote a partir de los amigos, seres con quienes te sientes más cómodo, que tú crees elegir, para ir integrándote en una ciudad que siempre tendrá un perfil determinado, un clima, unos olores, frustraciones y vanidades.

Yo nací en Sevilla, en una familia de clase media, estudié en un colegio de curas y viví una infancia feliz.

Mis hermanos se ríen de ese período en mí, cuando siendo un enano no me separaba del periódico, de los libros de Los Cinco, de los cómics de Mortadelo y Filemón. ¡El repelente niño Vicente…! Más tarde enganchado a Delibes o al Trafalgar de Pérez Galdós, el Cid, la Regenta, el Quijote, el Lazarillo de Tormes, la Celestina, todos libros obligatorios en edad escolar.

Necesariamente el colegio me ofrecía una visión parcial, muy limitada de la realidad. Dios por todos lados, Sevilla como la ciudad más bonita del mundo, un ambiente de derechas y unas verdades indiscutibles.

Pero yo leía.

El húngaro Lajos Zilahy me habló de la amistad, "Por vez primera experimenté cuán dulce es confiar a otro todo cuanto nos oprime el corazón: parece que con ello entra en nosotros una corriente de aire fresco y un rayo de sol"; Julia O’Faolain me comentó que "cuando la religión te falla, la ética funciona bastante bien"; con Dostoievski viajé a los grandes paisajes despoblados de la Gran Rusia para conocer los extremos de la avaricia en el hombre, con Flaubert visité los páramos arbolados al sur de París donde se vivían historias de amor, de engaños inmisericordes, que no podía imaginar; Isabel Allende me insinuaba "que la memoria es frágil y el transcurso de una vida es muy breve y sucede todo tan deprisa que no alcanzamos a ver la relación entre los acontecimientos, no podemos medir la consecuencia de los actos, creemos en la ficción del tiempo, en el presente, el pasado y el futuro, pero puede ser también que todo ocurra simultáneamente...", mientras Carmen Martín Gaite la apoyaba, "¡quién volviera a ese tiempo de instante detenido!". Desde la cama de mi habitación reflexioné sobre teorías dispersas acerca del sexo, "Al sexo va un cuerpo sin cabeza, ni corazón, ni alma. Quien diga lo contrario no sabe qué es el sexo..." afirmaba contundente Antonio Gala, pero Almudena Grandes me confundía, "la maldición es el sexo… no existe otra cosa, nunca ha existido y nunca existirá".

Mi madre murió de cáncer y José Luis Sampedro supo explicarme ese dolor del enfermo terminal; y por esa época de juventud descorazonadora de sangre hirviente me enamoré con tanta fuerza que supe agarrarme a Benedetti, "En el amor no hay posturas ridículas ni cursis ni obscenas. En el no amor todo es ridículo y cursi y obsceno", pero aprendiendo lecciones de Herman Hesse: "El amor y el gozo y esa cosa misteriosa que llamamos 'felicidad' no está aquí ni allá, está solamente dentro de nosotros mismos". Milán Kundera era más ácido conmigo, él me susurraba que "nunca seremos capaces de establecer con seguridad en qué medida nuestras relaciones con los demás son producto de nuestros sentimientos, de nuestro amor, de nuestro desamor, bondad o maldad, y hasta qué punto son el resultado de la relación de fuerzas existentes entre ellos y nosotros". A veces llegué a confundir el amor con la amistad y Marguerite Yourcenar me lanzó un guiño, "la amistad es, ante todo, certidumbre, y eso es lo que la distingue del amor". ¿Quién me explicaba entonces mi infelicidad de universitario perdido en las decisiones por tomar y la vida por vivir? Patricia Highsmith se lo planteaba conmigo, "¿era posible ser feliz lógicamente? ¿Podía hablarse de lógica y felicidad al mismo tiempo?". Siempre estaba Hesse para contestarnos con gallardía, "...el hombre no debe perseguir grandezas o felicidad, heroísmo o una dulce paz, no debe desear otra cosa sino su limpieza de alma, una mente despierta, un bravo corazón y una fiel y comprensible paciencia que lo ayuden a resistir la felicidad junto con el sufrimiento, la conmoción tanto como el silencio" o de nuevo Kundera, "el tiempo humano no da vueltas en redondo sino que sigue una trayectoria recta. Ese es el motivo por el cual el hombre no puede ser feliz, porque la felicidad es el deseo de repetir. Sí, la felicidad es el deseo de repetir".

El placer del arte en sí, lo atrapó tan bien Muñoz Molina, "El arte enseña a mirar: a mirar el arte y a mirar con ojos más atentos el mundo" que no sabría definirlo mejor.

Sándor Marai, en cambio, sacó a relucir mis miedos, "en la vida de toda persona llega un momento en que se queda sola y nadie puede ayudarla".

Con García Márquez hice viajes en que el calor húmedo era asfixiante, pasé un frío tremendo con Thomas Mann en los Alpes suizos, me trasladé miles de años atrás con Waltari para dormir algunas noches en la ciudad de los muertos añorando a Nefer Nefer Nefer, me aventuré por sueños de mundos inexistentes con Rosa Montero. He abrazado una Sudáfrica dura con Coetzee, la Italia medieval con Ítalo Calvino, el Nueva York burgués con Irving, el México adulador y culto con Bolaños. Adoro el Madrid de Millás, la Barcelona de Mendoza, la Sevilla de Cernuda... Amo la Francia de Maupassant, la Alemania de Goethe, la desazonadora Inglaterra de Doris Lessing.

He viajado por todo el mundo y todas las épocas, he conocido hombres moribundos, amores tremendos incapaces de mantenerse en pie, he vivido toda clase de perversiones sexuales, he asesinado y me han aporreado, maltratado, vejado. Me han querido mujeres y hombres, he crecido en Indochina y me he recorrido los Estados Unidos en coche. Sé del dolor de la guerra sin sentido y de la fuerza del poder, me han exasperado vampiros, crápulas y maleantes. Sé lo que es un futuro si la sociedad se envilece, sé como los japoneses padecieron la bomba atómica, he luchado en los dos bandos de la Guerra Civil española. Fui anarquista, fui un facha. He sido heterosexual, homosexual, he tenido sida y ha ayudado a sanar gente.

Sé que la vida es grandiosa, como dice mi querido Auster "es el azar quien gobierna el mundo. Lo aleatorio nos acecha todos los días de nuestra vida".

Sé que hay ciudades más grandes y más hermosas que Sevilla, paisajes impresionantes, gente sabia y buena que nunca llegaré a cruzarme. Soy tolerante porque lo he vivido casi todo y porque estoy dispuesto a seguir sumergiéndome cada rato que pueda al otro lado de los libros, allí donde encuentro las no-respuestas a verdades universales vertidas por gente sabia que un día cogió una pluma y me quiso contar, a mí, lo impresionante que es la existencia humana.


Salvador Navarro

miércoles, 11 de agosto de 2010

Aventuras en México D.F.: Los taxis, una anécdota de Ángel Rider

Jueves, 27 de mayo de 2010

En esta ciudad hay dos tipos de taxis. Los que parecen taxis, con su línea bicolor dorada y roja en toda la carrocería, su licencia en el cristal y su mojón puesto encima del techo, y los que no pone absolutamente nada, ni hay apariencia física de que eso sea más que un buen coche. Contra todo pronóstico, los seguros son los segundos, los primeros son los que huelen a amenaza de secuestro con un poco de mala suerte. Evito montarme en estos, claro, siempre desde el hotel me ponen uno de los buenos[...]

Después justo de mi curso, me habían preparado una sorpresa especial: dar una charla sobre un temario del que tengo un 10% de idea. [...] Charla. Dos horas y veintitrés minutos más tarde salgo victorioso de la misma habiendo contestado a toda clase de preguntas extrañas y a bocajarro de estos cuates. Ya sé por qué mi jefe me contrató y me adora. Tengo casi la misma capacidad que él de esquivar disparos, parezco Neo en Matrix. He dicho contestado, no contestado bien.

Aturdido, a punto de salir, me afronta un señor que no conozco de nada, ni se presenta, y que físicamente puede ser el padre de Pocholo y se pone a contarme un tema de trabajo que me importa tres pepinos. Quiero largarme cuanto antes. Enciendo el móvil. Solo un mensaje. Para paliar este desaire, me pongo los auriculares (necesitaba un chute de droga de la buena): Stereophonics – Maybe tomorrow, y salgo a recepción a que me pidan un taxi.

A mitad de canción mi atención se distrae: acaba de entrar por la puerta un chico de aproximadamente mi edad, enchaquetado, aunque con look ebrio y... ostias, ¡pantalones rasgados! Me quito un auricular; le pide a los chicos de recepción que si puede hacer una llamada, que le han robado, que han intentado secuestrarlo, que no tiene la mitad de sus cosas, que no se acuerda de mucho más…

Me quito el otro auricular.

