martes, 29 de abril de 2008

Taller: El microrrelato: La semilla (Ginés S. Cutillas)

La idea es la base para cualquier arte y en éste en concreto lo es todo. Grandes operas se han hecho –y se siguen haciendo- con temas tan gastados como la venganza, los celos o el poder. Argumentos un tanto ajados que le quitan frescura y nos adelantan muchas veces el final. Si vas a contar algo que ya ha sido contado hasta el hartazgo, mejor no lo cuentes, a no ser que consigas darle un aire totalmente nuevo.

La semilla del microrrelato ha de ser genial, espontánea y fresca, que nunca se haya oído nada parecido. Si es así, y sabes aplicar bien unas sencillas reglas, seguro que acabas con un buen texto entre las manos.

Podemos afirmar, en una clasificación muy global, que hay dos tipos de microrrelatos. El que se autoexplica y encierra entre sus palabras un mundo redondo y perfecto, alejado de las dobles interpretaciones que quieren realzar una idea o reivindicar un hecho sin ningún tipo de duda, y el que acepta mil interpretaciones distintas y permite que se escriban sobre él más paráfrasis y disertaciones que el número de palabras del que se compone. Se nos plantea entonces una pregunta de difícil resolución: Si para explicar un microrrelato se necesita más palabras de las que tiene... ¿hemos conseguido entonces un buen texto?

Esta segunda vertiente suele utilizar el método Iceberg que utilizaba Hemingway. Contar sólo una octava parte de la historia y dejar que la mente del lector imagine las otras siete octavas con las imágenes que se han amueblado en sus cabezas.

Es importante tener claro de qué tipo va a ser antes de empezar a escribir.



Nota: Material extraído del artículo Del arte de lo minúsculo: el Microrrelato, de Ginés S. Cutillas.