domingo, 25 de febrero de 2007

Colaboraciones: El talento de Andrew, de Eva Pérez

Eva Pérez es una amiga que conocí gracias a los foros de literatura de ¡¡Ábrete libro!!. Es una chica joven a la que le apasiona la escritura, le encanta inventar historias y tiene una mente muy creativa en la que coexisten mil ideas en ebullición, a punto de materializarse. Cuando lo hacen, nos sorprende con auténticas maravillas, pues tiene la capacidad de contar cuentos. Ha publicado relatos cortos en webs de algunos medios y en diversas revistas. Ahora ha escrito la siguiente narración expresamente para este blog.

La profesora de ciencias se llevaba las manos a la cabeza y profería toda suerte de calificativos peyorativos señalando el examen de Andrew.

-La Escuela de Jóvenes Talentos es una cantera de futuros científicos –argumentaba la profesora-, no hay lugar para conductas desafiantes ni irrespetuosas.

El niño de nueve años no intentaba justificarse, permanecía mudo como los bustos que adornaban el despacho de madera de caoba del director.

Herman S. Weis era un hombre de mediana edad y cabello prematuramente cano. Poseía unos ojos azules de mirada despierta, tan claros como el cielo estival. Era alto y delgado, su cara más bien redonda, y llevaba unas gafas sobre la cabeza que se ponía cada vez que deseaba mirar algo con intensidad.

-¿Y bien? –preguntó al chico-, ¿no tienes nada que decir en tu defensa?

-No pretendía ser irrespetuoso.

La profesora estalló en protestas:

-¡Es la última vez! Se lo habíamos advertido –sus labios temblaban de ira-, tendrá que abandonar el centro.

Herman se levantó de su asiento y paseó la mirada por el despacho como si quisiera escapar del problema al que se enfrentaba. No era la primera vez que traían al chico a su presencia. No era exactamente un pequeño gamberro, en el sentido estricto de la palabra, pues no había cometido actos vandálicos ni contra otros chicos del centro ni contra su personal. El problema era más bien su extraña actitud.

-Está bien –dijo el director mirándole fijamente-, déjeme hablar a solas con el muchacho.

-Prepararé los trámites para su expulsión.

Tras dirigir una última mirada altiva al alumno, la profesora abandonó la estancia.

-Lo siento –dijo Adrew

El director suspiró.

-Vamos a ver –dijo ojeando las respuestas del examen-, ¿puedo preguntarte qué te disgusta tanto de este centro?

El chico permaneció callado unos momentos, tras los cuáles y notando que su interlocutor estaba realmente interesado en la respuesta murmuró:

-Nada.

-Andrew, este examen era sencillo. Análisis sobre las teorías de Einstein y la relatividad, cualquier alumno con menos potencial que tú podría haberlo bordado. ¿Disfrutas sacando de quicio a tus profesores? ¿Es eso?

El chico negó con la cabeza.

-No estoy de acuerdo con la forma de dar clase del centro.

Herman se acercó al chico y agachándose puso una mano en su hombro

-Dime por qué no.

Andrew se encogió de hombros.

-Muy bien –el director se incorporó, y con voz más dura leyó el examen-, según tú puedes demostrar la teoría de la relatividad sin necesidad de fórmulas, ¿no es así? Eso dice tu examen. De acuerdo, demuéstralo. Si lo haces no te expulsaré.

El chico sonrió.

-¿De veras quiere verlo?

-Estoy realmente interesado.

Andrew cogió a Herman de la mano, un gesto de familiaridad que todos en el centro habrían criticado puesto que el contacto se veía como un fenómeno contraproducente para el aprendizaje, e incluso severamente castigado. Los alumnos de la Escuela de Jóvenes Talentos nunca establecían relaciones personales, ni entre ellos ni con los profesores, tan solo se concentraban en estudiar y aprender. Si alguna vez hablaban entre sí de algo, era de las notas y problemas de las clases. El afecto era algo prohibido, propio de los débiles.

