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jueves, 13 de enero de 2011

Reflexiones de un ególatra: La noticia del día

Cuando he escuchado el titular esta mañana, oculto entre las noticias de índole económica, me ha resultado tan sorprendente que, al principio, no conseguía entender su significado. Quizá porque, en este caso, el redactor ha querido conceder al hecho que se denuncia demasiada elegancia:

"Los hosteleros se quejan de que, con la nueva Ley Antitabaco, se ha multiplicado el número de clientes que se marchan sin pagar".


¿Este es el pueblo que queremos ser? ¿Así es como nos comportamos en este país? ¿Lo único que nos impulsa es la picardía y la falta de principios?

viernes, 22 de octubre de 2010

Reflexiones de un ególatra: Prejuicios con riesgo

En mi última reflexión hablaba de prejuicios y de que todos los tenemos. En efecto, los tienen incluso aquellos que, por su delicado oficio, deberían mantenerse siempre incólumes, objetivos y fríos. Me refiero concretamente a los profesionales sanitarios en general. Por supuesto, abundan quienes se entregan a su carrera con vocación y sentimiento, marcando claramente la línea entre el deber y la proximidad al paciente, para no ser demasiado vulnerables frente al dolor ajeno, pero sin dejar de dar la atención solidaria y afectuosa a quien la necesita. Pero, a menudo, cuando acudimos a la consulta de un médico -al menos, a mí me ha ocurrido con frecuencia-, lo que encontramos al otro lado del escritorio es una persona con prejuicios, muchos más que nosotros mismos.

Nosotros, los pacientes, entramos en su despacho un poco atolondrados. Para empezar, el color blanco de las sábanas de la camilla, de las cortinas, de la bata, de algún que otro mueble, es tan simbólico e intenso que nos abruma, nos intimida y nos prepara psicológicamente para el enfrentamiento con el profesional con la guardia baja. Vamos al médico casi siempre con el respecto ancestral de quien recurre al curandero de la tribu, el único que puede rescatarnos de nuestra enfermedad y liberarnos del mal. Y así es. Suelen tener las herramientas para conseguirlo. Aunque no olvidemos que el propio enfermo tiene mucho que decir.

Pero, mientras que el hecho de visitar al médico y tener confianza ciega en él para el paciente es un acto de fe, hasta el extremo de admitir que nos conoce mejor que nosotros mismos, aunque sea la primera vez que nos ve, para el médico es obvio que siempre exageramos (somos aprensivos), no contamos la realidad tal como es (no sabemos expresar nuestro malestar), no sabemos exactamente lo que nos pasa (no conocemos las reacciones de nuestro organismo) o bien no tenemos experiencia (somos neófitos en la materia, es decir, novatos).

Este exceso de seguridad delata el riesgo que existe de que las cosas se tuerzan y la decisión adoptada para resolver el caso no resulte eficaz. Como todo el mundo, los médicos se equivocan. Desgraciadamente, creo que con demasiada frecuencia. Afortunadamente, no les ocurre lo mismo a los pilotos de avión, a los controladores aéreos, a los gruístas, a los conductores de transportes pesados... aunque no dudéis que también cometen errores mientras desempeñan su trabajo.

En el caso del personal sanitario, puedo explicar esta situación con varios ejemplos personales. Tengo la suerte, hasta el momento, de gozar de una salud aceptable. Nunca he pasado por un quirófano, las enfermedades por las que he pasado no han durado más de lo usual en otras personas, apenas sufro dolores de cabeza o musculares y tampoco me quejo mucho de las molestias que pueda sentir. Tal vez por eso, voy poco al médico y, cuando algo me está haciendo daño de verdad, no dudo en pedir cita o correr a la puerta de Urgencias de mi hospital.

1) Una vez, fui cojeando hasta el médico de Urgencias del Centro de Salud porque me habían pisado esa tarde jugando al fútbol y me dolía terriblemente el dedo gordo del pie derecho. El médico de guardia me instó a quitarme el calzado (no me lo pidió, lo exigió con desgana), le echó un vistazo rápido al pie y me dijo que en dos o tres días se me caería la uña, que era algo normal. Le quitó importancia y me trató como si fuera un quejica. Pero el dolor era tan intenso que no me quedé convencido en absoluto y, de inmediato, me dirigí a las Urgencias del hospital más cercano. Allí notaron enseguida que tenía una infección en el dedo y tuvieron que perforarme la uña para que expulsara el pus. Curado en menos de media hora. Según el primer médico, ¿tenía que esperar a que se me pudriera el dedo para que se me cayera junto con la uña?

2) Hace unos dos años, mi mujer visitaba al pediatra del Centro de Salud que nos correspondía entonces prácticamente todas las semanas, porque nuestra hija pilló un catarro al terminar el verano y no lo soltaba. Además, apenas ganaba peso y cada vez estaba más delgada. Para nosotros era palpable que no estaba evolucionando bien. El pediatra que la atendía le quitaba importancia y lo consideraba dentro de la normalidad, pese a que la niña cada vez estaba más baja en percentiles. Recetaba los remedios comunes para el resfriado y ya está. La niña se debilitaba por semanas y cuando no era un constipado, sufría una gastroenteritis. La última vez que visitamos a ese pediatra, su actitud volvió a ser la misma, aunque la gravedad de la niña ya era notable. Una semana después, en lugar de volver a su consulta, mi mujer corrió a Urgencias del hospital que nos correspondía y justo después de que decidieran ingresarla (más por la angustia de mi mujer que por el estado de la niña), Irene se desmayó. Hubo quien pensó que había fallecido. No tardó en recobrarse del desvanecimiento, pero gracias a esta fatalidad todo el equipo de pediatría le prestó especial atención durante la semana que permaneció en el hospital, hasta que empezó a recuperarse. Aunque solo pasó una semana allí, no se le dio el alta definitiva hasta cuatro meses después. Como consecuencia de este episodio, aparte de que se diagnosticó el verdadero problema de la niña, pudimos cambiar de pediatra. ¿Habríamos perdido a nuestra hija de seguir los consejos del pediatra que la atendía habitualmente?

3) Hace dos años pedí cita a mi médico porque tenía la garganta muy inflamada, no dejaba de toser y me dolía constantemente a pesar de los analgésicos y antiinflamatorios. Además, Irene había pasado una faringitis bacteriana y pensé que posiblemente me había contagiado. Así lo expliqué al doctor, pero este, desde el primer momento, decidió que lo mío era una faringitis crónica vírica. Volvió a insistir en ello tres meses después, cuando volví con los mismos síntomas. Aunque mejoré durante un tiempo, la afección regresó e incluso me puse peor. Mi calidad de vida dejaba mucho que desear. Así que pedí cita a otro médico. Le conté mi historia y se tomó mi caso en serio. Aparte de pedir que me hicieran unas pruebas, optó por recetarme antibióticos. Y me curé al cabo de una semana, permanentemente. Conclusión: Tenía una infección bacteriana en la garganta desde hacía año y medio.

