martes, 2 de febrero de 2010

Colaboraciones: Horrible crimen conventual, de Ignacio Pérez González

Hace unos meses, en Amigos literarios, os hablé de la Asociación de Escritores Noveles y de Ignacio Pérez González, ganador con Valle de pámpanos del Primer Premio de Narrativa de AEN de Castilla y León. Fue un encuentro fugaz en el que pudimos intercambiar algunas impresiones y un poco de historia propia. Desde entonces, hemos cruzado varios correos electrónicos, manteniendo el vínculo que comenzó entonces, entre copas y pinchos.

Nacho es vallisoletano, pero reside en Santander. Ahora que he regresado a Sevilla, será más difícil que nuestros caminos se crucen de nuevo. Pero en el mundo de los libros nunca se sabe. Y, gracias a los informáticos y a la NASA, tenemos internet para comunicarnos.

Este artículo es fruto de uno de esos mensajes escritos en la Red. Cuando le pedí uno de sus textos, Nacho respondió inmediatamente enviándome Horrible crimen conventual, este sorprendente minicuento (como él lo ha llamado) que podéis leer a continuación.

El comisario se inclinó sobre el cadáver de la monja para apreciar de cerca los estragos que había hecho en el rostro la piedra ensangrentada que había a su lado. No pudo evitar un gesto de repugnancia al descubrir el amasijo de huesos y carne en que se había transformado la pálida faz de la hermana, cuyo cuerpo yacía en blanca petrificación junto al ala norte del claustro, bajo los capiteles de motivos florales.

Movió la cabeza negativamente, perplejo, casi sin respiración y se volvió hacia el sargento para decir:

—¿Cómo es posible un asesinato así, en este lugar y de esta forma? ¡No lo entiendo! ¿Cuál es el móvil del criminal, eh, qué móvil puede tener el que haya hecho esto, eh? ¿Usted lo sabe?

—Creo que aquí dentro no se puede usar ese tipo de teléfono, comisario —fue la repuesta del sargento, que se encontró con la mirada espantada de su superior, con su boca abierta, con una risa que arrancó despacio para acabar desbordándose en una carcajada inmensa, demencial, que creó ecos por todos los fríos corredores del convento y levantó bandadas de gorriones de los tejados románicos, mientras decenas de ojillos tímidos e inocentes se removían en la oscuridad de las arcadas y se oía el roce de los hábitos al santiguarse una y otra vez.


Ignacio Pérez González