martes, 1 de agosto de 2006

Viajes: Nueva York

Era 4 de julio. Un día festivo, auténticamente estadounidense. Pero nosotros ni nos enteramos, porque llegamos a Nueva York de madrugada.

Salimos esa mañana de Sevilla en AVE hacia Madrid y nos desplazamos al aeropuerto, a la lejana y novísima Terminal 4. Como llegamos con tiempo, los empleados de British Airways nos atendieron con calma y sin prisas. Facturamos nuestra única maleta, una grande y roja de treinta kilos que no pasaba desapercibida. No la recogeríamos hasta llegar a Nueva York, aunque hacíamos transbordo en Londres.

La magnífica conexión aérea de Londres resultó ser más que fastidiosa. ¿Por qué ajustan tanto las conexiones los operadores de paquetes de viajes? Nuestro vuelo desde Madrid se retrasó un poco y estuvimos a punto de perder el vuelo a Nueva York. Tuvimos que correr, mal informados (nadie nos indicó qué debíamos hacer), saltarnos a la torera al vigilante de los arcos detectores para no hacer la larga cola, tomar el primer autobús desde una terminal a otra de Heathrow y seguir corriendo como gamos, con mochilas encima, hacia la puerta de embarque. Afortunadamente, el vuelo a Nueva York salía con retraso y habían avisado de que unos cuantos pasajeros llegábamos tarde.

A continuación, ya a bordo, nos esperaba un vuelo de más de seis horas en el que intentamos dormir, leer y ver alguna de las películas que emitían (las traducciones eran en versión mexicana, pero bueno...).

Llegamos a Nueva York una hora más tarde de lo previsto. Tuvimos que esperar una hora en inmigración hasta que pasamos los controles (sin problemas y ante un simpático agente de inmigración, todo hay que decirlo). Allí es donde te toman las huellas dactilares y te hacen una fotografía. Te fichan completamente.

Pero en la cinta de equipajes no estaba nuestra maleta... ¿Casualidad? ¿Gafe? No, es que cada vez se trabaja peor. Ya no puedes fiarte ni del rigor británico. De hecho, la historia se repetiría a nuestro regreso. Como las conexiones eran tan ajustadas y había que desplazar el equipaje entre terminales en Heathrow, no les daba tiempo a hacerlo y generalmente las maletas se quedaban en Londres, esperando el próximo vuelo. Tanto es así que el personal de tierra nos informó de que nuestra maleta era, en efecto, una de las que se había quedado en Londres. Ya lo sabían.

Salimos a poner la correspondiente reclamación (el llamado Property Irregularity Report) y nos aseguraron que tendríamos la maleta en poco tiempo. ¡Qué ingenuos! Estábamos a tantos kilómetros de Europa...

Lo peor de todo (lo de la maleta, vista nuestra experiencia en Cuba y Berlín, ya casi nos lo esperábamos y llevábamos varias mudas en el equipaje de mano) fue la actitud de la persona que venía a recogernos. El hombre estaba cansado y llevaba varias horas esperando para llevarnos al hotel. Quería marcharse sin esperar a que arreglásemos lo de la maleta. Pero con buenas palabras le convencimos. ¿Qué culpa teníamos nosotros de su espera, de las demoras en los vuelos? Nosotros habíamos pagado aquel desplazamiento a la ciudad y no podía irse.

Hacia la una de la madrugada, después de pasar por calles desiertas (la gente se había recogido tras el día festivo), llegamos al hotel. Y como estaba en la calle 46, pegadito a Times Square, salimos a dar un paseo, entre carteles luminosos, sin apenas tráfico ni viandantes. La primera experiencia fue extraña, incluso algo decepcionante. Nueva York vacía. Su punto más tumultuoso, vacío. Pero locales como el McDonald's o el Starbuck's estaban abiertos, así que tomamos un refrigerio antes de irnos a la cama.

La larga noche se hizo muy corta. Con el cambio de horas y las cabezadas que habíamos echado en el avión en seguida estuvimos despiertos. Vimos Nueva York a las siete de la mañana, y ya estaba llena de transeúntes. De hecho, debido a su situación geográfica, amanecía sobre las cinco y anochecía casi tan tarde como en España, así que los días eran larguísimos. Había que echar bien las persianas por la noche para que el resplandor no molestara mientras dormías.

Por otra parte, el Hotel Paramount estaba muy bien. Las habitaciones eran pequeñas, pero estaban decoradas con mucho encanto, todas de blanco y con un enorme cuadro en la cabecera de la cama representando alguna pintura del genial Vermeer.

Hotel Paramount

El vestíbulo, en cambio, era enorme. Creo que en algún momento fue un teatro o una sala de espectáculos. Y el personal, amabilísimo, nos ayudaba en todo con mucho interés. A esto había que sumar que se encontraba en la calle 46, justo al lado de Times Square. En la siguiente fotografía podéis comprobar que, desde las inmediaciones del hotel, se podía vislumbrar dicho lugar.

Calle 46 junto a Times Square

Como ese día teníamos incluida la visita panorámica por la ciudad en autobús, no nos alejamos mucho del hotel. Paseamos hacia el sur por la Octava Avenida, después de desayunar en un bar típico de la Séptima, y luego volvimos al Hotel Milford Plaza, cercano al nuestro. Allí, justo cuando comenzaba a llover, nos recogía el guía para la excursión, que resultó muy interesante y fundamental para conocer rápidamente la ciudad, ya que recorrimos la Gran Manzana desde el Harlem hasta el Downtown, bajando por la Quinta Avenida.

Durante el trayecto, vimos entre la niebla y bajo la lluvia, entre otras cosas, el Flatiron Building (en la foto) y el Empire State Building y nos asomamos a la bahía desde Battery Park para contemplar la Estatua de la Libertad y la Isla de Ellis.

Flatiron Building

Esa misma mañana tuvimos nuestro primer encuentro con una de las numerosas y simpáticas ardillas que pueblan los parques de Nueva York. Al término de la excursión, decidimos quedarnos en Downtown para pasear por los alrededores de Wall Street, visitar la Trinity Church y su cementerio, la iglesia de San Pablo, la Bowling Green donde reposa el famoso toro de la Bolsa, y la Zona Cero (bajamos tres de las seis plantas de sótano en el sitio donde se levantaban las torres gemelas y donde ya han reabierto una estación de metro que comunica con New Jersey). Comimos en uno de esos famosos Delis que abundan por la ciudad (éste tenía incluso una planta superior con mesas).

Cementerio de Trinity Church

Terminamos la tarde aventurándonos a recorrer el puente de Brooklyn, desde el cual hay vistas maravillosas tanto de Brooklyn como de Manhattan y también del East River y el puente de Manhattan.

Brooklyn Bridge

La caminata por Brooklyn Heights resultó mucho más entretenida de lo que podíamos esperar. Recorrimos esas calles, llenas de mansiones, el centro neurálgico de Brooklyn (si puede llamarse así, pues hay otras zonas residenciales igual de importantes junto a Prospect Park). Si ya nos había llamado la atención TriBeCa (el Triángulo bajo Canal Street, en Manhattan), más nos gustó este tranquilo barrio. Estuvimos mirando precios y una de estas casitas podía costar tan sólo 750.000 dólares. Total, al cambio... Psssh.

Antes de volver en el metro (aquí lo llaman Subway), nos detuvimos a contemplar las vistas desde el Brooklyn Promenade. Pero ya no teníamos fuerzas para acercarnos al River Cafe, junto a los pilares del puente. Eso quedaría como uno de los pretextos para regresar a Nueva York más adelante. Al final del día, ni rastro de la maleta.

Brooklyn Promenade

Los días que siguieron antes de emprender el circuito por Canadá, 6 y 7 de julio, fueron muy intensos. Nos dimos nuestras buenas caminatas por todo Manhattan.