Los prejuicios pueden pagarse caros. Por favor, seamos todos razonables y humildes.

viernes, 15 de octubre de 2010

Reflexiones de un ególatra: Falsos héroes y prejuicios

Hay un tal señor Neira cuyo rostro vemos a menudo en la televisión. Se hizo famoso al entrometerse hace unos años en los conflictos de una pareja, defendiendo a una mujer de la violencia de un hombre, y recibir una paliza por ello. Parece que la celebridad no le ha gustado o no le ha sentado bien. Lo cierto es que, según los medios de comunicación (y matizo esto último, pues la versión de los hechos que tenemos siempre es la relatada por los medios), Neira guarda rasgos en su personalidad que resultan incluso desagradables. No hace mucho volvió a saberse de él por conducir con una tasa de alcohol en sangre no permitida. Hoy nos anuncian que ha ingresado tras sufrir un derrame cerebral, dos días después de la muerte de su agresor. La prensa se ocupa y preocupa en demostrar que es una persona normal y corriente.

Naturalmente, no es un héroe. Es una persona como cualquiera de nosotros, con sus virtudes y sus defectos. Puede que con más defectos que virtudes. Pero lo cierto es que un día tuvo el coraje y la arrogancia de lanzarse sin dudarlo al rescate de alguien que parecía indefensa y maltratada. Lamentablemente, para el señor Neira ha resultado contraproducente manifestarse en público, con reflexiones poco acertadas que le han hecho aparecer como un hombre lleno de prejuicios. Tal vez por eso no se prodiga y limita sus intervenciones ante las cámaras y los micrófonos.

No obstante, prejuicios tenemos todos. Pero seguiré reflexionando y hablando sobre ello otro día. Mientras tanto, espero que nuestro aludido se recupere bien y pronto.

lunes, 3 de mayo de 2010

Reflexiones de un ególatra: El final de los libros

Me miró y me preguntó:
-¿Por qué te gusta leer?
-Porque me gustan las palabras.
-Porque te gustan las palabras -repitió en actitud reflexiva.
-Sí. Es fascinante lo que se puede llegar a expresar con ellas, lo que otras personas son capaces de expresar con las palabras.
-Pero dicen que los libros -replicó, asociando una idea con otra- tienen los días contados.
-¿Los libros de papel?
-Eso es. Los libros de papel.
-Siempre existirán. Aunque dejen de imprimirlos, tendrían que destruirse todos los que ya se han editado y llenan las librerías. Aunque es cierto que las obras nuevas se harán en otro formato a partir de algún momento. Solo espero que para entonces estemos preparados y podamos disfrutarlo igual que ahora.

sábado, 17 de abril de 2010

Reflexiones de un ególatra: El año de los temblores

Todos nos hemos volcado con las víctimas del terrible seísmo que azotó Haití a principios de año y tuvimos algún gesto de apoyo o nos estremecimos con la noticia. Lamentablemente, las cifras de afectados tampoco han sido insignificantes en otras catástrofes acaecidas posteriormente y no debemos olvidar que estos desastres sacuden habitualmente a los más pobres, precisamente por vivir en condiciones más desfavorables y encontrarse menos protegidos.

En cualquier caso, una multitud de rumores se ha cernido sobre lo que ha venido pasando en Haití, algo que ninguna crónica ha conseguido explicar, pues el país ha quedado devastado e inmerso en un enorme caos.

No tengo datos para apoyar ninguna hipótesis ni pretendo ser alarmista, pero me llama mucho la atención, aparte del gran número de fallecidos y danmnificados en algunos casos, la siguiente relación de acontecimientos:

Haití, 12/01/2010. Terremoto de 7 grados en la escala de Richter con réplicas.
Chile, 27/02/2010. Terremoto de hasta 8,5 grados en la escala de Richter y casi 3 minutos de duración, con tsunami y fuertes réplicas.
Chile, 11/03/2010. Nuevo terremoto de 6,9 grados en la misma zona.
Taiwán, 4/03/2010. Terremoto de 6,4 grados.
Turquía, 8/03/2010. Terremoto de 6 grados.
Islandia, 21/03/2010. Erupción de volcán bajo glaciar.
Baja California, 4/04/2010. Terremoto de 6,9 grados.
Indonesia, 6/04/2010. Terremoto de 7,8 grados con tsunami.
China, 14/04/2010. Terremoto de 7,1 grados.

En tres meses se ha sucedido una serie de fuertes terremotos en distintos puntos del planeta con consecuencias graves. ¿Está la Tierra enfadada? ¿Estamos asistiendo a un ciclo de cambios geológicos? Lo que está ocurriendo este año tal vez solo se deba a que los fenómenos telúricos, en su curso natural, han coincidido y han hecho notar sus efectos. Pero recuerda terriblemente el argumento de algunas películas de Hollywood, en las que las catástrofes se suceden hasta que termina averiguándose que tienen un origen común.

Algunas ideas que se manejan en internet se aproximan a la ciencia ficción, poniendo como posibles causas de los seísmos los experimentos fallidos del CERN o ataques premeditados de Estados Unidos con bombas de ondas de choque del HAARP (Programa de Investigación de Aurora Activa de Alta Frecuencia, en Alaska). Ambas teorías no dejan de apoyarse en especulaciones (uno de los terremotos que hemos destacado ha afectado parcialmente a Estados Unidos) y no llego a comprender si tendría sentido o podría haber un propósito como para dar la razón a sus defensores.

Pero también es verdad que los medios aún no han alentado ninguna explicación para esta cadena de catástrofes. ¿Es normal? ¿Es casualidad? ¿O está pasando algo más y no nos estamos enterando?

martes, 23 de febrero de 2010

Reflexiones de un ególatra: El espectáculo contra la vida

Vivimos un espectáculo continuo, que no cesa. Desde hace años. Dicen que lo inventó en España, importado de otras televisiones, el conocido Pepe Navarro. Más bien lo acusan de ello, quienes también viven y respiran del mismo negocio.

Hace tiempo que apenas veo la televisión. Es posible que intente seguir alguna serie, siempre que tenga la suerte de que la vean conmigo unos cuantos millones más de espectadores antes de que se suspenda la emisión. También suelo ver algún noticiero, algún programa de viajes. O grabo alguna película para poderla ver más tarde sin anuncios (SGAE, digas lo que digas, esto no es pirateo, sobre todo si luego borro lo grabado).

Pero no soporto las burlas, los insultos, las obscenidades que llenan nuestros ojos y nuestros oídos continuamente (afortunadamente, aún nos quedan otros sentidos para percibir la realidad y distinguirla de esta ilusión), todos los días, en programas cada vez más vacíos de contenido y menos originales, teatros de la vida en los que cualquiera se cree actor improvisado y se disfraza de payaso.