El chico tiene un golpe en la sien opuesta a mi visión inicial, y realmente está muy confundido. No sé si le han dado una especie de droga que lo atonte o viene así de fábrica. Él sigue contando una historia, ellos lo dejan llamar, yo sigo flipando, todo sucede como de mentira. Pasan cuatro minutos de este palo.

El chico de recepción me hace un gesto, acaba de llegar mi taxi. Tiene una línea bicolor dorada y roja en la carrocería. Genial.

domingo, 23 de mayo de 2010

Colaboraciones: 24 horas con ella, de Mª José Sobrino Simal

A Mª José la conocí hace muy poco con el sobrenombre de Marse. Un buen día, leyó mi idea acerca de esta sección de colaboraciones de otros autores y decidió escribirme. Se considera a sí misma, de momento, una escritora amateur. Sin embargo, ha publicado cuatro libros de relatos bajo los títulos El país de los sueños, La fiesta de Barbie, En el sabor de la noche y El caballero y la cenicienta. Y, además, es tan valiente que también se atreve con la poesía y la pintura.

Se da la circunstancia de que conozco su tierra bastante bien, aunque no he vivido nunca por allí. Luego he descubierto que esta castellano-manchega y yo también hemos coincidido en el libro solidario que se preparó por las víctimas del terremoto de Haití. De manera que seguramente no ha sido por casualidad que nuestros caminos hayan vuelto a cruzarse. Mª José me propuso que eligiera uno entre varios de sus textos. Sus versos y su prosa resultan muy naturales, muy espontáneos y frescos. Finalmente me decanté por el que presento aquí, publicado originalmente en su blog El rincón de Marse: 24 horas con ella. Y lo he ilustrado con la misma imagen de las Tablas de Daimiel que ella escogió en su día.


Hacia tiempo que no hablaba con ella, la encontré en la esquina del museo, y con aire desolado me dijo que no sabia nada de mi, entonces con aliento cansado le dije:

-Muy bien, daremos un paseo por el parque, pasemos el día juntas...

-Pero si tú nunca tienes tiempo para mi -me dijo con aire desolado.

-Si, lo se, te tengo bastante abandonada.

-Cuando dices que vamos a hacer algo juntas, me hago ilusiones pero luego desapareces como un barco de vapor en alta mar.

-Llevas razón, pero te doy mi palabra, daremos un largo paseo, hasta que termine el día si es necesario.

Y así fue, recorrimos el parque, nos leímos juntas un pequeño libro de bolsillo que llevaba hace meses, si, he dicho bien, hace meses en mi bolso, lo adquirí en un mercadillo medieval, pero el pobre iba de un lado a otro del bolso esperando a ser leído. Esa tarde lo compartí con ella.

Después del libro estuvimos escuchando aquella recopilación completa que me bajé al móvil también hace meses, y... que nunca llegué a escuchar. Después nos fuimos a hacer la ruta de los museos, que también hacia meses que no los visitaba, después de todo eso nos fuimos al café "Carpe Diem", lugar donde siempre me había reunido con mis amigas y que por alguna razón del destino allí se encontraban todas, en la mesa ante el gran ventanal desde donde se podía divisar la gran vía; después nos fuimos simplemente... a pasear, mientras hablábamos de todo, recordamos de todo, y como siempre, no siempre estábamos de acuerdo en todo, discrepamos, discutimos, era tan igual a mí y a la vez tan diferente.., hablamos del pasado, del presente y de lo que esperábamos del futuro, recorrimos calles, paseos, ramblas, creo que en la vida había caminado tanto como aquel día. Sin darme cuenta cayó la noche, sin darme cuenta los zapatos me jugaban ya la mala pasada de hacer que no pudiese ni caminar, sin darme cuenta me di cuenta, me di cuenta que había pasado todo un día en compañía de la persona que mas habia alejado de mi, esa persona...era yo.


Mª José Sobrino Simal

jueves, 1 de abril de 2010

Colaboraciones: Descubrir Amerika, de Javier Lahoz

Un día, hace casi cinco años, llamé a una librería de Zaragoza para ver si podían hacer un pedido de mi primera novela y me atendió una persona muy amable que, además de librero, resultó ser escritor. Desde entonces, Javier Lahoz y yo hemos mantenido, ininterrumpidamente, conversaciones telefónicas ocasionales, llenas de amistad y buenos sentimientos. Ha resultado que tenemos en común algunos amigos, aparte del interés por la literatura. Él además es un seguidor apasionado del cine, como se manifiesta en alguna de sus obras.

Cara de malo, El plazo de las horas muertas y La larga espera de María Tudor son sus primeras tres novelas. Hace tiempo que le animo a que revise alguno de los proyectos que tiene guardados y le proporcione el impulso final para verlo publicado. Es lo mínimo que puedo hacer, como amigo escritor, por alguien que se acuerda de mí constantemente, se preocupa por cómo me va la vida y cómo me llevo con la literatura. Es una amistad muy cinematográfica, basada en las charlas por teléfono y en la promesa de conocernos en persona, como en las películas en blanco y negro.

Javier ha querido dedicar el espacio en esta sección a hacer una reflexión acerca de una novela que le ha fascinado, la ganadora del Premio Ateneo Joven de Sevilla, escrita por Lorenzo Luengo. Él mismo nos lo va a contar:

Cualquiera de vosotros, que ahora leéis estas líneas, tiene la posibilidad de descubrir AMERIKA. Sí, tal y como lo estáis viendo, con una rotunda "K" que la distingue de la otra, la que quizás hayáis pisado alguna vez dejándoos deslumbrar por su grandeza y su mitología. Ocurre exactamente lo mismo con esta estupenda novela de Lorenzo Luengo, que os va a llevar de la mano, envolver, sorprender e inquietar como todavía no imagináis, porque si bien la cuestión comienza en un escenario donde resucitan los sueños de quienes alguna vez nos creímos dentro de una película en blanco y negro, la vida nos volverá a enseñar que siempre hubo un antes, un origen que nos lleva a ser lo que somos. Y de eso sabe mucho su principal protagonista, Leonardo Rilke, un personaje que sin duda va a permanecer a través del tiempo. Nada que ver con todos esos que se desintegran en cuanto termina la lectura de sus vivencias.

Lorenzo Luengo ha hecho una maravillosa recreación de dos mundos, el que fue y el que debería haber sido, el de la realidad y el de la fantasía. AMERIKA está construida sobre los cimientos del cineasta Jacques Tourneur, que a todos nos regaló luces y sombras envueltas en una magia que el autor de este libro posee. Desfilan por sus páginas auténticas joyas de un mundo que supo conquistar al mundo cuando el cine alimentaba sus ilusiones. Y de ahí, la ficción en busca de la AMERIKA que a más de uno le gustaría para sí mismo. Y después, la otra, claro, la que se construyó a base de memorables acontecimientos, esa que alguna vez convertisteis en un viaje para el recuerdo. Lorenzo Luengo ha puesto a nuestro servicio una historia escrita de verdad, con un despliegue de detalles que anima a releer para recrearse en ese lenguaje tan elaborado, tan cuidado, tan exquisito y, a la par, tan cercano, que tan difícil es de encontrar habitualmente.

Hay que descubrir AMERIKA.


Javier Lahoz.

jueves, 11 de marzo de 2010

Colaboraciones: El poeta y Sé lo que soy, de Pedro de Paz

En primer lugar, estimado amigo, deseo advertirte algo: aquí no encontrarás contenidos espectaculares. Aquí no hay ficheros, juegos, emepetreses, tonos, politonos ni sonitonos ni nada de todo aquello que, por lo general, parecen buscar muchos de los que navegan por la red de redes. Lo que sí podrás encontrar son textos diversos. Trozos de mi alma, retazos de mi vida, referencias a todo aquello que me importa, me inquieta y me preocupa.

Así nos recibe el escritor Pedro de Paz en su página oficial. Pedro es franco y llano, tanto como transparente y directo. Lamentablemente, a pesar de que nos hemos encontrado en persona varias veces, aún no hemos podido charlar largo y tendido de libros, de escritos, de la vida, de nuestras experiencias. Pero uno al otro no nos olvidamos. Es otro de esos grandes escritores a los que conocí gracias al foro ¡¡Ábrete, libro!! hace años. Desde entonces, sigo los progresos de su carrera literaria y nunca ha cejado, como suele pasar con aquellos autores que van consiguiendo victorias, grandes y pequeñas.

Sus libros, El hombre que mató a Durruti (2004), Muñecas tras el cristal (2006), La vida es un bar (2006), El documento Saldaña (2008) y La lista negra (2009) narran historias llenas de pasión y de sombras. Hoy nos demuestra su singular capacidad de emocionar al lector con dos poemas que ha cedido para esta sección, una faceta poco habitual en él, según reconoce. "De cuando en cuando, me da por escribir poemas (que no son tales. El tema no va más allá de arrebatos de lirismo en los que me da por escribir pensamientos en prosa poética". Disfrutemos con esos arrebatos.