El jueves recorrimos Midtown, empezando por Rockefeller Center, la Quinta Avenida y alrededores. Como seguíamos sin maleta y, por tanto, sin ropa, aprovechamos para ir de compras. Naturalmente, dejamos Cartier, Tiffany's, Prada, etc, para meras visitas. Las compras las hicimos en Levi's. Pero, en general, es muy recomendable dedicar un rato a las tiendas y visitarlas como si fueran museos. Esto ocurre también con Disney y Toys'R'Us (que tiene una noria en funcionamiento dentro).

Atlas de Rockefeller Center frente a la catedral Saint Patrick

En cuanto a edificios, destacaría nuestra primera visión del Chrysler Building, sin duda el más hermoso, y el Citicorp Building, cuya cima es oblicua y cuya base queda soportada por cuatro espectaculares pilares nada más. La arquitectura puesta a prueba.

Park Avenue

Tras visitar la juguetería FAO Schwartz, donde Tom Hanks hizo su baile musical sobre el gigantesco teclado de piano en el suelo (aún hay uno expuesto y utilizable), bajamos por Park Avenue y tomamos el metro hacia el SoHo y Greenwich Village, dos zonas bohemias y muy plácidas por las que es obligatorio pasear... y a las que hay que volver.

Washington Square

Al día siguiente, continuamos en Midtown, pero en lugar de subir hacia el norte, nos dirigimos al sur, hacia el Empire State Building, el Madison Square Garden y Herald Square. Merece la pena seguir bajando hasta Washington Square, donde se levanta el Flatiron Building, y Union Square, donde se instala un mercadillo de verduras, plantas y frutas. Allí cerca encontraréis un restaurante vegetariano muy recomendable, el Zen Palate.

Empire State Building

Volvemos por South Park Avenue, pasando por la Gran Central Terminal, un edificio magnífico y enorme, majestuoso e impresionante. Desde allí, las vistas del Chrysler Building ya son apabullantes.

Chrysler Building

La calle 42 nos lleva hasta la Biblioteca Pública, tan famosa por todas esas películas que la han aprovechado, y un poco más allá, Times Square, de nuevo. Por la tarde nos espera el Museo de Historia Natural, con sus dinosaurios. Es viernes y los viernes la entrada es gratis a partir de las cinco. Bueno, en realidad basta con dar un pequeño donativo. El problema es que sólo tienes tres cuartos de hora para la visita, pero al menos vemos unos cuantos fósiles.

Natural History Museum

Aunque a esas horas ya estaría cerrado, intentamos ir al MET (el Museo Metropolitano) cruzando Central Park. Pero atravesamos las Ramblas, un área boscosa y llena de senderos donde nos extraviamos. Es decir, sabemos a donde vamos, pero todo es tan frondoso y retorcido que resulta imposible llegar al otro flanco (a unos 800 metros) en menos tiempo. Antes de salir del parque, vemos a Alicia con el Conejo Blanco y el Sombrerero Loco.

Alicia en Central Park

Para terminar el día, cogemos un taxi y le decimos que nos deje en el Empire State Building. Aún es de día y queda tiempo para que anochezca. Queremos subir a la cima del rascacielos y ver el atardecer desde arriba. Las vistas desde allí son tan espectaculares de día como de noche. Para no pagar la entrada dos veces, basta con acercarse al ocaso.

Vistas desde el Empire State Building


El 14 de julio, después de varias horas de autobús y tras una semana por Canadá, necesitábamos despejarnos, así que dimos un paseo por Midtown. A la espalda de la Biblioteca Pública está el Bryant Park, unos jardines con mucho encanto desde los que pueden verse entre otros edificios el Bryan Park Hotel, de fachada oscura y ornamentación dorada.

Bryant Park

Nuestra caminata nos lleva hasta veinte calles más abajo (más al sur), donde se encuentra el barrio de Chelsea, lleno de calles arboladas con acacias y casas elegantes que denotan el claro ambiente residencial y pudiente de esta zona. También hay espacio para los artistas, que tienen exposiciones permanentes de sus obras. Uno de estos lugares, antiguamente frecuentado por artistas e intelectuales (como Arthur C. Clarke) es el Chelsea Hotel.

Chelsea Hotel

Nuestros últimos pasos antes de volver al hotel nos conducen hasta el Empire Diner, uno de los restaurantes típicamente estadounidenses más célebres de la ciudad. El exterior es cromado, con una confortable terraza y velador. Pero nos fuimos dentro, para deleitarnos con la suculenta hamburguesa de cordero mientras escuchábamos la música del piano en directo.

Al día siguiente, utilizando el metro, nos desplazamos hasta el SoHo (South of Houston Street), un barrio donde se ha reutilizado muchos almacenes convirtiéndolos en edificios de apartamentos, los conocidos lofts, antes tan rentables y ahora tan caros, como todo lo que se pone de moda y sufre demanda.

Siguiendo hacia el sur, igual que hacía Bruce Willis en su huida en 16 blocks, nos adentramos en Chinatown. Canal Street es una calle llena de gente y comercios donde se vende toda clase de falsificaciones, algunas de calidad, imitando a las grandes marcas: relojes, bolsos, joyas... Algunas compras merecen la pena. Pero el ambiente puramente chino está más al sur, en calles como Mott y Perl.

Perl Street
Perl Street

Todos los rótulos y los carteles aparecen en chino, incluso los de los McDonald's. Hasta Confucio tiene su lugar aquí, en forma de escultura en Chatham Square.

Chatham Square
Chatham Square y Municipal Building detrás

Si vamos hacia el norte, encontramos Little Italy, con restaurantes italianos de excelente calidad, aunque sus dueños son casi siempre chinos. Los chinos se van expandiendo hacia el norte y, de hecho, la comunidad italiana se ha ido desplazando a otros barrios.

Mulberry Street
Mulberry Street, Little Italy

Tras probar uno de estos restaurantes, terminamos subiendo por el Bowery hasta Cooper Square para tomar el metro y descansar un rato en el hotel. Empiezan los días más calurosos de nuestra estancia y el calor junto con la humedad nos fatigan más de lo habitual.

La tarde del sábado volvía a quedar dedicada a los paseos por Midtown. Subimos desde la calle 46, donde estaba el hotel, por la Quinta Avenida, visitando tiendas y almacenes como los de Disney, para recorrer el sur de Central Park. Es recomendable visitar este parque en su totalidad, aunque sea a trozos, como hicimos nosotros.

Teníamos clara nuestra excursión del domingo, pero nos salió mal porque casi todos los turistas opinaban como nosotros y las colas para entrar en la iglesia baptista más visitada de Harlem nos impidieron entrar a tiempo para ver los coros y los cánticos durante los oficios. Pero visitar Harlem bien merecía la pena y vimos el ambiente que rodeaba a las iglesias, con mujeres y hombres tan emperifollados.

Harlem
Teatro Apollo en la calle 126, Harlem

Emprendimos un paseo hacia el sur, pasando por las calles y avenidas más importantes de Harlem, hasta que paramos en un diner donde servían el típico brunch (breakfast-lunch), un almuerzo rápido. El descanso nos sentó bien y pudimos continuar, volviendo a atravesar Central Park, esta vez por el norte.

Las actividades dominicales en el parque eran típicamente yanquis. Pasamos junto a una piscina rebosante de gente. Cruzamos North Meadow, donde se entrenaban y jugaban al béisbol distintos equipos uniformados. Y llegamos hasta Jackie Onassis Reservoir, un enorme lago cercado con alambrada alrededor del cual suele correr la gente haciendo ejercicio (ha salido en multitud de películas).

North Meadow

A continuación, decidimos ir al sur, hasta Dowtown. Nos apeamos del metro en Wall Street y descubrimos esas calles antiguas donde, entre rascacielos, aún pueden encontrarse algunos edificios bajitos históricos. Durante la semana esta zona zozobra de actividad. En domingo, queda desierta y triste, aunque se puede encontrar algún que otro bar interesante.