No dejo de preguntarme, a menudo, ¿es esto lo que queremos? ¿Es esto lo que nos merecemos?

jueves, 2 de abril de 2009

Reflexiones de un ególatra: En busca del bolso perdido

Érase una vez, un bolso azul marino, lleno de biberones y pañales, que quedó olvidado en el portaequipajes de un tren procedente de Sevilla. Cuando sus dueños se percataron de la pérdida, acudieron al revisor del tren que les llevaba desde Madrid hacia Valladolid y aquel hombre agradable, vestido con un uniforme oscuro y una sonrisa afable, llamó por la línea interna a la estación de Atocha, confirmando que habían recogido aquel bolso en el coche indicado y quedaría depositado en objetos perdidos.

Al día siguiente, un amigo de los dueños del bolso, que viajaba también desde Sevilla hacia Valladolid, pasando por Madrid, se acercó a la oficina de objetos perdidos de larga distancia para recogerlo. Pero, aunque la oficina permanecía abierta hasta las ocho de la tarde, solo entregaban objetos perdidos hasta las cinco, pues más allá de esa hora no accedían al almacén. Lo cierto es que el buen amigo de los dueños se tuvo que ir con las manos vacías y no pudo cumplir el favor que le habían pedido.

Pasado otro día, los dueños del bolso visitaron la oficina de atención al cliente de la estación de su ciudad, pero sin éxito en su intento. No había manera de recuperar el bolso si no se personaban en Madrid, donde había quedado. Una normativa vigente desde hacía unos cuantos años impedía transportar equipaje sin pasajeros. Al parecer, la compañía de ferrocarril no sabía cómo aplicar los servicios de valija o mensajería interna. Ni siquiera se les había ocurrido cobrar por un servicio así a los clientes que, desesperados, solo pretendían recuperar sus pertenencias y ser satisfechos. La única posibilidad era contratar una agencia de mensajería que se encargara de recoger en Madrid el bolso.

Pero la agencia de mensajería exigía que los dueños contactaran con la oficina de objetos perdidos, consiguieran el número de referencia del bolso como objeto perdido y les enviaran una autorización firmada.

Distintos teléfonos, muchísimas llamadas, pero no existía ninguna forma de hablar con la oficina de objetos perdidos. No había ningún número para contactar con ellos y así lo afirmaban, descaradamente, desde los teléfonos de atención al cliente de la compañía ferroviaria. El noble señor de la oficina de objetos perdidos de Cercanías de Atocha confirmó que los responsables de objetos perdidos de larga distancia estaban en sus puestos, pero, aunque desocupados, se negaban a atender las llamadas que recibían, aunque el número de teléfono figuraba claramente en la caseta y el aparato no paraba de sonar. Les facilitó dicho número, incitándoles a insistir hasta que les respondieran, pero fue inútil. El bolso estaba perdido en la oficina de objetos perdidos. Parecía irrecuperable.

Así que no era posible hablar con nadie para enviar un mensajero que recogiera por ellos el bolso. ¿Qué solución quedaba?

Al día siguiente, una simpática y voluntariosa amiga residente en Madrid acudió a la estación y recogió el bolso azul marino, catalogado como un bolso de color negro, lo que pudo representar un auténtico problema de identificación al buscarlo en el almacén. Pero el bolso azul marino llegó a manos de esta joven por fin y pudo enviarlo a sus dueños. La historia tuvo un final feliz. El objeto perdido fue reencontrado y recuperado.

Conclusión: Hay que tener amigos en todas partes.

Basado en una historia real...

sábado, 20 de diciembre de 2008

Reflexiones de un ególatra: Dulce Navidad

Dado el tono que suelo emplear en estas reflexiones, seguramente pensaréis que voy a criticar algún aspecto típico de estas fechas como el consumismo excesivo, muy mermado por la crisis por cierto, o la confusión de valores que se agrava cada año que pasa. Pero no. La Navidad se merece que resalte lo positivo de esta época. Así que voy a contar una anécdota que me ocurrió hace unos días y que me parece un auténtico cuento navideño.

Paseábamos después de comer para aligerar la digestión y vencer el frío. Mi hija dormía la siesta en el carrito (últimamente descansa más tras tanto padecimiento), mientras mi mujer y yo charlábamos con mi cuñada y su marido, al tiempo que jugábamos con nuestra sobrinita de año y medio. Cruzamos el parque Campo Grande, pequeño pulmón de Valladolid, frondoso y arbolado, cuando encontramos en un charco un pajarito que no era capaz de remontar el vuelo.

Al principio pensamos que se trataba de un polluelo de gorrión que se había caído del nido y no había aprendido aún a usar las alas. Lo cierto era que no las tenía muy desarrolladas y solo acertaba a planear de vuelta al suelo. Pero más bien parecía un joven canario.


El pajarito se adaptó pronto al contacto con mis manos, probablemente porque necesitaba un poco de calor, y no se iba. Mientras se iban secando sus plumas, nos planteábamos qué hacer con él. No era una cuestión fácil. Si lo soltábamos y le devolvíamos la libertad, seguramente moriría de frío por la noche. Pero llevarlo a casa era imposible, porque la calefacción lo sofocaría y acabaría con él; además, no queríamos tenerlo junto a un bebé que acababa de pasar por el hospital y todavía se estaba recuperando.

Cuando íbamos por el paseo central hacia casa, antes de salir del parque, nos topamos con gente que se paraba a ver el simpático pájaro y me preguntaba por él. Con una pequeña esperanza, les explicaba tranquilamente lo sucedido. Y la esperanza tuvo su fruto.

Hubo suerte. Los segundos que se fijaron en el pajarito fueron dos hombres maduros que entendían de aves. Me confirmaron que se trataba de un canario sefardí, que podía haber muerto si no hubiera bebido agua y que, de hecho, moriría si lo dejábamos pasar la noche en el parque. Uno de ellos era, casualmente, aficionado a los canarios. Y, doble coincidencia, habían venido de Utrera, Sevilla, a pasar unos días en Valladolid. Intercambiamos impresiones y les cedí el canario, que se llevaron agradecidos con la intención de cuidar. Todos terminamos contentos, viviendo un final feliz como en los cuentos. Espero que el pequeño canario haya sobrevivido y sepa aprovechar el regalo de la vida que volvió a recibir aquel día.


¡FELIZ NAVIDAD A TODOS Y QUE EL AÑO 2009 ACABE CON LA CRISIS!

lunes, 1 de diciembre de 2008

Reflexiones de un ególatra: ¿Cómo facilitar el acceso creando más dificultades?

Hace tiempo que le doy vueltas en la cabeza a la misma idea. Cada norma, cada ley nueva que se establece en cualquier ámbito de esta sociedad restringe más aún nuestro albedrío y constriñe más nuestro espacio. Se supone que las leyes se formulan para protegernos, a las personas y a las instituciones de las que formamos parte, y para asegurar nuestra libertad y nuestro bienestar. Sin embargo, limitan nuestros movimientos, físicos y mentales. Cada vez con más frecuencia, se elaboran reglamentos con la intención de resolver alguna circunstancia concreta, pero cuya aplicación y ejecución afecta a una inmensa mayoría de personas como si se tratara de un efecto colateral.

