Una vez más mis hijos se despertarán e irán al salón en busca de los regalos dejados esta noche por los Reyes Magos. No hace mucho que se acabó ese desconocimiento que tenían de la realidad como niños ilusionados, pero perduran la auténtica magia y cierta inocencia. Desenvolverán los paquetes nerviosamente; con algunos se sorprenderán más y con otros menos, pero sumarán una pizca de felicidad a sus sentimientos.
Irene y Angel ya no son unos críos. Han crecido, el tiempo ha pasado también por ellos. Aunque están al principio de sus vidas y deben recorrer una larga carrera, llena de alegrías y pesares. Aun así, están experimentando una etapa difícil que les marcará de alguna manera. Una fase de dudas, titubeos, vacilaciones... Y también decisiones, elecciones y valoraciones.
No es difícil darles apoyo, sea cual sea el camino que escojan, siempre que este les permita construir un mundo mejor para ellos. Lo que más cuesta es ver cómo se hacen mayores, pues eso significa que están labrando su propia carretera vital y se separan paulatinamente de la senda que establecieron sus padres. Eso les hará grandes personas. Irene, la hermana mayor con dotes artísticas y talento innegable para cantar y bailar. Ángel, el chico maduro con gran personalidad que tantas vueltas le da a la cabeza.
No obstante, ambos siempre tendrán algún regalo esperándoles en el salón para recordarles cuánto les queremos, para recordarles que continúan siendo nuestros niños y que les veremos como los pequeños hermanitos de la foto aunque se hagan mayores.