EL POETA
Punteas sílabas
sobre las yemas de tus dedos
anhelando que el resultado
de tan arcana cábala
sea la respuesta a todas tus plegarias.

Pobre iluso.

Parque Coimbra, mayo de 2008

SÉ LO QUE SOY
Soy un mago
un malabarista que juega con las palabras
que las cose, las une, las engalana y las pliega
tratando de construir mundos a medida
donde encajar
todo aquello que le inquieta y le place.

Soy un triunfador
un hombre satisfecho, dueño de una vida plena.
Envidiado acreedor de un privilegiado estatus
que le permite disfrutar de lo que le rodea
y alcanzar
aquello con lo que muchos tan sólo sueñan.

Soy un bravo
curtido en infinidad de duras batallas.
Un trasnochado quijote que presume
de no doblegarse ante nada ni nadie
cuya naturaleza
actúe en detrimento de sus venerados principios.

Pero durante esas largas tardes de invierno
cuando el cielo se desboca
y la lluvia traza sendas sobre los cristales,
esos días en los que me complazco
de compartir velada con mi propia compañía
y sentir el arrullo de mis pensamientos más íntimos
justo en esos momentos
sé exactamente lo que soy:

un maldito impostor.

Parque Coimbra, febrero de 2009

Pedro de Paz

martes, 16 de febrero de 2010

Colaboraciones: El secreto del idioma más hablado del mundo, de Macarena Márquez

Un buen día, Macarena y yo nos convertimos en vecinos. Vivíamos con nuestras respectivas familias en el mismo edificio, la torre que se levanta desde hace varios lustros en medio del Paseo de Zorrilla, junto a El Corte Inglés, justo donde antes estaba el antiguo estadio de fútbol de Valladolid. Creo que nos encontramos en el ascensor y ella ya había oído que yo también escribía. Desde aquel momento, empezamos a hablar de literatura y a concertar citas con los amigos de la AEN.

Macarena, su hija y su marido son de esas personas a las que echamos de menos desde que regresamos a Sevilla. Madrileña hasta la médula, cambió de aires siguiendo los impulsos del destino, que no los propios. Probablemente algún día tenga que propiciar otro vuelco en su vida. Es un espíritu inquieto, que describe pasajes autobiográficos para ilustrar de emociones y sentimientos sus relatos. Eso mismo es lo que ocurre con 37 minutos en el atasco, obra llena de sensaciones y recuerdos.


Los libros suelen forjar amistades duraderas, como viene demostrando el catálogo de autores que están pasando últimamente por este blog. Aunque no nos veamos, seguiremos en contacto, indudablemente, y deseándonos lo mejor, tanto en lo personal como en lo profesional y lo literario.

Macarena me ha enviado esta reflexión, una rebeldía sincera hacia una de esas cosas inevitable de nuestro mundo. Disfrutad leyendo El secreto del idioma más hablado del mundo.

Jamás había comprendido el motivo por el cual el idioma de una sola isla se había convertido en el idioma de todo el planeta. Sí. Me estoy refiriendo exactamente a la lengua inglesa.

Desde que era niña me había rebelado contra esta apabullante certeza alrededor de la cual no hacía más que dar molinetes en busca de una explicación. Con los años aprendí inglés. Hice el esfuerzo de hablarlo. Puse todo mi oído en pronunciarlo. Mi voluntad en amarlo. No cejando en mi obstinación, estudié Antropología. Después cursé una licenciatura en Historia. Y me doctoré en Filología.

Ninguna de estas cosas fue suficiente. No conseguí averiguar en donde estribaba el éxito de la lengua inglesa.

La antropología no me aportó datos relevantes sobre las diferencias entre una lengua y otra. La Historia no consiguió explicar el auge de la lengua inglesa, ni siquiera a partir de la expansión del Imperio británico en su época más colonialista. Pero es que un doctorado en Filología inglesa por la Universidad de Cambridge tampoco logró acercarme a una verdad, que no por cierta, guardaba alguna lógica.

No obstante, desde siempre había adorado los viajes a Inglaterra. Me gustaban sus monótonos paisajes, sus matizados cielos, la ausencia de temperaturas extremas. La estancia en Cambridge cuando todavía era una doctoranda, colmó mi necesidad de perspectivas interminables y de horizontes amplios. No así, mi necesidad de saber la razón por la cual el idioma de una isla era hablado por el mundo entero.

No había transcurrido un año desde que finalizara mis estudios, cuando fui convocada por la Universidad en que me había doctorado para dar unas conferencias sobre el idioma inglés y su uso. Estaba acostumbrada a dar conferencias, pero ésta concreta, en la vetusta Universidad en la que tanto había aprendido, me llenaba de orgullo.

Fue una radiante tarde de fines de Marzo. Me encontraba en la estación de tren de Alta Velocidad de la ciudad de Valladolid. Esperaba salir hacia Madrid, en donde tomaría un avión rumbo a Londres. De repente, un hilo de voz femenino perfectamente timbrado reclamó toda mi atención. Era una voz bien empastada que como si estuviera declamando, traducía al inglés todas las informaciones que previamente se emitían en español.

La voz, en su más que correcto inglés, se iba haciendo con todo el vestíbulo de la estación y conmigo. Me llamaba. Reclamaba toda mi atención como si fuera una sinfonía. Ni las noticias de las dos de la tarde de la BBC radiaban con una pronunciación tan agraciada.

Miré alrededor. No había ni un solo inglés en el gran vestíbulo. Pero es que por si fuera poco, no había un solo extranjero.

Entonces ¿a quién le hablaba la voz?

El tren llegó. Nada más poner el pie en la estación de Chamartín, volví a escuchar la voz. Cambiaban los mensajes. Pero era la misma pronunciación exquisita en un idioma extraño. Había extranjeros. Claro. Pero la mayoría hispanohablantes. Si acaso algún ruso.

Entonces volví a preguntarme ¿A quién le habla la voz?

El avión salió. Al cabo de una hora aterrizó en el aeropuerto de Heathrow y yo partí rumbo al hotel. Hasta el día siguiente no tendría que dar mi conferencia en Cambridge.

El hotel era de una cadena española. Me gustaba ir allí cuando iba a Londres porque estaba muy céntrico, era muy tranquilo y contaba con salas comunes silenciosas en donde era posible abstraerse. También porque el servicio de restaurante era de los mejores de la ciudad.

Entré en la recepción. El hotel estaba atestado. Toda la gente que deambulaba por la gran sala era hispanohablante. La mayoría españoles, pero también había algún argentino, una familia dominicana, un cubano. Incluso unos recién casados que decían ser de Venezuela. Me acerqué al mostrador. Como siempre hago cuando llego a ese hotel, fui a identificarme. En inglés. Ni por asomo se me había ocurrido jamás que, ya que se trataba de un hotel y que encima era de una cadena española, deberían hablar varios idiomas.

Pero siempre hay una primera vez.

—Buenos días. Tengo reservada una habitación a nombre de Amanda González —le dije al recepcionista.

—I’m sorry, Miss Gonzalez, but I don’t speak Spanish. Only in English, please.

O lo que es lo mismo: “Lo siento, señorita González, pero no hablo español. Sólo en inglés, por favor”.

De repente me di cuenta de que no iba a hablar en inglés. Que al menos él iba a intentar entenderme en mi propio idioma. Aunque solo fuera ya por una cuestión de cortesía, la “polite” inglesa, ese término que tan pronto te enseñan cuando aprendes su idioma.

Fue inútil. El recepcionista no hizo por entenderme. Ni por signos.

Derrotada tuve que hablarle en inglés.

Cuando volví a mi estación de AVE preferida, que es la estación del Norte de la ciudad de Valladolid, volví a reencontrarme con esa voz hablando en la lengua universal. Sus uves perfectamente pronunciadas, la suavidad al enlazar unas sílabas con otras, ese arrullo idiomático, el dominio al articular las palatales… Todas estas cosas me invitaron a escuchar como siempre lo había hecho. Es más, me hacían sentir como de vacaciones. En un país que no era el mío.

En un momento de clarividencia entendí lo que ni tres carreras universitarias me habían enseñando. La voz emitiendo se había hecho con todo el vestíbulo. Entonces caí en la cuenta de que igualmente había sucedido con el idioma de una sola isla, que se había hecho con el gran vestíbulo del mundo.

¿El secreto?

Los ingleses jamás han aprendido otro idioma que no sea el suyo.