Estas medidas llegan hasta el ridículo en las situaciones más cercanas al ciudadano. Cada vez que paseo por mi barrio, en Sevilla, sufro una tremenda indignación, sobre todo si llevo a mi hija en su carrito. Hace unos años se consiguieron salvar las barreras para facilitar el paso a los minusválidos. No fue tarea fácil, nunca lo es. Como todos sabemos, nuestras ciudades no están pensadas para personas con algún tipo de invalidez, que dependen para su locomoción de una silla de ruedas. No importa que haya desniveles o escaleras, pues en su día se construyeron amplias rampas para hacer la calle accesible a estos vehículos.

Sin embargo, hace unos meses, a alguien se le ocurrió que la vida de los peatones que se mueven sobre ruedas no era suficientemente divertida si no se les ponía otros obstáculos. En los extremos de las rampas, al principio y al final, aparecieron vallas de metal. Claro, había que evitar que los motoristas y los ciclistas utilizaran las rampas de forma indebida y egoísta. Pero no pensaron en que eso hacía también la vida más difícil a aquellos para quienes estaba reservado su uso. Estas vallas están montadas de tal manera y formando tales ángulos que una silla de ruedas no puede maniobrar para subir o bajar por ellas.

De pronto, estas feas vallas grises se están multiplicando. Y se han vuelto una molestia para todos. Ya ni siquiera una persona a pie puede pasear con normalidad. En lugar de caminar en línea recta, tiene que hacerlo buscando el único paso posible, ese pequeño hueco tan incómodo hacia la mitad de las vallas.

Lo peor es que esto está pasando desde que se convocaron las iniciativas ciudadanas para la utilización de los presupuestos locales y somos nosotros mismos quienes proponemos y decidimos. ¿Hacia dónde vamos? ¿Hacia un mundo aún más absurdo?

jueves, 7 de agosto de 2008

Reflexiones de un ególatra: La ley del comercio nos domina

En ciertos aspectos, soy un tipo raro. Cuando voy al supermercado, compro con criterio. ¿Tal vez sea porque apenas veo la televisión y no hago caso a los anuncios (aunque lo cierto es que hace tiempo que son lo más divertido del medio)? No, en realidad soy raro por el criterio que uso.

A la hora de comprar hay que tener muchas cosas en cuenta y ser prácticos. Por ejemplo, siempre compro la misma marca de gel de baño. No solo me gusta la suavidad de la crema y los resultados sobre la piel, sino también el formato del bote: ligero y manejable. Sin embargo, un día al fabricante se le ocurre lanzar una campaña de promoción en la que decide hacer un bote un poco más alto, para vender, al mismo precio, según afirman en las impresiones del bote, un 15% más de cantidad. Me parece magnífico que me den más producto al mismo precio, pero ahora el bote es más pesado y, a veces, se me resbala en la ducha cuando lo cojo, si está recién comprado y, por tanto, lleno. Los fabricantes no piensan en sus usuarios. ¿Creéis que hacen estas campañas simplemente para vender más? No, seguro que están consiguiendo quitarse de encima excedentes de producto cuyo almacenamiento sería más caro que el coste de hacer unos botes un poco más altos.

Pero eso no es suficiente. Dos meses después, cuando han vuelto a la normalidad y yo, muy contento con el bote de toda la vida, vuelvo al supermercado, encuentro una nueva oferta. ¡Un 30% más de producto! Naturalmente, ahora no basta con hacer un bote más alto, pues no solo resultaría ridículo sino que no se mantendría en pie en las estanterías y quizá no cabría en ninguna. Ahora, además es más robusto, más grueso. Así que ha dejado de ser ligero y manejable. Tienes que usar las dos manos para coger el bote sin que se te resbale con el agua. Mientras te sirves, lo sostienes con una sola mano, pero, ay, esa muñeca con tendencia a la tendinitis se resiente.

Decididamente, los fabricantes no piensan en el consumidor. Pero, ¿cómo puedes reclamar contra ellos si te están regalando producto?

viernes, 25 de abril de 2008

Reflexiones de un ególatra: Crisis en la Humanidad

No suelo hablar de política en público y aún menos por escrito. Seguramente porque no pertenezco a ningún bando ni color y me limito a contemplar lo que hace cada facción para apoyar a quien pueda tener más razón según mi criterio. Se da la circunstancia de que últimamente no sé a quién darle mi apoyo. Digamos que voy a resaltar algunos detalles de nuestra realidad actual, independientemente de la causa y del causante del problema. Mi propósito tan sólo es criticar aquello que no me parece correcto, especialmente porque nos afecta a todos por igual.

El pasado 19 de abril, una vez que había conseguido reunir todos los certificados y los datos fiscales del ejercicio anterior, me senté con todos los papeles por delante y me dispuse a confeccionar la declaración de la renta. Al cabo de unos minutos, cuando estaba introduciendo la información concerniente a la adquisición de la vivienda habitual, descubrí que este año se desgrava lo mismo sobre la inversión realizada durante los dos primeros años que después. Afortunadamente, en mi caso no afectaba, pero pensé en todos aquellos que han podido comprarse su pisito o su casita en los dos últimos años y ya no tienen un 25% de deducción (frente al 15% generalizado).

Relacioné conceptos y me dije: "Estupendo. Estamos en plena crisis de la construcción, cuando más falta hace incentivar la compra de inmuebles para que la situación mejore lo antes posible, y no se les ocurre otra cosa que quitar alicientes a los ciudadanos para invertir en ladrillo, como se suele decir coloquialmente". Menuda medida contraproducente. Pero, claro, de algún sitio tiene que salir el dinero para esos 400 euros que nos han prometido a todos este año o esos 2500 por cada bebé recién nacido.

Sin embargo, seguí pensando: "A lo mejor", reflexioné, "la economía está tan mal que creen que 400 euros para cada españolito asalariado pueden mejorar sensiblemente los niveles de consumo, que tanto han caído. A lo peor estamos viviendo una situación tan catastrófica que antes que motivar la compra de inmuebles para salvar a las constructoras en bancarrota es recomendable aumentar el consumo más mundano y corriente. Si fuera así, ¿por qué nos siguen diciendo que nuestra economía marcha bien?".

No lo sé. Pero lo cierto es que, como vengo denunciando desde hace tiempo, los medios de comunicación nos desinforman. Me sorprende que la prensa no nos haya advertido lo suficiente y haya hecho eco de esta broma de mal gusto, avisando de las repercusiones que tienen estas reducciones en las desgravaciones sobre nuestra capacidad adquisitiva final.

En cambio, parece más importante la vida privada de la hermana de Su Alteza Leticia Ortiz. Ese mismo día 17 se discutía en todas partes sobre la torpeza de las cincuenta y tantas demandas que había interpuesto exigiendo la intimidad de su vida personal. Ha sido tema de actualidad durante los últimos días. Y yo estoy convencido de que, al margen de lo bien o mal que haya planteado esas demandas, la chica tiene razón. A mí no me importa salir en televisión o en los periódicos por mis intervenciones en actos públicos, pero eso nada tiene que ver con lo que haga en mi casa. Como escritor, podría ser un personaje público, en tanto que participo en actos públicos, pero tengo derecho a la reserva de mi vida privada. ¿Dónde vamos a llegar si pensamos que podemos inmiscuirnos en la vida de los demás por el simple hecho de que algo les hace aparecer en la pantalla del televisor o les relaciona con alquien que lo hace?