Nuestra intención al volver aquí era tomar el transbordador de Staten Island, que es gratis. En una hora se va y se vuelve y las vistas del sur de Manhattan y de Liberty Island son espectaculares. También permite apreciar la envergadura del magnífico puente Verrazzano, que une Queens y Brooklyn con Staten Island.

Downtown
Downtown desde el transbordador a Staten Island


Liberty Island
Liberty Island

Pero lo mejor de la jornada estaba por llegar. Se trataba de una experiencia que recomiendo a todo el mundo: ver Nueva York desde el cielo. Ni cortos ni perezosos nos fuimos al helipuerto de los muelles y contratamos el vuelo de quince minutos. Es una experiencia increíble. Sobre todo si acudes al crepúsculo, cuando el sol dora toda la ciudad.

Vista aérea de Manhattan
Vista aérea de Manhattan desde el helicóptero

Nuestro domingo terminó con una cena en Jekyll & Hyde, un restaurante que es propiedad de Steven Spielberg, ubicado en la Sexta Avenida, cerca de Central Park. Es una especie de parque temático en el que, mientras comes, te sorprenden con actuaciones fantasmagóricas. Resulta simpático, pero no es especialmente llamativo.

Times Square
Luces nocturnas de Times Square

Empezamos el lunes 17 de julio con ganas de emprender una excursión. El metro, después de una hora, nos llevó al sur de Brooklyn, hasta la famosa Coney Island que todos recordaréis por su parque de atracciones. Hay otros dos puntos de supuesto interés.

Coney Island
Coney Island

La amplia playa con el ancho paseo de tablas de madera, en la que pensábamos bañarnos (hacía muchísimo calor) hasta que vimos lo sucio que estaba todo; de hecho, cuando llegamos el personal de emergencias estaba llevando en camilla a una chica que se había cortado el pie con un cristal; cristales rotos había por todas partes.

El otro punto era el Original Nathan's Famous, un restaurante que en su día empezó como un puestecito de perritos calientes que ha prosperado hasta transformarse en una vasta cadena; pero, vamos, que los perritos son salchichas con sabor a salchichas y poco más.

De vuelta a Manhattan hicimos una parada junto a Prospect Park, otro parque de grandes dimensiones, éste en Brooklyn. Aunque se presume de la belleza del mismo en comparación con Central Park, yo prefiero Central Park. Al igual que ocurre en Manhattan, alrededor del parque se han establecido barrios residenciales de lujo, con mansiones elegantes y ostentosas.

Por la tarde, tras un breve paseo por Delancey Street, junto al puente de Williambsburg, descubrimos algunos rincones de Greenwich Village, cuyo ambiente nos sigue llamando la atención. Parte de este inmenso barrio sirve de lugar de esparcimiento y residencia a la comunidad homosexual, que distinguen sus locales con los colores del arco iris.

Terminamos la noche cenando en el Birdland, un club de jazz cercano a nuestro hotel donde disfrutas de buena música y grandes voces mientras tomas tranquilamente un buen plato o una copa.

Como amanece con el mismo calor del lunes, el martes decidimos visitar el MET y seguir haciendo un uso intensivo de los transportes públicos, porque en la calle la humedad es sofocante y apenas caminas unas manzanas ya estás agotado.

MET
Vestíbulo del MET

El Museo Metropolitano de Arte se encuentra en Central Park, en la continuación de la Quinta Avenida (la Milla de los Museos) y por dentro es enorme e inabarcable. Recuerda al Louvre de París. Con la diferencia de que los yanquis, con su habitual petulancia, han comprado y desplazado tesoros de otras tierras (Europa, Asia, etc.) hasta el museo para exhibirlos ante sus visitantes. Así se pueden ver salas y cámaras renacentistas reconstruidas pieza a pieza, templos egipcios como el de Dendur traídos tras la construcción de la presa de Asuán, montones de armaduras de todo tipo... Alucinante.

MET
Patio en el ala de costumbres estadounidenses del MET

Las alas dedicadas a la pintura también son fascinantes, con obras muy importantes en la colección. La única solución es ir viendo lo más importante del museo, pues no da tiempo a detenerse mucho si no quieres pasar la semana entera dentro.

Tras salir del museo, bajamos a Midtown para seguir paseando y cenamos en un restaurante asiático de Broadway, barato y sabroso.

Al día siguiente, el calor ya no era tan insoportable. Pasamos junto al Chrysler Building, camino de los edificios de la ONU. Antes pasamos por Tudor City, un rincón maravilloso, de arquitectura singular y ubicado a nivel superior que la orilla de la Primera Avenida.

Chrysler Building

Cuando llegamos a la ONU ya había concluido el horario de visitas, pero tampoco nos atraía mucho su interior, aún menos en estos días en que debe andar revuelto a causa del conflicto en Líbano.

ONU

En lo que queda de tarde nos animamos a dar otro paseo por Central Park. No nos cansábamos de los paseos por Midtown o cualquier otra zona, pues siempre se descubrían nuevos secretos. Pasamos por el zoológico del parque, donde se celebraba alguna fiesta privada, junto a la piscina de las focas; alimentamos a las dóciles ardillas neoyorquinas, y caminamos hasta el Belvedere Castle, con unas vistas excelentes, y la Aguja de Cleopatra, ese obelisco regalado a Estados Unidos hace décadas por Egipto.

Central Park

La cena fue en Broadway, entre teatros, en un famoso restaurante llamado Ellene's Stardust Diner, donde, mientras cenas, los camareros que sirven a la clientela cantan incesantemente. Todo el ambiente y la música rememora la época de los sesenta, setenta y ochenta.

El último día, jueves 20 de julio, lo dedicamos a compras. Vamos de nuevo hasta Chinatown, paseamos por Little Italy y el SoHo, encontrando tiendas de lo más extrañas, y repetimos almuerzo en un restaurante judío de la calle 47 (el Distrito de los Diamantes). Así íbamos preparando el estómago a la comida mediterránea que tanto nos gusta. A las cuatro de la tarde nos recogían en el hotel y comenzaba el largo regreso a casa, a donde llegaríamos después de volver a perder la maleta (la recuperamos el sábado en Sevilla) y tras más de treinta horas de viaje en total, casi sin dormir. Por eso tardamos una semana en recuperarnos.


Consejos:

Puede resultar un viaje caro. Pero hay que tener en cuenta la duración, las fechas, el hotel elegido (en realidad, el que nos tocó)... Nosotros hemos estado nueve días completos en Nueva York y siete de circuito por Canadá. Nuestro hotel, el Paramount, es uno de los más caros que ofrecía el operador (habíamos elegido el Roosevelt, que está muy bien, pero no había plazas y nos lo dijeron después de confirmar la reserva; sí, así funcionan los mayoristas). Sin embargo, nos encantó el estilo del hotel y, sobre todo, la localización, junto a Times Square. Tenías muchas opciones para divertirte a todas horas, los teatros, multitud de restaurantes, los sitios importantes muy cerca y los dos nudos principales de metro a poca distancia (uno en Times Square y otro en Grand Central Terminal, cerca del Hotel Roosevelt).

Creo que puedes encontrar una estancia de una semana en Nueva York por unos 1500 a 2000 euros por persona. Quizás menos, pero merece la pena un hotel bien situado (luego ganas en tiempo para todo).

En cuanto a los gastos una vez allí, puedo decir que gastamos menos de lo que esperaba. Voy comentando punto por punto:

El dinero.
Sugiero llevar dólares desde España o pagar allí con tarjeta (Mastercard o Visa). Algo de dinero en metálico se necesita de todas formas, para pequeñas compras (helados, puestos callejeros y el regateo en Chinatown, por ejemplo).