Macarena Márquez

martes, 2 de febrero de 2010

Colaboraciones: Horrible crimen conventual, de Ignacio Pérez González

Hace unos meses, en Amigos literarios, os hablé de la Asociación de Escritores Noveles y de Ignacio Pérez González, ganador con Valle de pámpanos del Primer Premio de Narrativa de AEN de Castilla y León. Fue un encuentro fugaz en el que pudimos intercambiar algunas impresiones y un poco de historia propia. Desde entonces, hemos cruzado varios correos electrónicos, manteniendo el vínculo que comenzó entonces, entre copas y pinchos.

Nacho es vallisoletano, pero reside en Santander. Ahora que he regresado a Sevilla, será más difícil que nuestros caminos se crucen de nuevo. Pero en el mundo de los libros nunca se sabe. Y, gracias a los informáticos y a la NASA, tenemos internet para comunicarnos.

Este artículo es fruto de uno de esos mensajes escritos en la Red. Cuando le pedí uno de sus textos, Nacho respondió inmediatamente enviándome Horrible crimen conventual, este sorprendente minicuento (como él lo ha llamado) que podéis leer a continuación.

El comisario se inclinó sobre el cadáver de la monja para apreciar de cerca los estragos que había hecho en el rostro la piedra ensangrentada que había a su lado. No pudo evitar un gesto de repugnancia al descubrir el amasijo de huesos y carne en que se había transformado la pálida faz de la hermana, cuyo cuerpo yacía en blanca petrificación junto al ala norte del claustro, bajo los capiteles de motivos florales.

Movió la cabeza negativamente, perplejo, casi sin respiración y se volvió hacia el sargento para decir:

—¿Cómo es posible un asesinato así, en este lugar y de esta forma? ¡No lo entiendo! ¿Cuál es el móvil del criminal, eh, qué móvil puede tener el que haya hecho esto, eh? ¿Usted lo sabe?

—Creo que aquí dentro no se puede usar ese tipo de teléfono, comisario —fue la repuesta del sargento, que se encontró con la mirada espantada de su superior, con su boca abierta, con una risa que arrancó despacio para acabar desbordándose en una carcajada inmensa, demencial, que creó ecos por todos los fríos corredores del convento y levantó bandadas de gorriones de los tejados románicos, mientras decenas de ojillos tímidos e inocentes se removían en la oscuridad de las arcadas y se oía el roce de los hábitos al santiguarse una y otra vez.


Ignacio Pérez González

martes, 26 de enero de 2010

Colaboraciones: Cuántos cuentos, de Javier Abelardo

A Javier Abelardo lo conocí en Valladolid, aunque es de Saldaña, un bonito pueblecito palentino. Siempre me acordaré de su pueblo, porque lo visitamos en una de nuestras primeras excursiones con Irene, después de instalarnos en Castilla y León. Como decía, nos presentó una amiga común durante la inauguración de la Casa del Libro que abrió sus puertas en pleno centro vallisoletano. Fue entonces cuando supe de la importancia de la Asociación de Escritores Noveles, organización de la que Javier es Delegado en Valladolid.

Durante la breve etapa en que permanecí en la ciudad sin mis chicas (fueron tres semanas horribles), porque tuvieron que quedarse en Sevilla por cuestiones de trabajo, se celebraron dos presentaciones de libros que aliviaron mi soledad y sirvieron de encuentro con algunos de los miembros de la Asociación. En la segunda de ellas, Javier fue el protagonista, en medio de una gran concurrencia que abarrotó la planta baja de Librería Oletum. El acto resultó muy emotivo y me llevé la sorpresa de saber que, pese a su talante de escritor curtido, se trataba de su primera novela publicada.

Algo hay del estilo de Voces de otra tumba, magnífica y divertidísima novela, en el poema que me ha cedido para su publicación en este blog. Como él mismo dice, Javier es novelista, pero su talento se presta ocasionalmente a otro tipo de trabajos literarios. Y resultan cosas tan agudas y únicas como esta:

Cuántos cuentos…

La famosa ardilla
que en tiempos de Diocleciano
sobrevolaba toda Iberia
sin tener que posar las manos,
si mañana se encontrara
con el gato con botas
pagaría una pasta
por poder usar sus ropas.
Y a los pobres tres cerditos,
el pobre lobo malvado,
hoy tiraría de un soplido
sus tres chalets adosados.

El ilustre Rocinante
por mor del abracadabra
ya no dice de su dueño
que está como una cabra
pues sensible como vive
a la encefalopatía esa
ahora dice encontrarle
igualito que una ternera.
Y a la gallinita ciega,
como nunca ha cotizado,
no le operan de la córnea
con el láser importado.

El ratón que me decías
trabajaba con los dientes
hoy ni operando encías
salva su cuenta corriente
y como su nueva ratonera
recién ha hipotecado
ahora presta horas extra
a la vera de un teclado.
Y a seis de los enanitos,
el padrastro Ayuntamiento,
les ha expropiado las fincas
con su plan de crecimiento.

¿Y la bruja?
¿Y el ogro?
¿Y la zorra?
¿Y la serpiente?

¿Quién, esos? Igual que siempre.


Javier Abelardo

martes, 14 de abril de 2009

Colaboraciones: Aqui estou eu, de Pedro Silva

Pedro Silva nació en 1977, en la hermosa localidad portuguesa de Tomar. Desde joven sintió un gran interés por la literatura, primero como ávido lector y más tarde como escritor. En 2000, publicó su primera obra y desde entonces se ha dedicado a escribir, probando distintos géneros y estilos, a menudo relatos, pero, sobre todo, ensayos históricos. En 2001, con la publicación de História e Mistéiros dos Templários en Brasil, consiguió su primera internacionalización literaria. En apenas ocho años, ha logrado publicar más de treinta títulos en Portugal, Brasil, España y Chile.

Un día me encontró en internet y se puso en contacto conmigo a través de su web. Desde entonces, nos hemos escrito varias veces y, aunque él escribe en portugués y yo en español, nos entendemos casi perfectamente. La literatura trasciende fronteras e idiomas, como debe ser. Sirva este espacio como enlace intercultural entre nuestros países vecinos, sobre todo ahora que acaba de celebrarse el Día del Libro en Portugal (el 26 de marzo) y en apenas cuatro semanas celebraremos el Día del Libro en España (23 de abril). Pedro ha tenido la gentileza de cederme este relato, Aqui estou eu, que sabe a canción cuando se lee en su lengua natural.

Se me perguntassem, há meia dúzia de meses atrás, se estaria nesta situação,
ter-me-ia rido a bom rir e jogado na face de outrem que era uma piada de muito mau gosto. É incrível como era tão jovem há pouco tempo atrás. Tinha vida, força, sentia-me o maior. O maior, acreditam? Invencível… imbatível… imortal! Que vontade de sorrir, no meio das lágrimas. Imortal. Quão néscio era… Ninguém é imortal. Até há quem diga que Deus está a morrer.

Deus… Deus… Onde estás? Porque fugiste de mim?

Voltei a pensar em Deus, após tantos anos pensando que ninguém precisa de Deus. Que me sentia ateu. Uma invenção de meia dúzia de fanáticos, pensava na altura. Deus não existe, gritava pujante em reuniões de café, junto ao cheiro do tabaco misturado com a cafeína, bem apaladado. E gritava bem alto, para todo o mundo ouvir: Deus é uma invenção! E agora… meu Deus… que falta sinto de Ti! Porque me abandonaste? Por aquilo que eu dizia? Não é vontade de Deus perdoar? Não é um mandamento divino? Porque não fui perdoado?

Aqui estou eu.

Sentado. A olhar para o Céu. Lá em baixo os carros passam, as pessoas deambulam, quiçá de forma errante. Parecem formigas. (Nunca entendi porque se fala em formigas ao referir pequenos seres. E as moscas? Os mosquitos? Seres repugnantes? Talvez. Mas o ser humano não é igualmente repugnante?) Parecem formigas, insectos vulgares, desconhecendo que, tal como eu, não são imortais. E que, tal como eu, podem dizer o que quiserem, mas vão perceber que Deus existe. È real e não perdoa, ao contrário dos mandamentos sagrados. Porque tanto bulício? Para onde as pessoas? O que querem? O que fazem? Porque não param? Porque não param? Grito: porque não param? Ninguém me ouve. Estou demasiado longe, demasiado longe de tudo e de todos.

Esperem: estarei vivo? Interrogo-me. Faço o tradicional truque de beliscar uma parte do corpo. Dói-me. Não é sonho, nem sono da morte, estou vivo. Mas estarei mesmo vivo? Isto é viver?

Aqui estou eu.

Vislumbro, em poucos instantes, toda a minha vida, todo o meu passado. Afinal de contas, o que fiz? Nasci, cresci, estudei quase duas dezenas de anos. Tirei um curso superior. (Parabéns, disseram-me todos os familiares mais próximo. És um Senhor Doutor.) Namorei com três pessoas diferentes. Não gostei de nenhuma. Gostei de uma outra pessoa, mas essa nunca quis gostar de mim. Sim, nunca quis, foi falta de vontade mesmo. Pois podia muito bem ter sentido amor por mim. Se eu sentia por essa pessoa, porque não era retribuído? Na verdade, o fruto proibido é mesmo o mais petecido. Sempre gostei de quem de mim não gostava. Sempre quis ter aquilo que não podia. Sempre quis fazer coisas para as quais não estava habilitado. E agora também percebo que não sou imortal, o que acreditava piamente há tão pouco tempo.

