martes, 20 de mayo de 2014

Reflexiones de un ser mundano: De viaje, entre nostalgias y sucesos

Ayer volví a sentir esa temible nostalgia que siempre sobreviene cuando me alejo de mi familia y sé que voy a pasar unos días apartado de ellos. Cómo los echo de menos y añoro los felices momentos del fin de semana. Solo será hasta el jueves, probablemente, pero dependo tanto de poder verlos, de su contacto y su cariño…

Conducía solo por la autopista A6 portuguesa, en dirección a Lisboa, desde Badajoz, e iba escuchando música para distraerme, mientras mi mente maquinaba la solución a alguna tarea pendiente, lo que me mantenía lo suficientemente ocupado para no pensar constantemente en las caritas de mis hijos y en la sonrisa de mi mujer. Estaba atardeciendo y el sol se escondía parcialmente entre las nubes que avecinaban la lluvia que llegó más tarde.

Entonces, ocurrieron dos cosas que me llamaron poderosamente la atención. Primero, un delgado rayo de sol se filtró entre las nubes y fue a posarse durante un minuto aproximadamente sobre el capó de mi coche.


Esto no era extraño de por sí y es algo que sucede a menudo. Pero lo que me sorprendió es que el rayo de luz parecía curvarse como el hilo de una telaraña adherida al auto. Por un momento fue como si el cielo hubiera sacado la caña de pescar e intentara atraparme con su sedal enganchado al vehículo. Supongo que fue un efecto óptico o la refracción en el cristal del parabrisas. Pero su duración me permitió maravillarme y preguntarme si no había algo de magia en aquel pequeño fenómeno natural.

Al cabo de unos minutos, mientras aguardaba con ilusión que aquello se repitiera (no volvió a pasar, pese a que las circunstancias atmosféricas no habían cambiado, y los siguientes rayos de sol se posaron en perfecta y rigurosa rectitud), observé cómo dos pequeños animales se paseaban por el carril izquierdo de mi lado de la autopista. Pasé a su lado a toda velocidad (la velocidad permitida, ojo), pero tuve tiempo de apreciar que se trataba de dos perdices que ni se inmutaron a mi paso y seguían caminando tranquilamente como si estuvieran en medio de un herbazal. La verdad es que no había mucho tráfico, pero quedé asombrado de que los dos pájaros continuaran a su aire, expuestos a que los atropellaran.


Ya no tengo nada más que contar, salvo que el resto del viaje transcurrió con monotonía y normalidad, pues los pueblos amurallados y con fortalezas que bordean la autopista, como Evoramonte, Estremoz o Montemor-o-Novo, ya habían quedado atrás. Al cabo de unos tres cuartos de hora alcancé mi destino y me metí en el hotel. Justo entonces se precipitó un fuerte chaparrón que ya se había apagado cuando volví a salir para buscar mi cena en el restaurante de El chico de Porto. Entonces volvió un poco la melancolía, porque hacía un mes que había estado allí con mi mujer y mis niños y nos habíamos divertido mucho, comiendo pescado de calidad. Al menos, había podido hablar con ellos e incluso verlos a través de Skype (para eso está la tecnología).

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