En cambio, debe evitarse cambiar dinero allí en un banco. Nosotros tuvimos que cambiar 100 euros y en ningún banco ni oficina de cambio encontramos una cuota que igualara los cambios conseguidos en España o en los pagos con tarjeta. Añado que se puede pagar con tarjeta en casi todas partes y es muy cómodo.

El transporte.
Lo más recomendable es el metro. El taxi no es caro, pero lo relegaría a trayectos pequeños, en particular por el tráfico, que en determinadas horas es intenso. Nosotros bajamos por la Quinta Avenida desde el MET hasta el Empire State Building por unos diez dólares y luego volvimos desde el rascacielos (calle 34) al hotel (calle 46) por unos cinco. Es ideal si tienes prisa o no tienes cerca una boca de metro.

Los autobuses te sirven para enlazar entre bocas de metro o llegar a puntos donde no hay estaciones. Pero también depende del tráfico y hacen muchas paradas. No obstante, son cómodos (salvo si van repletos). Las líneas suelen estar numeradas con el número de la calle que recorren principalmente. Lo mejor es hacerse con un mapa de rutas. Recomiendo coger algún autobús para pasear por zonas que a lo mejor no visitarías a pie o para hacer una especie de "tour" por la ciudad, cambiando de una línea a otra. Se puede hacer transbordo con el mismo "ticket" durante dos horas.

Manhattan es enorme, más grande de lo que parece. Las líneas de metro están muy bien, pero pronto te das cuenta de que no hay suficientes bocas de metro. Es decir, tienes que andar para llegar a ciertos sitios. No obstante, sirven perfectamente para las visitas de un turista. Las líneas se cruzan (casi todas en Midtown, en torno a la calle 42) y te llevan casi tan lejos como quieras (como Coney Island, a una hora de Manhattan). En definitiva, el metro es fundamental para el viajero.

Hay dos posibilidades, en función de lo que se vaya a hacer. Comprar una Metrocard y actualizarla con abonos de seis viajes al precio de cinco, que son diez dólares (atención: los fines de semana no hay descuentos de este tipo; nosotros nos enteramos tarde). Funciona como cualquier bono de transportes, como los que hay en Madrid o Barcelona.

La otra opción es comprar un pase de un día completo. Es unipersonal (no puedes pasarla más de una vez por la misma estación) y vale 7 dólares. Si haces cuatro viajes, ya la has amortizado. Y viene muy bien para no agotarte demasiado andando o si tienes que ir a sitios muy distantes en un mismo día.

La comida.
Nosotros hemos probado casi de todo (con excepción de los restaurantes de lujo). Puedes comer en un restaurante de comida rápida (como los McDonald's), cuyos precios se corresponden con los nuestros.

Puedes comer en un Deli, un sitio de esos que abundan donde compras la comida que quieres echándola en un recipiente y la pagas al peso; algunos Deli's tienen incluso mesas para sentarse tranquilamente. La ventaja es la rapidez, pues comes sobre la marcha, sin esperar a nadie. El inconveniente es que puedes comer por poco más mucho mejor.

La opción más recomendable es buscar un restaurante donde te puedas sentar y, al tiempo que comes, descansar, que siempre viene bien. Hay tanta oferta que no cuesta encontrar uno a buen precio. Dos personas pueden comer en cantidad por, a lo sumo, unos 30 dólares (quizás menos), incluso menos si no se piden bebidas (si no se piden bebidas, por defecto te sirven agua del grifo, y esto lo hace casi todo el mundo).

Están los restaurantes típicos estadounidenses, Steakhouses y Diners (hay algunos que merece la pena visitar, como el Empire Diner en Chelsea y el Stardust de Broadway, en el que cantan los camareros).

También hay buenos restaurantes asiáticos (es mejor buscarlos en Midtown que en Chinatown) e italianos (sin necesidad de ir a Little Italy, aunque en este barrio están muy bien). Y está la comida kosher, la comida judía, muy parecida a la mediterránea. Encontramos un restaurante muy económico y muy bien atendido en la calle 47, entre las joyerías, en el que repetimos de tanto que nos gustó.

Los precios suben en casos como los siguientes:

- Comes en Planet Hollywood (un capricho que suele ascender hasta los 50 dólares más o menos).

- Comes en un lugar con espectáculo (hay entrada a parte o la propina es mayor). Nosotros fuimos al Stardust; los precios de los platos son normales pero la propina era del 18%, superior a lo habitual. También fuimos al Birdland, para escuchar jazz y música en directo; pagabas diez dólares por entrar y tenías que consumir otros diez dólares como mínimo, pero merece la pena. Los artistas son tan buenos que resulta hasta barato. Mientras comes, escuchas a los cantantes el tiempo que quieras.

- Comes en un lugar especial, como el restaurante giratorio de Niágara o el del Marriot de Manhattan. Los precios empiezan a dispararse.

Restaurantes recomendados:

- Zen Palate, vegetariano oriental a buen precio. Había uno en una de las esquinas de Union Square, pero lo han cerrado (qué pena). Los otros dos están en el distrito financiero (104 John Street) y en distrito de los teatros (663 Novena Avenida con Calle 46).

- Birdland, restaurante para cenas musicales, muy americanas y románticas. A unas manzanas de Times Square, en 315 West 44th Street, entre la Octava y la Novena Avenida. No es caro si tienes en cuenta que puedes cenar algo mientras ves actuaciones musicales a la americana.

- Taam Tov, restaurante judío en 41 West 47th Street (Distrito de los Diamantes), en el tramo repleto de joyerías. Comida a buen precio y mediterránea, exquisita. Está escondido entre dos tiendas y se sube a un tercer piso por unas escaleras.

- Empire Diner en 210 Décima Avenida con Calle 22, barrio de Chelsea. Típico restaurante americano. No es barato, pero te sentirás en Estados Unidos y allí probamos la mejor hamburguesa.

- Ellen’s Stardust Dinner, en 1650 Broadway. Mientras cenas, los camareros cantan (la propina es mayor de lo habitual precisamente por eso). Todo un espectáculo.


La propina.
Es casi obligatoria. Te la puedes saltar, pero es una institución y muchos camareros basan su salario en la propina. Más o menos, basta con multiplicar por dos la parte de impuestos que aparezca en el recibo. Hay que mirar siempre las facturas, porque en algunos locales se incluye y no hay que darla a parte. Así que pedid siempre el recibo y miradlo bien. Como ya he comentado antes, hay locales en los que la propina (gratuity) es mayor, posiblemente porque haya algún tipo de actuación.

Otros caprichos.
A quien vaya a Nueva York le recomiendo que ahorre para darse el gustazo de un vuelo en helicóptero sobre Nueva York. El viaje de quince minutos vale en total unos 115 dólares por persona. ¡Merece la pena!

martes, 25 de abril de 2006

I Jornadas de Literatura Fantástica de Dos Hermanas (Sevilla)

¿Te gusta escribir? ¿Lees literatura fantástica, ciencia ficción, terror...? ¿Sí? Entonces, ¿a qué estás esperando para inscribirte en este evento?

Más información en http://www.elautor.com/jornadasDDHH.htm.

Te esperamos.

martes, 10 de enero de 2006

Viajes: Cuba y la otra realidad

Puntualmente, antes de las nueve de la mañana del 1 de enero estábamos en la cola de facturación para nuestro vuelo a Cuba. Allí nos enteramos de que el vuelo se retrasaría dos horas (empezábamos bien) y estuvimos más de dos horas (que pasamos leyendo como pudimos, sentados en las maletas) esperando nuestro turno, porque hasta las once no apareció la persona con la capacidad de poner en funcionamiento la cinta transportadora de equipajes. Vamos, que habían demorado todo dos horas sin avisar a los pasajeros, cuya cola parecía extenderse hasta el infinito. No obstante, el hecho de ser tan puntuales nos supuso una espera mínima (ya digo, más de dos horas). No quiero pensar lo que tuvieron que esperar los últimos de la cola. El resto del tiempo hasta la hora de embarque lo pasamos desayunando, leyendo y de tiendas.