Aqui estou eu.

Nunca estava engripado. Fui ao médico meia dúzia de vezes ao longo da vida. Raramente era vacinado. Para quê? Era forte que nem um touro. Rijo, atlético e saudável. Imortal, talvez… Naquele dia apeteceu-me fazer uma análise sanguínea. Curiosidade. Podia ter diabetes, colesterol, algo do género. Não me importava, são doenças comuns, que, bem cuidadas, não fazem muito mal, pensava eu na minha ingenuidade. Até achava engraçado poder dizer aos amigos: sabiam que tenho o colesterol em alta? Logo ali arranjaríamos tema de conversa e oportunidade de brincar um pouco com a vida. Para nós, que somos imortais, brincar com a doença é normal e aceitável. É apenas um mero acidente de percurso numa viagem interminável e imperturbável.

Pois… mas naquele dia os ventos não me correram de feição.

AIDS? Perguntei eu ao sujeito de bata branca na minha frente. Como? Não tenho sintomas, sinto-me pronto a correr três vezes a maratona e ainda jogar uma partida de futebol com os amigos. AIDS? Está a brincar comigo, não?

Não… respondeu ele secamente.

Nesse dia deixei de ter vontade de brincar. Percebi que não era imortal. Percebi que Deus existia – caso contrário eu teria a oportunidade de decidir o meu próprio destino. Também percebi que a minha vida, ao contrário do que eu sempre pensara, não estava nas minhas mãos. Uma vez só… Uma única! Sem preservativo. Quais as probabilidades disso acontecer? Uma em um bilião? Pois, acontece.

Aqui estou eu.

Lá em baixo o mundo prossegue o seu ritmo perfeitamente natural. Ninguém parou para olhar para mim. Ninguém está preocupado se tenho mais um minuto, um ano ou uma década de vida. Sou perfeitamente insignificante. Não existo para ninguém. Por isso, mesmo estando aqui, a trinta e tal andares do solo, no topo de um vulgar prédio, de uma vulgar rua, de uma qualquer cidade, sou apenas eu e Deus, que me olha, que me condena, que me faz pensar em tudo o que não fiz e devia ter feito. Não merecia isto… Ainda sou jovem. Trinta anos. Três décadas apenas. Ainda nem comecei a viver realmente.

E agora, quanto tempo me restará? Um dia, um mês, um ano? O médico não quis avançar com datas. Apenas falou que, com a medicação certa, cumprida de forma rigorosa, posso estar muito bem durante muito tempo e que posso levar uma vida quase normal. Ah, e frisou, que o pior não é o vírus que tanto se teme, mas as complicações por ele permitidas, como a entrada de outros vírus num sistema enfraquecido. Tretas! Morremos de AIDS e nada mais. Simplesmente morre-se.

E eu queria ser imortal. Juro que queria… e muito. Passo os dias a pensar, desde aquela fatídica consulta médica, que eu não irei morrer de AIDS: juro que não vou. Não contei isto a ninguém, apenas em conversas com Deus. E Ele ri-se na minha cara. Diz que ninguém é imortal e que essa doença não tem fuga possível. Será? Retribuo…

Aqui estou eu.

Finalmente todos vão perceber que sou imortal. E não o serei se essa for a minha vontade. Vou contrariar o destino. E vou mostrar a Deus que quem manda em mim sou eu.

Os meses passaram e nunca tive coragem de Lhe mostrar que sou imortal. Por isso estou aqui, sentado a muitos metros do solo, a olhar lá para baixo. Li certo dia que um suicídio era uma atitude cobarde. Na altura, eu defendia a mesma teoria. É mais fácil matar-se do que enfrentar os problemas.

Agora, aqui, a olhar lá para baixo, percebo que a teoria estava totalmente errada. Acreditem que custa muito mais suicidarmo-nos. Mais fácil é deixar as coisas acontecer, sem participar activamente em nada, ser um peão do destino. Portanto, chegou a altura de mostrar quem manda em mim: eu!

Levanto-me. Olho para cima e digo: vês Deus, vês que sou eu que mando em mim. E sou imortal. Imortal, ouviste? Olho para baixo.

O momento chegou. O mundo não parou de girar. As pessoas prosseguem as suas tristes vidas a um ritmo normal, de sempre, como se não soubessem que eu sou imortal. Vou ser o primeiro a vencer a AIDS. Estou de pé. Sinto o vento bater forte na minha face. Deus parece querer empurrar-me para trás.

Não, nem pensar.

Eu sou imortal.

Dei um passo em frente.

Aqui estava eu.



Pedro Silva

Publicado originalmente en Liga Fanzine. Otros trabajos de Pedro Silva publicados en internet:

Breve Introdução à História dos Sonhos
José Saramago: vida y obra
O "meu" Brasil
José Saramago: vida y obra
Viagens Templárias
Templários: a criação da Ordem

sábado, 21 de febrero de 2009

Colaboraciones: Crónica de un secuestro anunciado, de Ángel Rider

De Ángel siempre me llamó la atención su apellido, incluso antes de conocerle personalmente. Es un apellido idóneo para crear confusión y, conociéndole, cualquiera diría que lo buscó adrede. El señor Rider no es escritor, pero nos cuenta anécdotas propias con un talento y una ironía muy peculiares. Desde su blog nos vuelve locos a quienes le visitamos. Afortunadamente locos. También es un visitante asiduo de este rincón, al que puede considerarse invitado permanentemente.

Hace unos días recibí un mensaje en el que nos narraba a unos cuantos amigos sus experiencias en Turquía. En menudos atolladeros se mete Ángel. El trabajo le ha llevado hasta Bursa, la capital de la seda (aún uso la corbata que me compré allí). Se trata de una ciudad interesante para el turista pero, según nos confirma Ángel, monótona si se trata de establecer residencia.

En el texto que reproduzco, Ángel se burla de nuestros miedos y prejuicios, pero también pone en claro el choque cultural que representa a veces la comunicación entre dos personas que proceden de sitios muy diferentes.

La peli de Lost en tranlation trata de cómo una persona se puede sentir completamente fuera de sitio en un país extraño con costumbres e idioma alejadísimos de lo habitual.

Como Bill Murray me sentí cuando llegué al aeropuerto de Atatürk en Estambul, pedí un taxi, y cuando me monté y le dije al señor taxiturco, en un inglés cuasi perfecto: "Novotel Hotel" (para que veáis mis conocimientos de la lengua de Carlos de Inglaterra), el mismo me miró con cara extrañada, así que no tuve más remedio que darle mi papelito con la dirección. No sabía inglés.

Sonríe, arranca, y deja mi papelito con él, no me lo devuelve.

Se supone que cuando una agencia te busca un hotel cercano al aeropuerto solo para pasar la noche, éste está como mucho a unos siete u ocho minutos. Llevaba yo doce minutos en el taxi cuando empecé a ponerme nervioso. Más aún cuando el taxista coge el móvil y empieza a llamar a alguien, todo como muy haciendo planes, en un tono muy poco confidente. Yo pensando en que me estaba llevando a vete tú a saber dónde, pero no donde yo le dije.

Intento hacerme el buena gente, me funciona a veces, no creáis, e intento ser amable, hacerme cercano. Miro que había caído una buena manta de agua y digo, sonriendo: "Water today, eh?" (el eh en un español muy castizo).

Me mira, extrañado. Ni puta idea de inglés, pero ni puta ni zorra.

"WATER", repito. Y hago el gesto con la mano de agua cayendo.

Y el tío me dice: "Novotel, Novotel", asiente, y me señala para adelante.

En ese momento me quise morir. Solo medio minuto después estaba más acojonado que muerto cuando el taxista miró para atrás por el retrovisor mientras estaba hablando de nuevo por teléfono en el mismo tono de mafioso, y sonreía.

Pasamos por el Novotel en ese mismo momento, y el doble de Sayid pasó de largo.

Glup.

Le dije Novotel, señalando, con la cara desencajada, supongo, y él me hizo un gesto de que iba a dar la vuelta y que volvería. Eso quise entender.

Cinco minutos más tarde, y yo a punto de llamar a nosequién para decirle que me iban a violar y que ni sabía dónde estaba, ni la matrícula, ni nada, y que el tío iba a 110 por una carretera convencional, con lo cual tirarme al suelo no le venía nada bien a mi cutis, el tío mamón va y da la vuelta.

Y me lleva al hotel.

Y hasta me da las buenas noches al despedirse. Lástima que no me hubiese dado un pañal, que me hacía más falta.


