viernes, 1 de julio de 2005

Viajes: Aventuras en el Pirineo

Hace poco tuve ocasión de vivir una experiencia única junto a algunos amigos. Me pareció desde el principio que era digna de contarse y decidí convertirla en uno de los capítulos de la novela que estoy escribiendo en estos momentos.

El siguiente texto va dedicado a quienes se vieron implicados en el aparatoso accidente haciendo "rafting". He cambiado los nombres de aquellos personajes que se mencionan pero ellos mismos se reconocerán. El desenlace es algo diferente, para darle más dramatismo a la trama del libro. Naturalmente, se aceptan sugerencias que podrían desembocar en nuevas añadiduras.

"Hasta ese instante, todo había sido diversión. Las aguas fluían rápidas y bravas, últimas reminiscencias del deshielo, y el bote de goma, propulsado por la corriente, se revolvía en las crestas como una indefensa cáscara de nuez. A bordo, el monitor del grupo pilotaba desde la popa, marcando el rumbo mediante una pala de canoa que manejaba a modo de timón, y los ocho tripulantes se repartían sentados en ambas bandas, con un remo en las manos. Todos iban embutidos en ajustados trajes de neopreno y llevaban uno de los pies sujeto a las correas de seguridad para evitar zambullidas involuntarias.

La hermosa visión del paisaje les embargaba. La exuberante vegetación poblaba ambas riberas y los árboles que flanqueaban el caudaloso río proyectaban sombra sobre ellos. Había troncos muertos en las orillas, dejados allí por las últimas crecidas. Medraban las matas de florecillas silvestres y su fragancia, combinada con el peculiar olor a humedad del río, impregnaba el aire. En el horizonte, se recortaba el perfil de la sierra, omnipresente.

Aquello no tenía nada que ver con las reuniones de trabajo del día anterior. La dirección del departamento donde Óscar desempeñaba sus funciones había decidido congregar a todo el personal en las estribaciones de los Pirineos leridanos para celebrar una convención. Como parte del evento, se habían programado algunas actividades de ocio. Los más intrépidos se atrevieron con el descenso del río sobre una balsa neumática.

Cuando el curso se apaciguaba después de tramos casi intransitables, plagados de saltos tortuosos por los que se desbordaba, los nueve reían, bromeaban, contaban chistes o desafiaban con sano sarcasmo a los pasajeros de las otras lanchas y les atacaban con la única arma a su alcance, salpicándoles con frías ráfagas de agua para dificultarles el avance. Incluso se habían dado un baño, para saber cómo reaccionar ante una caída, dejándose llevar por la corriente con los pies por delante, o entonaban al unísono la parodia de alguna canción castrense para bogar al mismo ritmo. La navegación estaba resultando muy fácil.

Pero el prudente Óscar, que estaba en la proa con su compañero Alberto, afrontando cada embestida del oleaje que se formaba en los bruscos desniveles, presentía que algo no iba del todo bien. Aunque la experiencia le estaba gustando mucho, las instrucciones del monitor no le llegaban con claridad y le costaba oír su voz a través del ruido que ellos mismos producían con las chanzas y carcajadas. Para colmo, rara vez coordinaban adecuadamente los movimientos y cada cual remaba a su libre albedrío, por lo que las maniobras no se hacían de manera uniforme. A su juicio, el monitor estaba confiando demasiado en el equipo de novatos que formaban y cualquier despiste podía costarles un susto, porque aquel tramo del Noguera Pallaresa era escabroso y las aguas se volvían violentas.


Cuando el monitor atajó la cháchara para advertirles de la presencia de aquella enorme roca en medio del río, unos cincuenta metros más adelante, ya era tarde. La embarcación iba directamente hacia ella, arrastrada por la fuerte corriente, que la zarandeaba sin piedad. La sonrisa aún se dibujaba en los rostros de los ocho amigos, inconscientes del peligro, cuando empezaron a remar aplicando todas sus energías.

-¡Derecha, hacia delante! ¡Izquierda, hacia atrás! –exhortaba el monitor, guiando los movimientos de los remeros mientras brincaban sobre las olas.

Como no se desviaban lo más mínimo de la trayectoria que les llevaba hacia la terrible colisión, redoblaron el esfuerzo, hundiendo las palas y agitándolas con mayor brío. Pero, antes de que se dieran cuenta, habían llegado a la roca. A su izquierda se abría el estrecho paso, el único camino posible, donde las gélidas aguas formaban una cascada. En los flancos, las márgenes eran pedregosas e infranqueables para la embarcación. El monitor acababa de explicarles que aquella zona era la menos apropiada para sufrir una caída. Óscar no quiso preguntarle por qué.