Herman salió al patio guiado por el niño, que se detuvo frente al estanque del jardín junto al observatorio y los laboratorios de biogenética.

Señaló el sol que se ponía en el horizonte, derramando su fulgor anaranjado sobre las colinas y la cúpula de la ciudad.

-¿Qué quieres que vea? –preguntó el director.

-Shh, silencio.

Cuando los rayos violetas incidieron sobre el cristal protector de la metrópolis, todo el cielo pareció teñirse de carmesí. Los segundos se dilataron y poco a poco al añil profundo de la noche comenzó a perfilarse tras las primeras estrellas.

-¿Lo ha sentido?

Herman parpadeó confuso. El niño le enseñó su reloj. Solo habían pasado ocho minutos, sin embargo, el silencio y la quietud les habían embargado y durante unos instantes, parecía que no hubiera nada más en el mundo, y que el tiempo se hubiera detenido.

-Relatividad –dijo Andrew.

El director sonrió.

-Ahora fíjese en eso –el niño señaló un diminuto punto brillante sobre la nebulosa Lagón-, aquella estrella, ¿la ve?

Herman asintió.

-Está a más de quince millones de años luz. Llevo años observándola y por su cuadrante está fuera del alcance de los telescopios ordinarios.

-Lo sé –dijo el director-, ¿por eso discutías con el profesor de Astronomía?

El chico negó con la cabeza.

-Hice un trabajo sobre cómo era el sistema de esa estrella. Y el profesor se enfadó. Incluso le puse nombre, Sistema Lamar, y a la estrella la llamé Quirón.

-Recuerdo que se enfadó mucho –contestó el director-, y hasta te llamó blasfemo por burlarte así de la ciencia. Me dijo que te habías inventado un sinfín de tonterías sin ningún fundamente científico. Dijo que eras un mentiroso

-¿Y usted cómo sabe que es mentira? –preguntó Andrew-. Tampoco ha estado allí.

El director guardó silencio mientras estudiaba al muchacho.


Al día siguiente, Andrew seguía asistiendo a sus clases con regularidad, para disgusto de los docentes que no dudaron en presentar una queja ante el director.

-Creía que estaba claro –decía uno de sus profesores-, si volvía a faltar al respeto a sus docentes, se tendría que marchar. Exigimos que cumpla las normas del centro, Herman.

El director se levantó.

-No voy a expulsar a ese muchacho.

-¿Por qué no?

-Síganme.

Los profesores siguieron al director hasta el laboratorio de física de radiofrecuencias, dónde la clase de Andrew hacía prácticas.

-Tú, Elindor -dijo señalando a un alumno-, ¿puedes decirme qué es esto?

Herman cogió uno de los gráficos de la máquina más cercana. El niño al que interrogaba contestó mecánicamente:

-Es un gráfico de oscilaciones de ondas de baja frecuencia hertzianas, director.

-Merekar, ¿puedes decirme que ves aquí? –preguntó Herman señalando a una alumna.

-Es un gráfico de oscilaciones de ondas de baja frecuencia hertzianas, director.

Los profesores le miraban sin comprender. Herman se volvió hacia Andrew.

-Andrew –dijo, suavemente-, ¿puedes decirme qué es esto?

El niño, que se sentaba solo y apartado de sus compañeros, dejó su tarea y se acercó al papel que el director sostenía entre sus manos. Lo contempló pensativo unos momentos, al cabo de los cuales levantó la vista y mirándole a los ojos contestó:

-Música, director.

Los profesores estallaron en protestas.

-Pequeño insolente.

-No sé cómo nos lo han mandado a esta Escuela.

-Debería ser expulsado.

-No, no lo será –dijo Herman-. Porque por muy avanzada que sea nuestra ciencia, por muchas pretensiones que tengamos, sin las cualidades de este niño, carecería de humanidad. Deberíamos aprender todos de él.

FIN