Ángel Rider

martes, 17 de febrero de 2009

Colaboraciones: El retrato, de Jaume Castejón

Como ya he contado alguna vez, una de los grandes alicientes de dedicarte a escribir es la oportunidad de conocer a otros autores. Jaume Castejón se puso en contacto conmigo sin conocerme, por el simple hecho de que compartíamos editorial con uno de nuestros libros. Y solo lo hizo por el placer de cruzar unas palabras con un colega escritor y para proponerme el intercambio de nuestras novelas dedicadas. Es uno de esos hábitos que deberían convertirse en tradición dentro de esta profesión. Va mucho más allá que el intercambio de tarjetas de presentación, pues en este acto social se pone un cariño especial y se produce un reconocimiento mutuo y respetuoso.

Gracias a la iniciativa de Jaume, podré conocer el reino de Hárkad y Las ruinas de Aras. Así se titula la primera parte de su saga Aras, leyendas de la Ciudad Blanca. Este último apelativo me recuerda inevitablemente Aztlan, la Tierra Blanca de Ladrones de Atlántida que hoy mismo le he enviado por correo y que espero que disfrute y estudie con la capacidad que le habrán proporcionado sus estudios en Prehistoria, Historia Antigua y Arqueología.

Jaume es salmantino de adopción como yo lo soy vallisoletano. Sí, somos casi vecinos. Además de la novela que he mencionado, Jaume ha publicado el poemario Poesía a los cuatro vientos (2001), lo que confirma su perfil polifacético como escritor. Hoy podemos leer uno de sus relatos, titulado El retrato, que me ha cedido para su inclusión entre las Colaboraciones de este blog.

Desde aquella noche, que los ruidos, los sobresaltos y el miedo son una constante cada día. Ya no duermo, esperando que lleguen las formas traslúcidas a correr por mis habitaciones, a cerrarse y abrirse las puertas y las ventanas como si una fuerte corriente de aire hubiese penetrado en mi casa. De repente, un armario que se arrastra en el otro extremo del piso y yo me sobresalto, o unas pisadas por el pasillo sin que nadie haya en mi casa que se dedique a estos juegos, pues vivo solo desde hace tiempo y tanto arriba como abajo los pisos fueron abandonados por sus inquilinos.

Al principio era un sueño que se repetía cada noche, despertando yo sudoroso y agotado. Ignoro si en medio del extraño sueño gritaba, aunque no me extrañaría nada, pues fue poco después de aparecer el sueño que los vecinos de arriba se marcharon. Últimamente no saludaban, se escondían de mí cuando me encontraban y alguna vez, girándome de repente, les vi murmurar mientras me miraban y, al instante, disimulaban.

Yo llegaba al trabajo agotado, abatido, con un cansancio terrible, sabiendo que sólo podría dormitar algo por la tarde, pues a la noche siguiente, la pesadilla, fiel a su cita, hacía acto de presencia y me destrozaba. Intenté cambiar las horas de sueño, pero la pesadilla fue apareciendo en el momento en que cerraba los ojos, fuese cual fuese la hora en que me hallase. Parecía que su único objetivo era atormentar el descanso de mi cuerpo y de mi mente.

En el trabajo empezaron a notar la falta de sueño. No había disculpas y decidí abandonar, en espera que un día cesasen las pesadillas, pero poco a poco, casi sin darme cuenta, empezaron los ruidos. Al principio eran sobrecogedores y mis sustos tan mayúsculos que creí que no iba a soportarlo, pero a la que me acostumbré a ellos, empezaron otros nuevos. Ahora ya no sé cuáles van a atormentarme la siguiente noche, mas después de los ruidos llegaron los movimientos.

Puertas y ventanas, sillas, mesas y armarios, luces que se encienden y se apagan. Corté la luz y el teléfono, pero cada noche suena para mayor sobresalto. Pero lo último, lo que ya casi me tiene fuera de mi entendimiento, lo que ya casi no soporto son las figuras traslúcidas desplazándose como si flotaran por toda la casa. De todas las edades, algunas me traspasan y es tanto el terror que siento cuando eso ocurre que me quedo clavado en el sitio, tembloroso, porque son pegajosas y su olor es tan desagradable que, luego, a pesar que aireo mi ropa y me lavo, sigo oliéndolos.

Hoy, he intentado recordar cuándo empezó todo: aquel sueño. Mi memoria me lleva a aquella noche en que ayudé a mi hermano a recoger unos viejos retratos de familia de la casa de nuestros abuelos. Los abuelos vivían en una casa bastante antigua, en las afueras. Nuestro padre dejó la casa pronto para ir a estudiar a un internado, y ya no volvió a vivir con los abuelos. Mi hermano y yo casi nunca visitamos esa casa, pues siendo nosotros pequeños, la dejaron repentinamente para irse a vivir a un apartamento más cercano al centro. Al morir mi padre, dejó en herencia esos viejos retratos para mi hermano, ya que éste les tenía un especial apego. Así que fuimos a recogerlos.

Al llegar a la casa nos dimos cuenta del avanzado estado de abandono en que estaba. El polvo, las telarañas y el olvido lo cubrían todo. Con unas linternas subimos por la gran escalera para acceder al piso superior donde se encontraban los cuadros. La madera crujía a nuestro paso, aunque parecía segura. Cuando llegamos a la habitación donde estaba la herencia de mi hermano, un golpe seco, de alguna ventana que se había cerrado por el viento, nos dio un sobresalto. Allí estaban, apilados, llenos de polvo. Los miramos con prisa, pues ninguno de los dos se encontraba cómodo en la casa y como mostré cierta gracia por uno de ellos, mi hermano, como pago por el favor realizado, me lo regaló para que lo colocase en mi salón. Luego, observándolo con más detenimiento no me pareció nada agradable, aunque, por la memoria de mi abuelo y de mi padre, decidí quedármelo.

Ahora estoy sentado frente a ese retrato, la casa está llena de espíritus, las puertas abriéndose y cerrándose con fuertes golpes, las luces locas y todos esos repugnantes seres con su olor pegajoso, ahora que ya lo recuerdo todo, me miran, me llaman al interior del retrato. No sé cuánto tiempo podré resistirlo. Me atraen, quieren que me vaya con ellos.

Me llaman, me llaman y no puedo abandonarlos...


Jaume Castejón

lunes, 2 de febrero de 2009

Colaboraciones: Una historia descubierta, de Mª Carmen Ramírez Torres

Mª Carmen quiere ser escritora desde los ocho años. Empezó usando la literatura para refugiarse de los problemas que le rodeaban, pero, a medida que crecía, su afición era más fuerte y empezó a plantearse el escribir de otro modo. Hace poco terminó de escribir una novela que espera encontrar editor. El azar y los contactos entre amigos, a través de diversos blogs, la condujo hasta aquí. Es otra de esas personas con las que solo he hablado por medio de internet, pero llegará la ocasión en la que podamos conocernos en persona.

Mª Carmen participa en esta sección de Colaboraciones con un breve texto que nos sumerge en el universo infantil que muchos vivimos al escribir.

La niña se sentó delante del ordenador. No sabía qué historia iba a escribir, solo tenía en mente una cosa: dejar que sus dedos pulsaran las teclas y permitir a la historia salir sin poner barrera alguna. No pensó, no corrigió, no hizo nada más que dejarse llevar. Llevar por una historia que pudo ser real, que pudo existir en algún lugar del inmenso mundo que la rodeaba, que pudo haber sucedido en algún momento de la vida ya vivida del viejo mundo. Una historia perdida en la memoria, olvidada por todos, desconocida por muchos… una historia incierta, inventada, no vivida, no creída… una historia, que un hada le sopló mientras dormía.

Escribió sin poner límites, y la más hermosa historia salió en la pantalla de su ordenador. La más hermosa historia jamás inventada. La historia de una vida que en el olvido cayó por culpa del destino y del incomprendido amor que pudo ser y no fue. Una historia que se hizo real, mientras escribía sin poner control.


Mª Carmen Ramírez Torres

martes, 23 de diciembre de 2008

Colaboraciones: La práctica, de Gustavo A. Rives Bueno

Guz -por tal nombre le conozco debido a sus intervenciones en el blog de J. E. Álamo- es el autor de La práctica, el relato que resultó ganador, a la par que mi cuento La diversión de Matías, en el II Concurso de Relatos Letras para soñar como anuncié ayer. Hablé con él y me cedió su texto para publicarlo en esta sección. Quería que llegara al máximo número de lectores posibles y que disfrutarais de él. Ya veréis como merece la pena. Y no todos los días se tiene la oportunidad de publicar casi en exclusiva la obra ganadora ("coganadora" en este caso) de un certamen tan exigente.

Desde aquí le pido que nos cuente algo más sobre él y explique qué le llevó a escribir y a concursar en el proyecto promovido por nuestro amigo Joe.