Ni siquiera tuvieron tiempo de intentar orientar el peso de sus cuerpos para mantenerse a flote. El bote chocó a toda velocidad contra la piedra, que se elevaba metro y medio sobre la superficie del torrente. Todos pensaban que el impulso de la corriente les empujaría hacia el salto, abandonando el obstáculo que había interrumpido la carrera. Pero el agua se estrellaba contra ellos con mucha fuerza y la embarcación se montó lentamente por el lado derecho sobre la piedra hasta ponerse casi en vertical sobre el río. Desde su posición en la proa y a estribor, en ese momento sobre la cima de la roca, Óscar, a punto de perder el equilibrio y desplomarse sobre Alberto, veía a éste con el casco que protegía su cabeza sumergido. Hasta entonces, todos aguantaban sin soltarse, pero no recuperaban la estabilidad.

Parecía que las cosas no podían ir peor cuando vieron llegar al grupo siguiente, que se acercaba vertiginosamente para sortear limpiamente el paso. No habían guardado suficiente distancia y ya les era imposible intentar alguna maniobra para esquivarles. En un abrir y cerrar de ojos, pasaron por encima, embistiendo a Alberto y Joaquín, que, por su posición en el bote, se encontraban más expuestos en aquellas dramáticas circunstancias. Ambos perdieron la sujeción y cayeron al agua.

Óscar tuvo tiempo de ver cómo los dos cuerpos reaparecían poco después, en un remolino, dejándose llevar río abajo, pero no podía saber si se habían hecho daño. Esperaba que los trajes de neopreno y los chalecos salvavidas les hubieran sido tan útiles como era predecible. En ese momento, la sacudida hizo volcar al bote que les había adelantado, arrojando a todos sus ocupantes entre chapoteos y algún estridente alarido. Lo que podía haber sido tan sólo un leve incidente se había complicado.

Al volver la atención hacia sus propios compañeros, no encontró al monitor. Éste había conseguido alcanzar la orilla agarrándose a unas ramas e intentaba enderezar la embarcación, pero con seis personas dentro, amedrentadas por lo embarazoso de aquel lance y asidas a la banda de goma para resistir el vaivén y no perder el equilibrio, era imposible. La expresión de extravío en su pálido semblante hacía palpable que estaba atemorizado por la posibilidad de un desenlace nefasto. Agachado, contemplaba pensativo a sus clientes, buscando una solución que garantizara su seguridad. Lamentablemente, lo único que se le ocurrió decir en medio de aquel aprieto fue:

-Esto es lo peor que nos podía haber pasado.

Sus palabras no eran muy alentadoras, aun menos para una panda de ejecutivos extenuados que jamás se la habían visto en una situación más adversa y que acababan de percatarse de que habían perdido a dos miembros del equipo. Se sentían impotentes ante el absurdo de que aquel medio hostil, incontrolable, les hubiera superado. Involuntariamente, alguien soltó una convulsa risotada. Pero, por lo demás, guardaban la calma.

Caer al agua en aquel instante era poner en peligro la vida debido a la posibilidad de golpearse con el lecho rocoso. En ese sentido, el abrumado Óscar se llevaba la peor parte, pues seguía apoyado sobre la gran piedra, sosteniéndose con dificultades de borda a borda en el extremo del bote.

-Nunca me había pasado esto –volvió a intervenir, manifestando en voz alta sus más íntimas cavilaciones y sembrando de nuevo la falta de tranquilidad entre los componentes de su maltrecho grupo-. ¡Bien, atentos! Muy despacio, vais a tratar de abandonar el bote y subir aquí conmigo, con sumo cuidado.

Los segundos que transcurrieron hasta que decidieron intentar el desembarco parecieron prolongarse indefinidamente. Poco a poco, fueron saltando al risco donde les esperaba el instructor y, a medida que perdía peso, el bote se fue moviendo buscando la horizontalidad. Pero, cuando sólo quedaban dos personas a bordo, el que estaba subiendo a tierra en ese momento patinó en el resbaladizo musgo, lo que provocó que la embarcación se moviera intensamente y Óscar se tambaleara. Pablo, que le precedía, se volvió valientemente tratando de ayudarle, pero no pudo hacer nada y, finalmente, ante la mirada desesperada de su amigo, el agua engulló a Óscar.

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