martes, 24 de abril de 2007

Colaboraciones: Malafortuna, de Guillermo Blanco alias William Redspark

No hace mucho que me topé por primera vez con Redspark -así es como lo conocemos en el foro de literatura de ¡¡Ábrete, libro!!-, pero desde el principio atendí a sus apariciones. Poco a poco fue acostumbrándose a dejar sus opiniones por doquier, como casi todos los miembros del foro. Pero se estrenó empezando de la misma forma en que hoy continúa actuando y, probablemente, en que terminará al final de los tiempos: escribiendo (cantando). Casi siempre poemas singulares muy intimistas, que se pueden acompañar de música, a capricho del lector. El arte de escribir le condujo a participar en el II Concurso de Relatos del foro, en el que ha obtenido el premio popular. El relato con el que ha ganado mayoritariamente el favor del público es precisamente éste que sigue:

El hombre observa el barco de madera que le ha regalado su hijo. Lo acaricia. Deja sus dedos recorrer la estructura , resbalando imperceptible por la cera aún húmeda. Acaricia la proa, el mástil, la damajuana y el timón hecho con vara de avellano trenzada.

Lo ha hecho el niño en el colegio. Su trabajo de manuales para este trimestre. Está pulido con cuidado y esmero. Seguro que ese barco navega. Tiene una base bien estructurada. Eslora adecuada y bien medida. El padre mira al barco y al hijo con no disimulado orgullo. Él siente adoración por los barcos. Desde niño han sido su debilidad. Los barcos en los tebeos, en las botellas, en los escaparates. En las películas de piratas y bucaneros. Aquellas películas de Errol Flynn y Tyrone Power. De Douglas Fairbanks, incluso. Una línea de flotación auténtica. Bien ahuecado. Eslora deriva a babor un cuarto de tercio, apenas perceptible.

El hombre ha besado a su hijo y le ha agradecido el regalo.

Después ha seguido fumando y leyendo en su sofá. Está a la mitad de Bomarzo. El libro a ratos se le hace pesado, denso. Hace semanas que ha decidido leerlo muy despacio. Quiere imaginar, visualizar, cada escena que vive Girolamo, cada pensamiento de Maerbale. Fuma un camel tras otro. Aunque a ratos muerde regaliz y tiene una raíz seca de genciana en el chaleco. A veces se la mete en la boca durante horas. Chupa la amarga raíz interminable que casi le anestesia el paladar y le limpia el estómago.

Ha terminado un capítulo. Piensa que dejará para otro momento el capítulo de Pedro de Mendoza y la Casa del Infantado. Deja el libro en la mesa. Se guarda la raíz de genciana en el bolsillo del chaleco y murmura para sí mismo. He de tapizar esa silla del garaje. Así estará seca de sobra para la cena. Ah y pulirla con aceite. No recuerdo si llegué a comprar cola de madera. Bueno, luego bajaré. Aún hay tiempo.

Y coge el barco.

Lo mira, lo acaricia, está bien pulido. Piensa...

Es agradable al tacto. Tiene una proporción casi perfecta. Duda si levantarse al aparador y coger la cinta métrica. Le gusta medir. Pero, no. No se levanta... Entonces, hace un truco de magia y se vuelve del tamaño de una efímera. Ya saben, efímera, ese insecto que suele vivir unas veinticuatro horas. Se vuelve pequeñín, se mete dentro del barco. No hay nadie cerca.

Y lo recorre desde dentro. De proa a popa y vuelta. Tensa la damajuana y el foque. Se introduce en la bodega. Madera hueca, un espacio dónde el hijo ha colocado unos barriles de playmobil. Este hombre diminuto se siente a gusto con su truco. Está haciendo un viaje de imaginación. Todo el universo del padre está dentro de ese barco. El tiempo se ha detenido fuera. Sólo él sabe que mares u océanos cruza dirigiendo el timón. Sólo él conoce el rumbo que lo lleva atravesando el estrecho de Magallanes.

Al rato, el hijo baja las escaleras, va a beber zumo de naranja a la cocina. Ve su barco en el salón y no ve al padre. Decide jugar un rato. Lo lleva al baño y abre la bañera.

Al cabo, deja el barco en el centro de ese Océano comedido. El padre ve a su hijo como a un gigante. Se ha agarrado al palo mayor. Con ese tamaño, no tiene magia suficiente para gritar. Se siente navegando en una bañera oceánica. El hijo juega, el padre está inquieto. No puede modificar el hechizo. Se siente atrapado. ¿Qué ha sucedido? Un error de cálculo. La contramagia no le viene de vuelta. No puede, en este momento, volver a ser de su tamaño. Qué ironía. Su inquietud aumenta a medida que el volumen de la bañera va subiendo. Percibe la angustia, una angustia similar pero inversa a la que siente Maerbale cuando su padre llega a casa.

Los eventos y el destino hacen el resto. Pasado un rato y después del zumo y unos vaivenes a la proa, el hijo siente que ha jugado bastante. Quita el tapón de la bañera y se sienta en el bidé a ver como se fraguan imaginarias tempestades. El barco a ratos mantiene la flotabilidad. A ratos choca con las esquinas de la bañera. Avanza, se detiene, se voltea de lado. Lo coloca en posición y sigue observando. Luego, cuando piensa que el barco estará muy mojado para devolvérselo al padre, lo saca del agua y lo seca con una toalla. Baja al salón.

Lo coloca de nuevo junto al sofá esperando que el padre lo retome en cuanto regrese. ¿Donde estará mi padre? Se pregunta. Habrá bajado al garaje. En la mesa descansa Bomarzo, el cenicero huele mal. Demasiadas colillas. Qué extraño, mi padre es cuidadoso con eso. Vacía el cenicero a menudo.

El chico deja de hacerse preguntas y sube a su habitación. Le esperan unas ecuaciones de segundo grado y los ejercicios de alemán.

Pero el padre hace minutos que navegó en un vórtice dextrosum por el desagüe.

Sucede que en ocasiones no hay marcha atrás.

2 comentarios:

Guillermo dijo...

Me produce deleite leer mi propio relato en tu Blog, Jangel. Lo noto que adquiere categoría. No olvides que si tu me descubriste en los foros de Abrete Libro, también yo te he descubierto a ti, y a otros/as magnificos foristas. Te felicito por la calidad de lo que voy leyendo, las imágenes que veo. Ahora, despacio, leeré tu "Ladrones de Atlántida". Gracias y un saludo, amigo.

Guillermo Blanco

José Angel Muriel dijo...

Gracias, Guillermo. Espero verte por aquí de vez en cuando.