¡Y qué viaje más largo! A pesar de las regulares películas que proyectaron y de la agradable lectura de El juego de Ender, la travesía se hizo interminable: más de diez horas. Cuando llegamos a La Habana, a pesar de que su horario registraba cinco horas menos que en Madrid, ya había caído la noche.

Pero antes de salir al exterior nos llevamos otra sorpresa. Nuestras dos maletas, junto con otras cuatro de otros pasajeros, no aparecieron. Así que de nada servía que hubiéramos distribuido por igual la ropa entre ambas maletas por si una de las dos se perdía. No teníamos ninguna y no podríamos cambiarnos hasta que aparecieran. Para colmo, aún llevábamos ropa de invierno (mi pobre mujer, un jersey de cuello alto porque estaba resfriada). Imaginaos en pleno clima caribeño, así ataviados, sin poder cambiarnos de vestuario. Como habían desaparecido ambas maletas, confiamos a primera instancia en las indicaciones del operador. Según nos indicaron, con toda probabilidad habían sido llevadas al puerto, pues la mayor parte del pasaje iba a participar en un crucero por el Caribe.

Sin maletas, empezamos el viaje hacia nuestro hotel. Pero estaba agotado y ya nada me parecía bonito. La primera impresión de La Habana: oscuridad. Los problemas de energía eléctrica la hacen parecer un monstruo negro por la noche, donde apenas hay alguna farola encendida. Lo segundo, el desamparo. Decenas de personas se apiñaban a ambos lados de las calles y carreteras, esperando algún autobús o algún conductor que se apiadara de ellos y los llevara. Afortunadamente, los cubanos son muy solidarios entre ellos. Cuando vimos en qué consistían sus autobuses, a los que llamaban "camellos", se nos contrajo el corazón. Eran como contenedores ambulantes con agujeros como ventanillas en los que cabían unas cien personas pero se hacinaban más de doscientas. De hecho, hablaban sacando la cabeza por las ventanillas. "No se os ocurra entrar ahí", nos advertiría dos días después un cubano de a pie, "que están tan apretados que las mujeres pueden salir embarazadas".

El desconcierto me llenó al empezar a deambular por las calles de La Habana. Me pareció horrible. No era un ambiente decadente lo que estaba viendo, sino la más triste miseria, en medio de una casi absoluta penumbra, y cientos de edificios que parecían a punto de derrumbarse. En efecto, según los datos de una revista, sólo en La Habana caen sin aviso unos trescientos edificios al año y hay unos ochenta mil en total con riesgo de derrumbe.

Como veis mi llegada a Cuba fue algo descorazonadora. Sólo tenía ganas de volver a casa o de acostarme esperando que el día siguiente fuera mejor. ¡Pero estábamos sin maletas! Si no hubiera sido por el neceser que llevaba mi mujer ni siquiera habríamos podido asearnos en condiciones.

A todo esto, me había llevado un bonito cuaderno comprado en la estación de Santa Justa de Sevilla (en una de esas tiendas Natura), con portadas inspiradas precisamente en La Habana y Cuba. Lo he utilizado como cuaderno de viaje, anotando todo lo que me pareció interesante.

Lo de perder el equipaje no es algo tan inusual, lamentablemente. Después de tantos viajes, tantos vuelos, tantas experiencias ajenas que nos habían contado, alguna vez tenía que tocar. De hecho, no sé si me creeréis, pero, sinceramente, en este viaje tenía el presentimiento de que algo iba a pasarle a nuestro equipaje. Por ese motivo, nos tomamos la molestia de repartir toda la ropa entre las dos maletas (por cierto, son idénticas salvo por el color, una roja y la otra granate). Cuando digo toda es toda: una camiseta mía aquí y otrá allá, unos calcetines de Mª Carmen aquí y otros allá, un pantalón de ella aquí y otro acullá... Los que me conocen bien, saben que no exagero. Soy extremadamente previsor y precavido. Pero, al contrario de lo que nos cuentan en las películas, esta "cualidad" no es infalible. El azar siempre juega en nuestra contra y es más poderoso. Por eso me fastidió doblemente que se perdieran simultáneamente ambas maletas, a pesar de mi intuición al respecto.

Pero no quiero alargar la angustia. La guía del operador que nos atendió la primera mañana nos confirmó que todas las semanas ocurría esto y se llevaban maletas de más al crucero, algo que venía sucediendo para su desazón desde hacía más de un año (otro punto menos para el operador). Sin embargo, esto nos tranquilizaba porque era muy posible que, en efecto, ambas maletas estuvieran esperando dueño en el puerto de La Habana. El crucero zarpaba esa noche, a las nueve. Como la guía no localizaba al responsable del operador en el barco (tenía el móvil desconectado), nos sugirió con franqueza que fuéramos nosotros mismos a la puerta de la terminal portuaria a recoger las maletas y llevarlas al hotel, pasando factura luego a quien correspondiera. Es lo primero que hicimos. Una vez en La Habana, nos dirigimos a la terminal, donde estaba fondeado el único buque de pasajeros de toda la ciudad (el de nuestro operador de viajes), y buscamos al responsable que, según nos dijeron, ya estaba llevando las maletas perdidas a sus propietarios. Horas más tarde, hablaríamos con él para corroborar que nuestras maletas estaban entre las que iba repartiendo.

De todas formas, el día había amanecido luminoso y el hotel era tan confortable que olvidabas los problemas. Desayunamos abundantemente y, tras hablar con la guía, tomamos el primer autobús al centro. Este hotel, el Meliá Habana, se encuentra en el barrio de Miramar, uno de los más lujosos -si puede decirse así-, bastante distante del casco histórico. Pero desde hace poco han puesto a disposición gratuita de los clientes una lanzadera que conecta el hotel con la ciudad durante casi todo el día. Es una ventaja, porque ahorras mucho dinero en taxis, el único medio de transporte alternativo.

Una vez en la ciudad, comprobé que lo que había visto por la noche era cierto. La Habana estaba que se caía a trozos... Pero, con la luz del sol, todo tomaba otro color. La gente, los mercadillos, daban vida a La Habana.

Desde la Plaza de San Francisco, donde se encontraba la terminal portuaria, emprendimos la marcha por la calle Brasil hacia el Capitolio. Tal como veis en la foto, se aprecia la extrema pobreza de la ciudad. Esta larga calle, por ejemplo, era principal, pero se apartaba tan sólo una manzana (una cuadra, dicen en América) de los itinerarios turísticos. Por la noche, al contrario que ocurría con la iluminada calle Obispo, la Brasil aparecía tan oscura como la boca del lobo.


Lo más caro de Cuba son las entradas para visitar los museos y monumentos, está claro por qué. Sin embargo, nos pareció que entrar en el Capitolio bien merecía la pena. Así lo hicimos. Se trata, seguramente, de uno de los edificios más ostentosos de La Habana. Vimos la cámara de las cortes, utilizada sólo para actos académicos hoy en día, el lujoso salón Simón Bolívar, la rotonda bajo la cúpula en cuyo centro un diamante hace de punto cero para todas las carreteras cubanas...


Y, al salir del Capitolio, el mundo real. Edificios despintados, con fachadas desconchadas, andamios por doquier, coches de los años cincuenta, algunos muy cuidados y otros oxidados, y -prestad especial atención al gran vehículo de color morado y rosa en la foto- enormes "camellos" transportando gente amontonada.


Desde las escalinatas del Capitolio

Aparte de la amabilidad de los cubanos, siempre risueños y dispuestos a ayudarte, me sorprendió ver que había papelerías y librerías, muy sencillas pero bien dotadas. En cambio, en los supermercados había grandes carencias. Por ejemplo, los artículos de perfumería escaseaban y siempre estaban vigilados por un dependiente, como también pasaba con la leche y otros productos.