En la prensa también vi el fin del mundo. Pippa Bacca, una artista que quería demostrar que la bondad y la generosidad abundan en nuestro planeta viajaba desde Milán, haciendo autostop para atravesar Europa. El último conductor que la recogió, en una población turca, la violó y la estranguló. ¿Debemos extraer alguna conclusión de esto? ¿Está la Humanidad perdida?

sábado, 22 de marzo de 2008

Reflexiones de un ególatra: El tiempo

A menudo soñamos que tenemos más tiempo. Quizá pensemos que vivimos en un mundo ideal y que el tiempo se dilata a nuestro capricho. Nos embarga la ilusión de que podremos hacer más cosas durante el día de las que realmente luego seremos capaces de llevar a cabo. Nos engañamos pensando que sabremos administrarnos, pero el transcurso de las horas, la acumulación de circunstancias imprevistas, la sucesión de acontecimientos (y la famosa ley de Murphy) nos demostrarán lo lejos que estamos de ser infalibles en la valoración del tiempo.

Diariamente, programamos actividades y nos comprometemos con tareas que luego será imposible resolver. El tiempo se nos escapa y, por muy razonables que seamos con la organización de nuestros deberes, raras veces lograremos ejecutar un plan al pie de la letra. Es el efecto del caos (otros lo llamarían el destino).

Una previsión de cada minuto de nuestra jornada resulta imposible, aunque el número de minutos que contiene un día (el tiempo que pasamos despiertos) sea finito y limitado. Considerando que dormimos unas ocho horas, estamos hablando de menos de mil minutos. En realidad, es una cantidad pequeña, pero qué difícil resulta controlar algo que no depende de nosotros. Sobre cada suceso influyen multitud de factores externos, la mayoría fruto de la casualidad, del azar o del libre albedrío natural. Por no hablar de fenómenos que rompen nuestros esquemas como las enfermedades, los accidentes, los retrasos o la simple pérdida de un autobús.

¿Qué harías con 1000 euros (o bien 1000 dólares, o 1000 pesos)? ¿Cómo podrías asegurar que cada uno de esos mil euros está siendo invertido correctamente? En un solo día, es fácil gastar gran parte de esos mil euros en cualquier compra o cualquier imprevisto, ¿verdad? Pues imagina lo que ocurre con algo tan intangible como el tiempo, que pasa inevitablemente. A veces, deja sus frutos. Otras veces pasa sin dejar rastro, pese a que siempre lo hace cuando menos degradando nuestro organismo y envejeciendo nuestras células.

Y todo esto ha surgido porque se me va otro mes, rápido e irrecuperable. Sin embargo, hay que disfrutar cada segundo. Hay que saber ser feliz.

martes, 15 de enero de 2008

Reflexiones de un ególatra: La metamorfosis del parto

Ahora que estoy empezando a asistir, en compañía de mi mujer, a los cursos de preparación al parto, surge una cuestión que no paran de plantear las matronas y los agentes comerciales de marcas de pañales que nos introducen en el mundo de los neonatos: ¿Tenéis miedo? Afortunadamente, puedo decir que no estoy especialmente nervioso por el inminente nacimiento de mi hija Irene, o eso creo. Tal vez se deba en parte a que los preparativos para recibir al bebé se aceleran y me veo mental y físicamente involucrado en ellos, por lo que, emocionalmente, mi organismo es incapaz de formular una sensación permanente similar a la ansiedad.

En realidad, lo que más me inquieta es la transformación que sufre el cuerpo de la mujer que se encuentra en estado. Hasta el momento, el vientre de mi mujer ha cobrado un aspecto muy hermoso, conforme iba ganando volumen. Resulta sorprendente hasta qué extremos de redondez es capaz de estirarse la piel y la musculatura. Al contrario, dentro de unos meses habrá vuelto a la normalidad y apenas se notará el trance por el que ha pasado. Como ya he dicho antes, todo esto es asombroso y muy bonito.

Pero, ¿qué ocurrirá durante el parto? Solo hay una circunstancia en la que me pueden obligar a salir del paritorio o me impedirán acompañar a mi mujer en el proceso: que se practique la operación a la que Julio César dio nombre. Suponiendo que todo siga su curso natural, estaré a la cabecera del lecho donde yazca mi mujer, proporcionándole aliento y dedicándole palabras agradables. Probablemente, no me mueva de ahí, para no molestar a los profesionales en su trabajo y también porque no sé si podría resistir la impresión que debe de causar el momento crucial. Indudablemente, tiene que ser un instante bellísimo e inolvidable. Pero, tal vez por mi mentalidad tecnocientífica, algunos detalles de la biología humana me parecen incomprensibles. Eso de las contracciones y las dilataciones parece algo tan violento y doloroso cuando lo cuentan... ¡Qué tremenda metamorfosis experimenta el cuerpo femenino! Posiblemente, la explosión de hormonas a la que se ven sometidas las chicas les ayude, pero, sinceramente, no me veo en su papel.

A decir verdad, no les envidio. Es decir, el embarazo y el hecho de dar a luz una criatura viva me parece algo indescriptible y maravilloso que debe despertar sensaciones únicas en quienes lo experimentan. Pero estoy disfrutando tanto de todo el proceso desde mi posición como padre que nunca he deseado sentirlo desde la otra parte. Aunque no puedo comparar, para mí ha resultado muy emocionante poner a prueba la inteligencia de mi hija nonata y jugar con ella a través de la piel de mi mujer, haciendo que responda a mis golpecitos. Por otro lado, al padre le tocan otras tareas. Alguien tiene que mover muebles, montar la cuna, reorganizar habitaciones y pintar paredes, pues a la mujer se lo impide su delicado estado. El padre ejerce como protector práctico, disimulando su vulnerabilidad. Así que cada cual ocupa su sitio en la evolución.

Dentro de poco podré dar la bienvenida a Irene y seré más feliz aún.

domingo, 9 de diciembre de 2007

Reflexiones de un ególatra: Repugnancia

A riesgo de parecer el típico occidental acomodado –al fin y al cabo, es lo que soy si me comparo con la inmensa mayoría de la población mundial-, esta vez voy a hablar de cosas que me repugnan. O, más bien, de cosas que he presenciado y me han repugnado, hasta la indignación. Debo dichas sensaciones, distintas y contradictorias por ocupar polos opuestos, a los viajes que he realizado hasta el momento a lo largo de mi vida. Porque, en los viajes, se aprende de todo. Generalmente, te quedas con los recuerdos bonitos y positivos, pero también las dificultades hacen mella en el alma del viajero.