La práctica

Maldición, todo me da vueltas.

Debo intentar centrarme.

Empiezo a sentir miedo, la oscuridad me envuelve.

No veo nada ni puedo moverme.

No siento ninguna parte de mi cuerpo.

Ni siquiera puedo recordar nada. Pero no, espera, no debo sucumbir al pánico de la negrura ni al dolor de la inmovilidad. Esta última conclusión me hace recordar que soy un experto. Claro. Ya me voy acordando.

Maldita sea. ¿En qué habrá sido esta vez?

Si al menos pudiera visualizar mi entorno y tomar conciencia de dónde estoy...

Bien, por lo menos los pensamientos empiezan a surgir con más fluidez. Es buena señal.

También parece que voy recobrando energía. Eso sí puedo sentirlo. Mis años de práctica me aportan cada vez más esa calma necesaria en estas situaciones. Aunque también son una carga. Cada vez me cuesta más recuperarme.

Si tan sólo fuera capaz… Sí, ya siento algo a mi alrededor. Me está costando más de lo normal pero empiezo a notar una presencia cercana a mí.

¡Ah! ¡Qué regocijo! ¿Qué es esto tan profundo que siento ahora? ¡Mi hija! Claro, el amor de mi hija. Es la fuerza que mayoritariamente mueve mi espíritu. Y la siento muy próxima.

Sigo recordando, recomponiéndome. La presencia que notaba cerca de mí empieza a tomar la forma de mi hija en mi mente conforme los recuerdos me van alimentando. Pero es extraña esta sensación de volubilidad que estoy sintiendo. Me da la impresión de que estoy flotando.

¡Demonios! Si supiera qué ha sido esta vez, podría revertir el proceso y acabar con esto en seguida. Bueno, en cuanto recuperase suficientes energías, claro.

Algo no debe haber ido bien. No es normal que me sienta tan vacío y despojado de casi todo en estos procesos tan comunes.

Aunque, ah, claro, ya recuerdo el motivo. Ya me va cuadrando todo.

Mi querida Mila. Esta hija mía no es tan aplicada en sus estudios como desearía. Nunca logra concentrarse lo suficiente y tiene problemas con esta materia. Es tan impulsiva. Espero ser capaz de enseñarle el buen camino para seguir mi obra, mi reinado. Pero estos síntomas deben ser debidos a su deficiente práctica. Porque poder tiene de sobra, es hija mía.

Qué bella es… cómo me recuerda a su madre. Otra explosión de amor que me acaba de inundar al recuperar su recuerdo. Ya la estoy visualizando con mucha más nitidez en mi mente. Ya puedo apreciar también, aunque de un modo más borroso, la hoguera y nuestro pequeño campamento en el que estábamos practicando a la luz de la luna. Sí, y esas manchas entre verdes y marrones deben ser los arbustos y árboles del bosque a donde nos retiramos a practicar.

Cómo odio este juego. Si no fuera por la falta que le hace a ella practicar, no hubiera accedido.

La primera prueba fue bastante bien. Le sugerí un ratón y lo consiguió casi sin esfuerzo. No me costó nada deshacer el encantamiento, porque fui consciente de lo que me había convertido.

Pero este sentimiento de desazón que se está abriendo paso… ¿Qué sucede? Trato de mantener la calma pero el terror y la impotencia están ganando terreno en mi mente, en mi espíritu. ¿Qué recuerdo está luchando por abrirse paso a través de esta oscuridad?

¿Qué pasa con mi energía que no la noto recuperarse? Cada vez más potente, me va embargando una sensación como si flotara. Me siento desfallecer por momentos, mis fuerzas me abandonan de nuevo junto con mis recuerdos. ¿Por qué mi hija no anula el encantamiento? Tiene capacidad de sobra para hacerlo. Apenas puedo visualizarla pero puedo atisbar el esfuerzo en su rostro y… ¡¿Una sonrisa?!

Como un puñal envenenado esa mueca de satisfacción me devuelve de golpe la lucidez perdida, convirtiendo todo mi espíritu en un pavor confirmado, en la oscuridad más dolorosa, el dolor más oscuro.

Me siento derramado, defraudado, traicionado, sin fuerzas. No puedo anular el encantamiento aunque ya sepa en qué me ha convertido. Es demasiado tarde. La dispersión me impide reunir la suficiente energía. Siento mis recuerdos cómo vuelven a escaparse como el agua entre los dedos y mi espíritu se desgrana poco a poco entre la decepción, la pena, la tristeza.

* * *

-¿Ya está?– le dijo el joven arcanista mientras salía de detrás de unos arbustos.

-Sí, mi amor. Despídete del gran Rey Mago Arcanista y su reinado de bondad y justicia– contestó la joven mientras señalaba a una pequeña nube que ascendía hacía el cielo estrellado y se expandía con la suave brisa, al compás de las copas de los pinos.

-Bueno, pues ha llegado nuestro turno. Ahora el reino se someterá a nuestras reglas y no habrá nadie que nos detenga. Gobernaremos con la mano dura que se merecen- dijo el joven visiblemente exhausto pero con cara de satisfacción, mientras abrazaba a la doncella. Ésta, también con signos de cansancio, añadió:

-Me ha costado mucha energía focalizar el encantamiento para anularle sus recuerdos el tiempo suficiente. Pero lo logramos. Volvamos. Hay mucho por hacer.

De regreso al castillo ella extendió el brazo extrañada, pues había empezado a lloviznar. Se llevó los dedos mojados a sus labios y atónita comentó:

-Qué raro. Estas gotas tienen un sabor entre salado y amargo. Como las lágrimas.


Gustavo A. Rives

miércoles, 23 de julio de 2008

Colaboraciones: De visita por la gran empresa, de Eric F. Luna

No soy el único que busca colaboraciones de otros escritores para su blog. Mi joven amigo Eric también lo hace en El arte sano, a quien también podéis encontrar en Puro olor a incienso. Y fue así como nos conocimos y fue eso lo que nos condujo a intercambiar nuestros textos. Creo que tenemos en común, al menos, el afán de fomentar la literatura y la creatividad, el ánimo de conseguir nuevos amigos dentro de este mundo literario.

Eric nos ha brindado la oportunidad de leer el siguiente relato sobre cómo una hazaña cotidiana, la de entregar una factura, se puede convertir en una odisea, según él mismo nos cuenta.

De visita por la gran empresa

Mis obligaciones como hombre-carpeta me condujeron hasta la entrada de la gran empresa. Misión: entregar una factura.

La labor parecía sencilla. Las instrucciones que me habían asignado por teléfono así lo denotaban: Tan sólo deja la factura en recepción, dijo la voz de la persona a la que debía entregar el dichoso papelito, yo la recogeré al salir.

Muy bien. Accedí a las instalaciones por la entrada destinada a las visitas y ocupé la primera plaza de aparcamiento que se me puso a tiro.

Anduve unos minutos desconcertado hasta que entre aquel maremágnum de vehículos encontré una garita con un señor uniformado en su interior. Me acerqué hasta él.

- Buenas, dije tratando de no parecer desorientado, vengo a dejar una factura para el señor X.

-¿Te ha dicho el señor X que la dejes aquí? -me contestó el empleado, no sin cierta acritud.

-Eeeh... no, dijo que la entregara en recepción.

-Esto no es recepción, esto es control.

-... Ya veo -dije mirando el cartel que engalanaba la pequeña fachada de la garita.

-¿De parte de quién vienes?

-De parte de la revista Entrelíneas.

-Ajá...

A partir de ese momento, el guardián de la guarida... digooo, de la garita, comenzó a someterme a un interrogatorio de tercer grado: Nombre, empresa, domicilio, DNI, grupo sanguíneo, antecedentes penales... Fuí sincero en todo. Después imprimió lo que parecía ser un pase eventual para acceder al recinto que enfundó en plástico... y con una presión de su dedo abrió las puertas ante mí. (Dicen que todo el mundo se aparta ante quien sabe a dónde va... menos mal que yo sabía a dónde iba)

Cogí el pase y me lo guardé en el bolsillo. Debía colgarlo de mi camisa pero prefería no hacer el pringado con un pase eventual para pasear por las instalaciones.
Comencé a introducirme por los recónditos parajes de la gran empresa y a lo largo de un ancho camino asfaltado, volví a caer en la cuenta de que estaba perdido.

Mierda. Un guarda de seguridad que era el encargado de dar paso a los vehículos no pertenecientes a las visitas ni a los trabajadores mileuristas me estaba observando y yo allí más perdido que Wally, rogando al cielo un GPS hacía lo posible por pasar desapercibido, caminando en línea recta, mirando de soslayo cada una de las posibles entradas a una recepción que se escondía muy habilmente.

-¡Eh, eh! -me gritó el guarda-. ¿Dónde vas?