Para que lo entendáis, los habitantes tienen cartillas de racionamiento para abastecerse de los productos básicos (poca cantidad de todo: huevos, aceite, arroz, frijoles, carne de puerco) y cobran su sueldo en pesos cubanos, pero casi todo se vende en pesos convertibles (CUC). Cada CUC equivale a 24 pesos cubanos. Si un cubano necesita un bote de champú, tiene que ir al banco para conseguir CUC y luego ir a la tienda. Si tiene suerte y hay algún bote a la venta, se lo llevará a casa. Pero le habrá costado un pastón. ¡Tienen que ahorrar para comprar algo tan elemental como un bote de champú!

Sin embargo, no hay un solo cubano con el que tropieces que no huela bien; todos llevan algún tipo de fragancia que esconde su pobreza y aumenta su dignidad. Puede parecer petulante por mi parte este comentario, pero es que en otros países como Egipto, injustificadamente, los lugareños no eran muy dados a acicalarse. En Cuba hacen todo lo posible por tener buen aspecto.

Continuamos el paseo hacia el casco antiguo de nuevo, para conocer la Plaza de la Catedral, monumento que me pareció más pequeño de lo que esperaba, pero, en cambio, más hermoso. A pesar de nuestros repetidos intentos, no conseguimos visitar su interior.


Plaza de la Catedral

Muy cerca, se encuentra uno de los rincones más visitados y afamados, La Bodeguita del Medio, donde puedes probar los más conocidos mojitos -cóctel de ron, cómo no, con limón- y saborear la rica cocina criolla y cubana. A pesar de que los precios eran altos, en comparación con otros establecimientos, recomiendo probar. Nosotros cenamos, pero sólo tuvimos que pedir un plato principal para dos, porque ponen mucha cantidad.


La Bodeguita del Medio

Y al atardecer, el malecón, tantas veces mencionado por poetas y novelistas. Impresiona este paseo de nueve kilómetros que bordea toda la ciudad, la cual alberga a unos dos millones y medio de personas. Pero he de decir que es mucho más encantador el paisaje de Cádiz, ése que dicen que fielmente recuerda al Malecón habanero y así se muestra en la última película del agente 007, por ejemplo.


El Malecón

Antes de la cena en la Bodequita del Medio, hicimos parada en el Floridita, otro establecimiento digno de una visita, particularmente por la noche. Tal como reza el anuncio de neón, allí pueden tomarse los mejores daiquirís. Doy fe de ello.


El Floridita

Nuestra parada en el Floridita sirvió para relajarnos al son de la música (en todas partes encontrarás una pequeña orquesta cantando buenas canciones, todos son unos artistas) y con el sabor del cóctel. Era de agradecer después del duro paseo por las oscuras calles de La Habana. Para volver a la Habana Vieja no tomamos por el Malecón, sino por las calles del interior y los silbidos de los chiquillos haciéndose señales al acecho de los turistas nos inquietaron. Vuelvo a ser fiel a la realidad, pues un ciudadano al que preguntamos para orientarnos nos advirtió por qué calles tomar para eludir la alta delincuencia. Puedo decir que finalmente, siguiendo la dirección de las calles más transitadas, aunque fueran oscuras, nada nos sucedió y pronto volvimos a la multitud.

Antes de abandonar el Floridita, le pedí al buen señor Hemingway que me permitiera posar con él como recuerdo.


Tras el recorrido casi completo del día anterior, dedicamos nuestra segunda jornada de estancia en La Habana a pasear tranquilamente, volver a los mismos rincones y hacer algunas compras en los mercadillos, pues las habíamos pospuesto hasta el último día.

Ignorando las tres o cuatro calles restauradas para uso y disfrute del turista y la hostelería principal, todas las calles de La Habana son como tan pintorescas como ésta o se encuentran aún en peor estado. Y ves viviendas que están, literalmente, a punto de desmoronarse. Lo extraño es ver dentro a gente moviéndose, luces encendidas... Viven en gigantes de barro que caerán demolidos por el paso del tiempo o por la furia de algún huracán, como suele suceder.


Por la zona turística, encuentras un sinfín de cocheros que te ofrecen un paseo en coche de caballos (no entendíamos el placer de esta actividad, porque ya era bastante desolador recorrer a pie esas calles de desahucio) y algún que otro personaje singular, como las mujeres con sus trajes típicos y un gran puro entre los labios. En la foto veis a dos turistas dejándose engatusar por una enorme negra que les lee el destino en las cartas.


Y tras estos rostros sonrientes, esta gente que intenta sobrevivir a costa del turista con descaro pero con cordialidad, se encuentra la realidad. Se te acerca alguien mientras caminas y se intenta enganchar mediante la amena conversación para sonsacarte y pedirte que le compres tabaco, camisetas, ron, lo que sea, pero en el mercado negro, claro. Tú dices que no educadamente y, por lo general, se despiden cortésmente y te dejan continuar. Pero siempre hay algún tenaz que insiste e insiste hasta que tiene que rebajarse (no les gusta admitir que piden limosna) y rogarte que, si no vas a comprar nada, al menos les ayudes a conseguir algún artículo de primera necesidad. Nosotros le compramos a una pareja joven los tres últimos litros de leche que quedaban en un supermercado.

Hacemos nuestras compras. Algún que otro libro en la Plaza de Armas, donde diariamente ponen a la venta libros viejos (hay de todo pero se necesita tiempo para determinar qué es valioso y qué no). Una preciosa pintura a un anciano artista de nombre Norberto Machado; en España ese cuadro nos hubiera costado seis veces más por lo menos. Y algún que otro recuerdo artesanal en el mercadillo de la Catedral.

Por la tarde, nos encontramos casualmente con un particular que conduce su propio carro (a éstos les apodaban "Dinios"), al que habíamos conocido el día anterior. Llegamos a un acuerdo y nos lleva a hacer una breve visita por el otro lado de la bahía, para ver el Castillo del Morro y el Cristo de La Habana. Todo esto es ilegal, pero para nosotros este muchacho se convierte en amigo y le estamos haciendo un favor, tanto como él a nosotros. A los taxistas no les faltan clientes.

El día termina y empieza otro que implica el traslado a Varadero. En el camino, observamos atentamente el paisaje, que es fantástico. La selva, salpicada de numerosos ejemplares de Palma Real, el árbol nacional.


El paisaje cubano

Hay muchas más anécdotas, que seguramente convertiré en pasajes de algún relato, porque merecen la pena. Tengo cuarenta páginas dedicadas a este viaje en ese cuaderno que compré para tal fin. He decidido que, a partir de ahora, este cuaderno me acompañará allá donde vaya. Creo que es síntoma de que me estoy tomando verdaderamenrte en serio esto de ser escritor.

Pero, antes de despedirme, os quiero hablar de Varadero. No es más que una población pequeña, dedicada al turismo. Los hoteles se ubican uno tras otro a lo largo de esta península con espléndidas playas de arena fina y blanca y aguas templadas. Algunas cadenas, como la Meliá donde nos hospedamos, están amenazadas por los Estados Unidos según nos cuentan; les exigen que abandonen Cuba y ellos les dicen que no se metan en sus negocios. En nuestro hotel hay buenas instalaciones y la comida es estupenda, aunque hasta aquí, a estos niveles tan altos, se notan las carencias. Por ejemplo, en ningún sitio hay yogures. Y un día, no ha sido posible proveerse de suficiente pan: está duro. Pero lo consientes, porque te adaptas al medio. Y disfrutas con el sol caribeño, incluso con las nubes caribeñas que te fastidian un día de playa.


Playa de Varadero

Cuando montamos en un catamarán (teníamos acceso a media hora en un velero por ser clientes del hotel), me doy cuenta de por qué no dejan pasar a estas playas a los cubanos. Hay barcos. ¿Y qué hacen los cubanos con los barcos? Volar.