Durante mi estancia en El Cairo, experimenté el caos más extraño, que cobraba vida propia en medio de aquella gigantesca ciudad, la más poblada del continente africano. Una de las excursiones que hicimos nos condujo desde nuestro hotel en el centro a la cercana llanura de Giza, donde se encuentran las tres grandes pirámides. Mientras nos acercábamos a aquel lugar, tan célebre y turístico, rodeado de hoteles lujosos, recorrimos la llamada avenida de las Pirámides. Desde mi asiento en el autobús pude contemplar el canal que flanqueaba la calle, por el que circulaban aguas pútridas, colmadas de basuras de todo tipo y hasta cadáveres de animales. Eso era el Tercer Mundo. Bueno, más bien lo era la hilera de viviendas al otro lado de la calle, habitadas por gentes que respiraban aquel aire, por niños que jugaban en torno a aquel canal contaminado. Debo reconocerlo, me resultó repugnante. Al mismo tiempo, me sentí afortunado y me dio lástima ver que realmente había gente que vivía en tan ínfimas condiciones.

En el otro extremo se encuentra Nueva York, la capital del mundo. Yo mismo alabo esa metrópolis, de gran magnetismo, cumbre del entretenimiento. Pero también representa el culmen del capitalismo, de la vanidad humana. Te das cuenta cuando te encuentras rodeado de tan altos edificios, de rascacielos que parecen imposibles de construir. Sin embargo, lo que realmente me repugnó no fue eso, porque ciertamente disfruté de los paseos por las calles neoyorquinas, sino lo que encontré en una tienda de la Quinta Avenida. Una tienda de muñecas muy peculiar. No solo las vendían, sino que las hacían a medida de su compradora, para que se parecieran a ellas, perfectamente equipadas con conjuntos a juego. Además, había una peluquería de muñecas, un médico (taller) de muñecas, un restaurante donde las niñas comían con sus muñecas sentadas al lado como si fueran personas y las madres pagaban facturas elevadísimas. Tal vez esto me repugnó mucho más que lo que había visto en Egipto. Era el colmo de lo absurdo, alcanzaba el mayor ridículo. Me avergonzaba que la humanidad hubiera llegado al punto de dar más importancia a una simple muñeca (y gastarse tanto dinero en su manutención) que a una persona de verdad, habiendo tantas que mueren de hambre al día. Seguramente, me dolió saber que pertenecía, lo quisiera o no, a esta facción del planeta.

lunes, 5 de noviembre de 2007

Reflexiones de un ególatra: Médicos como meteorólogos

Hace muchos años, me dio por pronunciarme acerca de la labor de los médicos en una conversación que mantenían mis padres. "Lamentablemente", dije, "los médicos se equivocan tanto como los meteorólogos aunque no se lo puedan permitir". Y mis padres asintieron. Que me perdonen los médicos, pero sigo pensando igual. La medicina sigue siendo una ciencia inexacta y a veces desacertada, aunque muchos han sido los avances en diagnóstico, farmacología y técnicas no invasivas.

Un anciano, que podría ser el abuelo de cualquiera, fue un buen día a la consulta de su médico de cabecera (ahora se llaman de otra manera, pero muchos seguimos llamándoles a la antigua usanza). Tenía un buen resfriado y, como no tenía otra cosa más importante que hacer aquella mañana, se acercó al centro de salud.

Cuando se encontró frente a su médico y éste le hubo examinado, le preguntó:

-Doctor, ¿qué se puede hacer en casa, sin tener que ir al médico, para curarse de un catarro?

-Básicamente, se puede tomar leche caliente con miel, guardar cama, abrigarse, evitar las corrientes de aire...

-¿Y en cuánto tiempo podría curarse así?

-Unos siete días...

-¿Y yendo al médico para que te diga qué medicinas tomar, cuánto tiempo se necesita para curarse?

-Una semana.

Y se quedó tan fresco.

Nota: Basado en una anécdota verídica contada por un amigo.

miércoles, 15 de agosto de 2007

Reflexiones de un ególatra: Maestro sin aprendiz

El artesano habla con energía, como buen castellano, esbozando una suave sonrisa para complacer a su cliente y acogerle con afecto. Es sincero y sagaz, sabe guiar el diálogo y orienta sus respuestas en función de la actitud de quien visita su taller. Se llama Mariano Zamorano y es herrero en Toledo. Una vez nos contó que en la ciudad solo quedan dos artesanos que fabriquen auténticas espadas. Él es uno de ellos. El catálogo de Zamorano es bastante amplio y se hace difícil elegir una pieza.

Cuando hablamos con él no puedo evitar mirar sus manos, con las que gesticula para explicarnos su negocio. En la mano derecha le falta parte de dos dedos, el índice y el corazón: dos falanges enteras. Supongo que son gajes del oficio. No me he atrevido a preguntárselo.

Zamorano disfruta hablando de su trabajo, que le ha dado de comer desde hace años. Es rudo en sus gestos de herrero, pero extremadamente amable en el trato. Valora mucho lo que hace, pero no le da un valor con connotaciones artísticas o históricas. No ha encontrado entre sus hijos a quien quiera sustituirle. Tampoco fuera de la familia, ni siquiera entre los inmigrantes, llenos de necesidades, pues prefieren la hostelería y la construcción.

-Este oficio tiene que gustar -le digo.

-Claro, como todo trabajo artesanal -replica él.

-¿No se le ha ocurrido escribir sobre su trabajo? -le pregunto.

-Yo no soy escritor -protesta.

Es cierto, es otro tipo de artesano, consagrado al yunque y la fragua. Cada espada que forja le mantiene ocupado unas cuantas horas, según la complejidad de la obra. Templa la hoja de cada espada según la época a la que pertenece. Ha ido descubriendo los secretos del experto herrero con el tiempo. Más bien, ha ido redescubriendo lo que antiguamente ya sabían hacer los herreros. Esa es la peculiaridad de este hombre, artesano autodidacta. Cosas que buscamos en los libros, este hombre nos lo podría explicar de viva voz, por su propia experiencia.

-Yo sí escribo, por eso se lo digo y por eso me llama la atención.

No consigo entender la falta de interés de quienes le rodean. Nadie se ha dejado tentar por los conocimientos de este hombre. Nadie ha llevado al papel, ha documentado lo que sabe. Imagino que no es tarea fácil.

Nos lo cuenta con resignación, sin tono de reproche. A mí me inspira cierta aflicción. He llegado a la edad en que te das cuenta de que la vida te presenta a menudo oportunidades que no debes despreciar, salvo cuando eres demasiado joven para percatarte. Si pudiera y tuviera tiempo, yo mismo iría a su taller, a verle trabajar, para anotar todo lo que cuenta, todo lo que hace, y documentar su profesión.

Antes de abandonar el local, con otra espada bajo el brazo, me veo impulsado a hacerle otra pregunta. No puedo dejar de indagar en otro sentido.

-¿Nadie ha venido aquí para hablar con usted, para interesarse sobre su trabajo y documentar alguna novela, alguna película?

-Nadie.

-Qué extraño. Sería una buena fuente para novelistas como Pérez Reverte y personajes como su Alatriste o el maestro de esgrima.