Me estaba empezando a agobiar el asunto de entregar la facturita de las narices y comenzaba a plantearme la posibilidad de salir corriendo sin rumbo previsto... pero el guarda tenía una porra y unas piernas más largas que las mías, de modo que deseché la idea.

-Voy a entregar una factura para el señor X -dije mostrándole el papel que portaba, busco la recepción, ¿dónde la puedo encontrar?

-Está allí, al final -dijo mostrándome el camino con un grueso dedo índice.

-Gracias.

Recorrí el camino hasta la recepción, algo menos de cien metros repletos de cuidados jardines y enredaderas que se adherían a las voluptuosas columnas de la fachada del gran edificio. A mi izquierda quedaba el aparcamiento de vehículos para lo más selecto de la empresa. Los allí estacionados no eran cualquier coche: impecables Jaguars, BMWs, Corvettes... me sorprendió hallar entre ellos un modesto Volkswagen Golf y por momentos recordé mi Renault Laguna pidiendo a gritos un baño.

Ascendí por unas escaleras de lo que parecía mármol del caro y accedí a una pasarela que indudablemente conducía a recepción. Bajo mis pies se deslizaba el agua a través de una estructura de fuente-manantial de diseño. Todo agradable a la vista sin duda.
De hecho, antes de entrar por la doble puerta automática de cristal eché una ojeada al mundo exterior que quedaba más allá de los muros de la gran empresa... y no me pareció que el mundo estuviera tan mal, después de todo.

Entré.

Un fornido empleado amortajado en un elegante traje de chaqueta se abalanzó sobre mí. Comencé a maldecirme por haber olvidado traer mi chaqueta arrugada de hombre-carpeta que, al menos, lograría situarme un poco a su altura. Al menos no me había colgado aquella autorización eventual que me haría sentirme algo más ridículo.

-¿Adónde va? -me inquirió el empleado. Vaya, me dije, ha sido entrar aquí y que me empiecen a tratar de usted. Claro, que el tratamiento de usted, llegado a ese punto, suponía un agravante de la situación.

Volví a explicar mi retahíla acerca de la factura que llevaba en la mano, el señor X y mis intenciones de visitante y el empleado de puertas me acompañó hasta lo que parecía ser el ascensor de acceso a mi destino, que se encontraba a dos metros de mi posición inicial.

-Pulse para ir a la primera planta y hable con la chica que hay tras un mostrador nada más salir del ascensor -me dijo.

Era uno de esos ascensores que emiten un "ding" cuando has llegado a tu destino. Esto es tener clase, sí señor, pensé.

Al salir del ascensor tuve que esquivar a varios hombres amortajados en sus correspondientes chaquetas, camisas y corbatas. Andaban sin prisa, pero sin calma, lo habitual en esa especie.

Vi a la chica del mostrador. Vaya, era la primera mujer que veía desde que había tenido acceso a las cotas altas de la gran empresa y era, también, la única que portaba un estúpido gorro granate a juego con su uniforme. Era guapa, buen tipo y ojos penetrantes de inquisidora, parecidos a los del tipo de la garita de control. Espero que no me pregunte por mis antecedentes penales, pensé.

-Hola. Buenos días, ¿en qué puedo atenderle?

-Verá, vengo a dejar esta factura para el señor X. Me indicó que la dejara en recepción...

-Sí. Ahora mismo el señor X está ocupado, pero si hace el favor de esperar unos minutos veré si puede atenderle.

No, gracias. No he llegado hasta aquí para encarar esto personalmente con el señor X. De haber sido por mí le hubiera dejado la factura al de la garita, pero no me fiaba de él lo suficiente. Esta chica tenía cara de ser más honesta... y de cobrar más.

-No es preciso que lo moleste. Tan sólo entréguesela tan pronto como lo vea, ¿ok? Gracias...

Y salí de allí precedido por un "ding" del ascensor.

Tras salir del edificio, tuve la impresión de haber vuelto a respirar. Aspiré el oxígeno de aquel elenco de productores de oxígeno que conformaban los árboles y plantas de la entrada. Lo aspiré todo, se lo robé a un par de señores de traje que me precedían.

Observé una curiosa estatua que engalanaba aquellos jardines y en la que no había reparado antes. Representaba a un niño que jugaba con una tira de hombrecitos de papel. A mí me pareció una metáfora, y de las buenas.

Al ir abandonando aquellos cien metros de distancia de recepción a control tuve la impresión de estar franqueando una barrera. Una barrera invisible que separaba las altas cumbres de los abismos más profundos. Ahora junto a la valla metálica había dos trabajadores con deslucidas batas blancas apurando las últimas caladas de un cigarrillo, de un modo algo furtivo.

Pensé en que ellos no podrían llegar hasta el ascensor que hacía "ding" para dedicarle una sonrisa a la de los ojos inquisitorios. Pero ese era su rol. Unos dentro, otros fuera y yo en medio sin significar nada para ambos bandos.
Cuando estaba de vuelta en el parking de empleados buscando mi coche, comencé a comparar los vehículos de la zona VIP con estos y lo que me entristeció no fue que algunos estuvieran a un paso del desguace, sino que otros trataban de emular a los de dentro... y eso con algún cero de menos en la nómina es una verdadera tragedia personal.

Cogí mi coche y salí de las instalaciones. Ví pasar a un coche destartalado con algunos inmigrantes en su interior, parecían divertidos, oían música y cuando su automovil pasó junto al mío dejó tras de sí un pegajoso y dulzón olor a marihuana que me hizo comprender que, de nuevo, me encontraba en ese mundo real, más allá del edén de los jardines de la gran empresa.

Eric F. Luna

viernes, 13 de junio de 2008

Colaboraciones: Un recuerdo, de Santiago Morata

Santiago y yo coincidimos en el foro ¡¡Ábrete, libro!!. Con el tiempo (y con rapidez), su novela Milenio de pasión se ha convertido en un éxito. De hecho, Ediciones B le ha publicado otro trabajo titulado La sombra del faraón sobre el antiguo Egipto y ya está inmerso en la preparación de un tercer libro. Una vez más, de las afinidades por la literatura y las conversaciones sobre libros ha surgido una sólida amistad entre escritores. Como consecuencia, hemos intercambiado nuestras obras.

Esta vez, se me ha adelantado, puesto que él ya ha leído Ladrones de Atlántida, mientras que yo aún estoy leyendo su novela. Sus palabras, tanto las de alabanza como las de crítica, me han halagado enormemente. Con franqueza, me satisfaría poder trabajar con él en algún proyecto conjunto.

Santiago Morata me ha cedido el siguiente relato, publicado con anterioridad en su web. Es un ejercicio sobre lo que significan los recuerdos. Santiago ha expresado quizás su lado más emotivo en este breve texto.

Un recuerdo

Dicen que la memoria es como un armario repleto de pequeños cajoncitos en los que almacenamos nuestros recuerdos. Aunque la parte de mi infancia está bastante escondida en los bajos del armario, hay un cajón que siempre tengo a mano. El recuerdo que guardo con más cariño se refiere a mi madre. Y no precisamente su imagen o su voz, sino un juego entre nosotros, que no compartíamos con nadie más, ni siquiera con mis hermanos. Recuerdo la suave caricia de la punta de sus dedos sobre el vello de mi cara, recreándose sobre mis mejillas, cejas, frente, nariz y labios, cuando quería dormirme. No imagino un acto de ternura más intenso, ni una comunión silenciosa más profunda, que levantar los ojos somnolientos y ver su sonrisa cómplice. Más tarde, en mi adolescencia, jugábamos a hacernos cosquillas de la misma forma en los brazos y cara hasta que conseguíamos que el otro se rascara, sin palabras ni ornamentos que nos sacaran del pequeño mundo inventado, donde no llegaba el dolor de la enfermedad, ni más estímulos que la piel erizándose, la represión de las terribles ganas de rascarse y las risas consecuentes cuando uno perdía. Sin querer, abro un cajón cerrado con doble llave. Recuerdo el último homenaje a nuestro particular juego. Mis dedos rozando apenas su rostro frío en una silenciosa y emotiva despedida, como solíamos hacer, sin aspavientos ni protocolos.

No puedo evitar abrir estos cajones, pues cuando veo a mi pequeña sobrina, mis dedos se escapan a juguetear con la suave pelusilla de su piel rosada y cuando noto su estremecimiento suave y levanta sus ojos entrecerrados que se resisten al sueño para alargar el momento, su sonrisa cómplice me emociona profundamente y me reconforta al pensar que hay algo de nosotros que nos sobrevive en nuestros pequeños.


Santiago Morata

viernes, 30 de mayo de 2008

Colaboraciones: Citando a Ian Watson

"Poder construir una matriz, como en la película, puede significar que ya estamos dentro de una."


Ian Watson hizo esta reflexión durante la conferencia sobre Inteligencia Artificial que ofreció en HispaCon 2006 (Dos Hermanas, Sevilla).