lunes, 12 de febrero de 2007

Reflexiones de un ególatra: Temblores

De repente, oí un crujido en la pared, a mi espalda, y luego sentí que el escritorio empezaba a vibrar. Puede que el monitor también lo hiciera, porque me sobrevino un ligero mareo a causa del desconcierto que estaba afectando a mi organismo. Miré a mi compañero, sentado a apenas dos metros, pensando que era él quien estaba moviendo las mesas. Pero seguía trabajando, inmune al temblor. Cuando volví la vista a mi pantalla, las vibraciones continuaban. En total, duraron unos diez segundos. Un minuto después alguien anunciaba que se acababa de producir un terremoto y se había sentido hasta en Madrid.

En las últimas plantas de algunos edificios, como Torretriana, ocupado por diversas consejerías de la Junta de Andalucía, los paneles de división y las sillas se desplazaron algunos centímetros. Pero también hubo personas, como mi compañero, que no llegaron a darse cuenta de lo sucedido hasta que se lo contaron. Siguiendo unas normas que nadie conocía -nos falta la costumbre ante este tipo de acontecimientos- todo el personal salió de las oficinas a las calles, algunos con dolor de cabeza producido por el movimiento sísmico. Las avenidas que atraviesan el parque tecnológico de la isla de la Cartuja se llenaron de gente durante más de media hora. Se trataba de una medida de prevención. De hecho, hubo una réplica, pero más suave, imperceptible para nosotros, nada que ver con los 6,1 grados en la escala de Richter que había alcanzado el primer seísmo. Había sido el más fuerte desde febrero de 1969 con epicentro al suoreste del Cabo de San Vicente y el más intenso en Sevilla desde hacía diez años.

Cuando estaba fuera, esperando que nos dejaran reincorporarnos a nuestros puestos de trabajo, pensé si no sería otra señal, una más, del fin de los tiempos. Bromeé con ello. Deberíamos estar avisados, deberíamos saber que estamos destruyendo nuestro planeta y permitiendo que mueran nuestros congéneres, por enfermedad, hambre o en conflictos bélicos que provocamos deliberadamente. Todo para que algunos tengan más que la mayoría.

Y, en realidad, somos tan frágiles, que nos asusta una ligera sacudida del suelo que pisamos, se tambalean los muros que construimos para protegernos de la lluvia y el frío, nos duele la cabeza a causa de los temblores naturales de la Tierra... ¿No somos capaces de aceptar nuestra vulnerabilidad y ayudarnos los unos a los otros como es debido, como los animales hacen por instinto con su manada, porque es ley de vida especialmente para un ser supuestamente inteligente como el humano? Parecen retazos de idealismo. Contra el idealismo, temblores.

1 comentario:

Rafael Eslava dijo...

Hola,
Muy buenas reflexiones Jose Angel, solo queda la esperanza que mientras más personas se den cuenta de ello más vuelvan las riendas de este mundo al pueblo.

Un abrazo ;-)