Nadie, ni siquiera un historiador acuciado por la curiosidad humana. Van a tener razón quienes dicen que los intelectuales solemos comportarnos como ratones de biblioteca. Lo buscamos todo en los libros, sea cierto o no lo que cuentan, cuando aún quedan por ahí quienes pueden relatarnos de primera mano en qué consisten las cosas. Si alguna vez pudiera sentarme a hablar con él, antes de que eche definitivamente el cerrojo a su taller...

Podéis conocer su obra aquí.

miércoles, 11 de julio de 2007

Reflexiones de un ególatra: Hola de nuevo, querido pabellón

Hace unos meses escribí el artículo ¿Adiós, querido pabellón?. Entonces, el futuro del Pabellón de Hungría de la Expo 92 no parecía muy halagüeño. De hecho, el edificio que había justo al lado, el antiguo Pabellón de Hungría, acababa de ser demolido para reutilizar los terrenos y una oferta de compra se cernía sobre el espacio que ocupaba el de Hungría.

Sorprendentemente (digo sorprendentemente porque hacía tiempo que no había oído noticias del asunto, aunque sé que ha habido un grupo importante de personas que han luchado por conseguir lo que voy a contar), hoy he leído en el diario ADN lo siguiente:

"La Junta de Andalucía ha incoado un procedimiento para la inscripción en el Catálogo General del Patrimonio Histórico Andaluz de seis pabellones de la Expo 92: España, Andalucía, Hungría, Francia, Finlandia y el de la Navegación."

A mediados de junio, Bernardo Bueno, delegado provincial de la Consejería de Cultura de la Junta, declaró que si se decidía incoar un expediente administrativo para la declaración de BIC (Bien de Interés Cultural) del pabellón, garantizando así la seguridad jurídica de la propiedad, éste quedaría inmediatamente protegido y se podría ordenar la paralización de su desmontaje, que aún no había sido autorizado por el Ayuntamiento.

Parece que, afortunadamente, las cosas han dado un giro y Hungría se va a salvar. Había muchísimas dudas porque, al contrario que los otros pabellones, a los que se está dando uso, el de Hungría contenía un museo que ha sido clausurado y su dueño estaba interesado en vender el terreno. Me alegro de que se haya podido rescatar esta pequeña joya de madera.

miércoles, 30 de mayo de 2007

Reflexiones de un ególatra: La dictadura del capitalismo democrático

Antes, María se despertaba escuchando unos minutos de su programa favorito. Aunque sigue sintonizando la misma frecuencia, hace unos meses la emisora cambió de dueño, incluso de marca y programación. Desde entonces, cuando suena el despertador, lo único que oye es una sucesión de canciones; el locutor ni siquiera se molesta en indicar el título o el autor, por lo que la música se convierte en mero ruido de fondo. Tal vez por eso ya no se levanta con el mismo buen humor.

Luego, María se ducha, se viste y, en circunstancias normales, toma algo para desayunar. Pero hoy no, no le da tiempo. Anoche, a última hora, se enteró casi por casualidad de que la compañía de transporte público comenzaba una huelga y sólo mantendría los servicios mínimos. Eso supondría esperar media hora más, tal vez tres cuartos de hora más, en la parada del autobús, formando parte de una larga cola y apretándose contra los demás usuarios dentro del vehículo. Poco cómodo, incluso desagradable, porque, a pesar de que es temprano, la temperatura es alta. Empieza a sentirse el calor del inminente verano.

Se equivoca en sus previsiones. El primer autobús viene cargado hasta los topes y no se detiene. Se ve obligada a esperar al siguiente. Se percata, demasiado tarde, de que hubiera llegado antes andando. En ese instante le resulta evidente que llegará tarde al trabajo. Como consecuencia, tendrá que justificar el retraso al fichar a la entrada y deberá recuperar el tiempo perdido saliendo más tarde de su hora habitual. Probablemente, eso le impedirá llegar a la oficina municipal antes de que cierren para gestionar unos trámites que le urgen. Empieza a sentirse enojada.

Cuando alguien manifiesta sus protestas paralizando la actividad normal de su trabajo, otros sufren las consecuencias. A veces, la suspensión de la actividad viene acompañada de actos desmedidos e irracionales, agresiones a la propiedad pública o privada. Por ejemplo, hace dos semanas, el cuerpo de bomberos organizó una manifestación en la Plaza Mayor, reclamando la descongelación de sus sueldos. Algunos de ellos asaltaron una sección del Ayuntamiento y arrojaron a la calle pesados archivadores, que se destrozaron contra el suelo esparciendo toda la documentación que contenían. Se trataba de los muebles donde se almacenaban expedientes pendientes de revisión para la concesión de subvenciones sociales. Al mismo tiempo que atentaban contra el derecho a la privacidad y la confidencialidad de datos de los afectados, destruían la posibilidad de recibir una ayuda para numerosos ciudadanos. En el caso de María, que convive con su anciana madre, a la que cada vez le resulta más difícil cuidar, tiene que volver a presentar toda la documentación, justo cuando estaba a punto de recibir la ayuda económica que le permitiría contratar a alguien por horas para atender a su madre. Pero esta nueva huelga le impedirá hacerlo hoy, como tenía pensado, y alargará el plazo de su solicitud.

Esa mañana, María no solo llega tarde al trabajo, sino que además llegan a sus oídos unos terribles rumores. Se avecina una nueva venta de la compañía. Posiblemente, eso traiga aparejado otro expediente de regulación de empleo, el tercero. Los empleados, a expensas ya no de la cúpula directiva, sino de las altas esferas de la empresa, ven oscilar su estabilidad laboral, a expensas de los intereses de los accionistas, que compran y venden para ganar más dinero, sin preocuparse por lo que eso implica para la gente que mantiene vivo el negocio que le ha permitido lograr esos beneficios. De nuevo, María ve peligrar su puesto. Probablemente, la empresa, en la que habían invertido instituciones locales, finalmente caiga en manos de alguna internacional. Y el Estado no se opondrá, tampoco ningún organismo regional ni provincial. Ni siquiera, lo que es aún peor, las autoridades locales impedirán que desaparezca una empresa que ha sido tan importante para la ciudad y que da de comer a un buen número de ciudadanos. Sólo importan las ganancias.

El padre de María murió lleno de indignación, porque no entendía que la sociedad actual, tan sofisticada y avanzada, no fuera capaz de dar un trabajo seguro de por vida, como el que él tenía, a una trabajadora culta, entregada y voluntariosa como su hija. ¿Para qué servían entonces los estudios y los sacrificios personales?