Nota: Si viajais a Cuba, hacedlo con euros en metálico. Los dólares están sometido a un 20% de retenciones por impuestos en el cambio. Y el uso de tarjetas de crédito o débito a un 12%, sean cuales sean. De eso no advierten las agencias de viaje. De hecho, el catálogo de nuestro operador queda completamente anticuado en ese sentido. A propósito de esto, evitad viajar con Pullmantur. A nosotros nos ha ido bien después de todo, pero estamos descontentos con ellos.

lunes, 2 de enero de 2006

La biblioteca: Recuento de libros leídos en 2005

Además de presentar la relación parcial de libros que he leído durante el año 2005, los he clasificado para dar mi impresión general de los mismos. Para ello utilizo la siguiente notación:

Muy recomendable, imprescindible = *****
Excelente, recomendable = ****
Me ha gustado = ***
Me quedé como estaba = **
No me ha gustado nada = *

1 ) La hija de los faraones, de Emilio Salgari ***
2 ) Matar para vivir, de Alfonso Rojo **
3 ) Relatos de lo inesperado, de Roald Dahl *****
4 ) 84 Charing Cross Road, de Helene Hanff ****
5 ) El amor de Erika Ewald, de Stefan Zweig ***
6 ) Martes con mi viejo profesor, de Mitch Albom ***
7 ) Carta de una desconocida, de Stefan Zweig *****
8 ) Novela de ajedrez, de Stefan Zweig *****
9 ) La vida en minúscula, de Alfred Polgar ***
10 ) Tokio Blues, de Haruki Murakami ****
11 ) Veinticuatro horas en la vida de una mujer, de Stefan Zweig ****
12 ) Ardiente secreto, de Stefan Zweig ***
13 ) Cómeme, de Linda Jaivin *
14 ) La noche del oráculo, de Paul Auster *****
15 ) ¡Ánimo, Wilt!, de Tom Sharpe *
16 ) Invierno en Mallorca, de George Sand ***
17 ) El curioso incidente del perro a medianoche, de Mark Haddon ****
18 ) El olor de las especias, de Alfonso Mateo-Sagasta ***
19 ) El resurgir de la Atlántida, de Thomas Greanias *
20 ) La piel fría, de Albert Sánchez Piñol ***
21 ) El guardián entre el centeno, de J. D. Salinger ****
22 ) La mujer de vapor, de Carlos Ruiz Zafón ***
23 ) La educación del estoico, de Fernando Pessoa ***
24 ) Plaza de España, de Francisco Correal ***
25 ) El retrato de Dorian Gray, de Oscar Wilde ****
26 ) La insoportable levedad del ser, de Milan Kundera ****
27 ) El carillón, de Charles Dickens ***
28 ) El viejo y el mar, de Ernest Hemingway ****
29 ) Las nieves del Kilimanjaro, de Ernest Hemingway ***
30 ) Spiritus, de Ismail Kadaré ***
31 ) El corazón delator, de Edgar Allan Poe ***
32 ) La obra maestra desconocida, de Honoré de Balzac ***
33 ) Canción de Navidad, de Charles Dickens ****
34 ) El elixir de larga vida , de Honoré de Balzac ***
35 ) Balzac y la joven costurera china, de Dai Sijie ***

lunes, 10 de octubre de 2005

Ladrones de Atlántida: Presentación en Madrid

El próximo viernes 17 de febrero, a las 19:30, se presentará la novela en la Casa del Libro (Gran Vía, 29). Intervendrá como presentador D. José Luis Rodríguez Villasante, Director del Centro de Estudios Humanitarios de la Cruz Roja Española.

¡Os espero, amigos!

viernes, 1 de julio de 2005

Viajes: Aventuras en el Pirineo

Hace poco tuve ocasión de vivir una experiencia única junto a algunos amigos. Me pareció desde el principio que era digna de contarse y decidí convertirla en uno de los capítulos de la novela que estoy escribiendo en estos momentos.

El siguiente texto va dedicado a quienes se vieron implicados en el aparatoso accidente haciendo "rafting". He cambiado los nombres de aquellos personajes que se mencionan pero ellos mismos se reconocerán. El desenlace es algo diferente, para darle más dramatismo a la trama del libro. Naturalmente, se aceptan sugerencias que podrían desembocar en nuevas añadiduras.

"Hasta ese instante, todo había sido diversión. Las aguas fluían rápidas y bravas, últimas reminiscencias del deshielo, y el bote de goma, propulsado por la corriente, se revolvía en las crestas como una indefensa cáscara de nuez. A bordo, el monitor del grupo pilotaba desde la popa, marcando el rumbo mediante una pala de canoa que manejaba a modo de timón, y los ocho tripulantes se repartían sentados en ambas bandas, con un remo en las manos. Todos iban embutidos en ajustados trajes de neopreno y llevaban uno de los pies sujeto a las correas de seguridad para evitar zambullidas involuntarias.

La hermosa visión del paisaje les embargaba. La exuberante vegetación poblaba ambas riberas y los árboles que flanqueaban el caudaloso río proyectaban sombra sobre ellos. Había troncos muertos en las orillas, dejados allí por las últimas crecidas. Medraban las matas de florecillas silvestres y su fragancia, combinada con el peculiar olor a humedad del río, impregnaba el aire. En el horizonte, se recortaba el perfil de la sierra, omnipresente.

Aquello no tenía nada que ver con las reuniones de trabajo del día anterior. La dirección del departamento donde Óscar desempeñaba sus funciones había decidido congregar a todo el personal en las estribaciones de los Pirineos leridanos para celebrar una convención. Como parte del evento, se habían programado algunas actividades de ocio. Los más intrépidos se atrevieron con el descenso del río sobre una balsa neumática.

Cuando el curso se apaciguaba después de tramos casi intransitables, plagados de saltos tortuosos por los que se desbordaba, los nueve reían, bromeaban, contaban chistes o desafiaban con sano sarcasmo a los pasajeros de las otras lanchas y les atacaban con la única arma a su alcance, salpicándoles con frías ráfagas de agua para dificultarles el avance. Incluso se habían dado un baño, para saber cómo reaccionar ante una caída, dejándose llevar por la corriente con los pies por delante, o entonaban al unísono la parodia de alguna canción castrense para bogar al mismo ritmo. La navegación estaba resultando muy fácil.

Pero el prudente Óscar, que estaba en la proa con su compañero Alberto, afrontando cada embestida del oleaje que se formaba en los bruscos desniveles, presentía que algo no iba del todo bien. Aunque la experiencia le estaba gustando mucho, las instrucciones del monitor no le llegaban con claridad y le costaba oír su voz a través del ruido que ellos mismos producían con las chanzas y carcajadas. Para colmo, rara vez coordinaban adecuadamente los movimientos y cada cual remaba a su libre albedrío, por lo que las maniobras no se hacían de manera uniforme. A su juicio, el monitor estaba confiando demasiado en el equipo de novatos que formaban y cualquier despiste podía costarles un susto, porque aquel tramo del Noguera Pallaresa era escabroso y las aguas se volvían violentas.


Cuando el monitor atajó la cháchara para advertirles de la presencia de aquella enorme roca en medio del río, unos cincuenta metros más adelante, ya era tarde. La embarcación iba directamente hacia ella, arrastrada por la fuerte corriente, que la zarandeaba sin piedad. La sonrisa aún se dibujaba en los rostros de los ocho amigos, inconscientes del peligro, cuando empezaron a remar aplicando todas sus energías.

-¡Derecha, hacia delante! ¡Izquierda, hacia atrás! –exhortaba el monitor, guiando los movimientos de los remeros mientras brincaban sobre las olas.

Como no se desviaban lo más mínimo de la trayectoria que les llevaba hacia la terrible colisión, redoblaron el esfuerzo, hundiendo las palas y agitándolas con mayor brío. Pero, antes de que se dieran cuenta, habían llegado a la roca. A su izquierda se abría el estrecho paso, el único camino posible, donde las gélidas aguas formaban una cascada. En los flancos, las márgenes eran pedregosas e infranqueables para la embarcación. El monitor acababa de explicarles que aquella zona era la menos apropiada para sufrir una caída. Óscar no quiso preguntarle por qué.

Ni siquiera tuvieron tiempo de intentar orientar el peso de sus cuerpos para mantenerse a flote. El bote chocó a toda velocidad contra la piedra, que se elevaba metro y medio sobre la superficie del torrente. Todos pensaban que el impulso de la corriente les empujaría hacia el salto, abandonando el obstáculo que había interrumpido la carrera. Pero el agua se estrellaba contra ellos con mucha fuerza y la embarcación se montó lentamente por el lado derecho sobre la piedra hasta ponerse casi en vertical sobre el río. Desde su posición en la proa y a estribor, en ese momento sobre la cima de la roca, Óscar, a punto de perder el equilibrio y desplomarse sobre Alberto, veía a éste con el casco que protegía su cabeza sumergido. Hasta entonces, todos aguantaban sin soltarse, pero no recuperaban la estabilidad.

Parecía que las cosas no podían ir peor cuando vieron llegar al grupo siguiente, que se acercaba vertiginosamente para sortear limpiamente el paso. No habían guardado suficiente distancia y ya les era imposible intentar alguna maniobra para esquivarles. En un abrir y cerrar de ojos, pasaron por encima, embistiendo a Alberto y Joaquín, que, por su posición en el bote, se encontraban más expuestos en aquellas dramáticas circunstancias. Ambos perdieron la sujeción y cayeron al agua.

Óscar tuvo tiempo de ver cómo los dos cuerpos reaparecían poco después, en un remolino, dejándose llevar río abajo, pero no podía saber si se habían hecho daño. Esperaba que los trajes de neopreno y los chalecos salvavidas les hubieran sido tan útiles como era predecible. En ese momento, la sacudida hizo volcar al bote que les había adelantado, arrojando a todos sus ocupantes entre chapoteos y algún estridente alarido. Lo que podía haber sido tan sólo un leve incidente se había complicado.

Al volver la atención hacia sus propios compañeros, no encontró al monitor. Éste había conseguido alcanzar la orilla agarrándose a unas ramas e intentaba enderezar la embarcación, pero con seis personas dentro, amedrentadas por lo embarazoso de aquel lance y asidas a la banda de goma para resistir el vaivén y no perder el equilibrio, era imposible. La expresión de extravío en su pálido semblante hacía palpable que estaba atemorizado por la posibilidad de un desenlace nefasto. Agachado, contemplaba pensativo a sus clientes, buscando una solución que garantizara su seguridad. Lamentablemente, lo único que se le ocurrió decir en medio de aquel aprieto fue:

-Esto es lo peor que nos podía haber pasado.

Sus palabras no eran muy alentadoras, aun menos para una panda de ejecutivos extenuados que jamás se la habían visto en una situación más adversa y que acababan de percatarse de que habían perdido a dos miembros del equipo. Se sentían impotentes ante el absurdo de que aquel medio hostil, incontrolable, les hubiera superado. Involuntariamente, alguien soltó una convulsa risotada. Pero, por lo demás, guardaban la calma.

Caer al agua en aquel instante era poner en peligro la vida debido a la posibilidad de golpearse con el lecho rocoso. En ese sentido, el abrumado Óscar se llevaba la peor parte, pues seguía apoyado sobre la gran piedra, sosteniéndose con dificultades de borda a borda en el extremo del bote.

-Nunca me había pasado esto –volvió a intervenir, manifestando en voz alta sus más íntimas cavilaciones y sembrando de nuevo la falta de tranquilidad entre los componentes de su maltrecho grupo-. ¡Bien, atentos! Muy despacio, vais a tratar de abandonar el bote y subir aquí conmigo, con sumo cuidado.

Los segundos que transcurrieron hasta que decidieron intentar el desembarco parecieron prolongarse indefinidamente. Poco a poco, fueron saltando al risco donde les esperaba el instructor y, a medida que perdía peso, el bote se fue moviendo buscando la horizontalidad. Pero, cuando sólo quedaban dos personas a bordo, el que estaba subiendo a tierra en ese momento patinó en el resbaladizo musgo, lo que provocó que la embarcación se moviera intensamente y Óscar se tambaleara. Pablo, que le precedía, se volvió valientemente tratando de ayudarle, pero no pudo hacer nada y, finalmente, ante la mirada desesperada de su amigo, el agua engulló a Óscar.

viernes, 24 de junio de 2005

Ladrones de Atlántida: Éxito en las primeras presentaciones

Las dos presentaciones realizadas, una en la Biblioteca Pública Municipal de Dos Hermanas el lunes 20 de junio y otra en "Casa del Libro" de Sevilla el martes 21 de junio, han resultando un rotundo éxito debido, sobre todo, a la extraordinaria acogida por parte del público y a la atención y el interés puesto por él. En ambos sitios se agotaron los ejemplares superando las expectativas y las cifras habituales.

El libro, tal como manifiestan quienes lo están leyendo, comentándolo públicamente en reuniones y presentaciones, está gustando mucho. También se demuestra que el título de la novela es muy llamativo. Además el tema atrae al lector. Atlántida sigue de moda.

En Sevilla, realizó la introducción el afamado escritor y periodista Francisco Correal, de forma muy amena y con mucho humor, manifestando haber disfrutado con la lectura. Cabe destacar que el presentador y el autor no se conocían en persona hasta que se sentaron a la mesa, frente al público, antes de la presentación. Es decir, que Correal fue, después de todo, muy objetivo.

Presentando el libro con Francisco Correal
Presentando la novela en Sevilla con Francisco Correal

Es importante señalar también que la difusión prosigue y los medios hacen eco del libro. He aquí la noticia en el Diario de Sevilla.

Debido a este éxito, se está organizando una firma en septiembre en "Casa del Libro", para que aquellos que no consiguieron su ejemplar puedan hacer que el autor se lo dedique, y otra presentación en Córdoba.

viernes, 3 de junio de 2005

Ladrones de Atlántida a la venta

Ya puedes encontrar en tu librería habitual la novela Ladrones de Atlántida, de José Angel Muriel González.

Texto de contraportada del libro: Cuando el joven egipcio Weni Imhotep desembarca en Manu, una isla legendaria en medio del Océano Atlántico, sólo es capaz de imaginar maravillas acerca de la civilización que la habita. No puede adivinar entonces las tribulaciones que tendrá que afrontar durante su accidentada estancia. Las circunstancias harán que finalmente, por gratitud y por amistad, se alíe con un singular grupo de ladrones. Al llegar, le embarga el entusiasmo por conocer la cultura nativa y disfrutar del esplendor y el bienestar que reinan en aquellas tierras, pero no tardará en vislumbrar su decadencia y en percatarse de que, como él mismo dice, "en todas partes crece la hierba de la controversia y medra la podredumbre". Incluso en la Atlántida.

En su primera novela, José Angel Muriel recupera el género de aventuras sumergiéndose en el mundo misterioso que pudo ser la Atlántida. La obra la sitúa en el contexto histórico de los primeros faraones de Egipto y plantea qué habría ocurrido si hace cinco mil años la hubieran visitado habitualmente expediciones comerciales del país del Nilo. De este modo, sobre una base documentada, surgen descarados retazos de fantasía donde se mezclan la mítica Atlántida de la que nos habló Platón en sus célebres Diálogos, los conflictos que quebraron la armonía que le daba fama y las repercusiones directas de todo esto sobre Egipto y el resto del mundo

Más información en la web oficial.

jueves, 14 de abril de 2005

Foros de literatura

Os recomiendo dos foros donde se puede hablar de todo tipo de literatura e intercambiar tu opinión sobre libros clásicos o de actualidad. Se trata de:

Inforol
y
Abretelibro