María no es tonta. No hace falta leer la prensa o ver las noticias (de hecho, es mejor no hacerlo) para comprender lo que está pasando en el mundo, lo que está volviendo tan difícil la vida para todos. Es algo que se ha apoderado de nuestras ciudades, de nuestros países, de nuestros sueños y nuestras ilusiones. Es algo que lo vuelve todo homogéneo, que ha uniformizado los lugares por los que ha ido pasando. Los países han perdido su soberanía, no tienen poder sobre su propia industria, su economía o la publicidad; todo llega de fuera, desde las naciones más fuertes. Tanto es así que el patriotismo se ha desvanecido. Si todo es igual, ¿quién va a amar el sitio donde nació, su lugar de origen?

domingo, 20 de mayo de 2007

Reflexiones de un ególatra: Verdades que nos ocultan

Aunque no todas sus novelas me parezcan excelentes, no puedo dejar de admirar la narrativa de Milan Kundera. Es inevitable que su halo de influencia ejerza sobre mí alguna acción. De hecho, no puedo negar que una de esas novelas que escribí y que están a la espera de encontrar editor recogen algo de la esencia de Kundera además de alguna que otra cita de sus geniales frases. Quizás lo que me gusta de Kundera es que expresa justo lo que piensa... o lo que pensó, porque quizás hubo una época de su vida en la que no pudo escribir libremente sin miedo a ser terriblemente censurado. En cualquier caso, leyendo La ignorancia he encontrado una de esas exposiciones que hacen reflexionar: el comunismo en Europa murió exactamente doscientos años después de producirse la revolución francesa. O sea, en 1989. Prodigiosa exactitud de acontecimientos. Revolución y... ¿restauración?

Con esta duda inicio mi periplo y voy recordando algunos pensamientos que he escuchado o leído en los últimos días. A eso me anima la idea que subyace durante todo el relato de Ensayo sobre la lucidez. Que no me guste el estilo de Saramago no significa que no sepa apreciar lo que hay bajo la superficie de las palabras. ¿Acaso no vivimos engañados? ¿No hay verdades que se nos ocultan y que nadie parece atreverse a declarar? Eso es más o menos lo que cuenta Saramago en su libro, la manipulación a la que vivimos sometidos sin enterarnos.

El domingo pasado, una conocida escritora que acaba de publicar una obra sobre Líbano respondía a sus lectores acerca de lo que pensaba con respecto a la guerra de Irak. Su contestación se había paseado por mis adentros en más de una ocasión pero nunca la había visto tan clara hasta que salió por su boca. La guerra de Irak es un tremendo éxito para Estados Unidos, que ha conseguido lo que quería: despedazar el Próximo Oriente para que Israel imponga su criterio. Es verdad, es eso lo que han hecho siempre. Son unos chapuceros, sacan beneficios políticos y económicos para ellos y sus aliados destruyendo a otros, aunque, aparentemente, en el campo de batalla no haya ganadores. ¿Por qué no nos hablan en los medios de comunicación de este punto de vista? ¿Por qué nos acribillan simplemente con guerra sí, guerra no? Siempre hay algo detrás, pero no nos lo explican porque la ignorancia es más fácil de controlar.

Alguien muy cercano a mí me ha hecho una observación interesante. ¿Se habla de Suiza alguna vez? No, ¿verdad? ¿Por qué no? Para que este país pase desapercibido, naturalmente. Seguro que no hace mucho os habéis fijado en un mapa de Europa, incluso en alguno de la Unión Europea, y vuestros ojos se han posado en el cerco de naciones de la Unión que rodea a Suiza. Sí, Austria también está en la Unión Europea. ¡Pero si se están planteando la admisión de Turquía, la puerta de Asia! ¿Por qué no se insiste en la incorporación de Suiza, en el corazón de Europa? ¿Por qué? Porque Suiza es la vergüenza de Europa, la han convertido en el lavadero de imagen y de fondos de todo el continente. Es así de lamentable. Y saber eso, saber que se permite la presencia de un país como Suiza al margen de la Unión Europea porque interesa que así sea, que haya una salida para las jugarretas de los poderosos, es lo que me hace desconfiar completamente de la política y estar casi convencido de que no existe un solo político que haga las cosas con honestidad. Decidme uno que haya protestado contra esta conveniente discriminación de Suiza.

En efecto, los medios de comunicación, la prensa, no constituyen un foco de libertad de expresión como nos quieren hacer creer. Detrás de cada canal, de cada emisora, de cada diario, hay una ideología. Todo lo que nos transmiten nos llega manipulado, nunca es objetivo. ¿Será por eso por lo que cada vez veo menos la televisión aunque haya más opciones? Sinceramente, me aburre. Ojalá tuviera el don de la ubicuidad y pudiera comprobar por mis propios medios cómo anda este mundo que tan mal nos venden los periodistas y los políticos. ¿No hay noticias alegres y positivas? No, porque el optimismo nos permite tener tiempo para recapacitar y plantear soluciones, pero a los que gobiernan tampoco les interesa que pensemos más de la cuenta.

lunes, 12 de febrero de 2007

Reflexiones de un ególatra: Temblores

De repente, oí un crujido en la pared, a mi espalda, y luego sentí que el escritorio empezaba a vibrar. Puede que el monitor también lo hiciera, porque me sobrevino un ligero mareo a causa del desconcierto que estaba afectando a mi organismo. Miré a mi compañero, sentado a apenas dos metros, pensando que era él quien estaba moviendo las mesas. Pero seguía trabajando, inmune al temblor. Cuando volví la vista a mi pantalla, las vibraciones continuaban. En total, duraron unos diez segundos. Un minuto después alguien anunciaba que se acababa de producir un terremoto y se había sentido hasta en Madrid.

En las últimas plantas de algunos edificios, como Torretriana, ocupado por diversas consejerías de la Junta de Andalucía, los paneles de división y las sillas se desplazaron algunos centímetros. Pero también hubo personas, como mi compañero, que no llegaron a darse cuenta de lo sucedido hasta que se lo contaron. Siguiendo unas normas que nadie conocía -nos falta la costumbre ante este tipo de acontecimientos- todo el personal salió de las oficinas a las calles, algunos con dolor de cabeza producido por el movimiento sísmico. Las avenidas que atraviesan el parque tecnológico de la isla de la Cartuja se llenaron de gente durante más de media hora. Se trataba de una medida de prevención. De hecho, hubo una réplica, pero más suave, imperceptible para nosotros, nada que ver con los 6,1 grados en la escala de Richter que había alcanzado el primer seísmo. Había sido el más fuerte desde febrero de 1969 con epicentro al suoreste del Cabo de San Vicente y el más intenso en Sevilla desde hacía diez años.

Cuando estaba fuera, esperando que nos dejaran reincorporarnos a nuestros puestos de trabajo, pensé si no sería otra señal, una más, del fin de los tiempos. Bromeé con ello. Deberíamos estar avisados, deberíamos saber que estamos destruyendo nuestro planeta y permitiendo que mueran nuestros congéneres, por enfermedad, hambre o en conflictos bélicos que provocamos deliberadamente. Todo para que algunos tengan más que la mayoría.

Y, en realidad, somos tan frágiles, que nos asusta una ligera sacudida del suelo que pisamos, se tambalean los muros que construimos para protegernos de la lluvia y el frío, nos duele la cabeza a causa de los temblores naturales de la Tierra... ¿No somos capaces de aceptar nuestra vulnerabilidad y ayudarnos los unos a los otros como es debido, como los animales hacen por instinto con su manada, porque es ley de vida especialmente para un ser supuestamente inteligente como el humano? Parecen retazos de idealismo. Contra el idealismo, temblores.