martes, 16 de febrero de 2010

Colaboraciones: El secreto del idioma más hablado del mundo, de Macarena Márquez

Un buen día, Macarena y yo nos convertimos en vecinos. Vivíamos con nuestras respectivas familias en el mismo edificio, la torre que se levanta desde hace varios lustros en medio del Paseo de Zorrilla, junto a El Corte Inglés, justo donde antes estaba el antiguo estadio de fútbol de Valladolid. Creo que nos encontramos en el ascensor y ella ya había oído que yo también escribía. Desde aquel momento, empezamos a hablar de literatura y a concertar citas con los amigos de la AEN.

Macarena, su hija y su marido son de esas personas a las que echamos de menos desde que regresamos a Sevilla. Madrileña hasta la médula, cambió de aires siguiendo los impulsos del destino, que no los propios. Probablemente algún día tenga que propiciar otro vuelco en su vida. Es un espíritu inquieto, que describe pasajes autobiográficos para ilustrar de emociones y sentimientos sus relatos. Eso mismo es lo que ocurre con 37 minutos en el atasco, obra llena de sensaciones y recuerdos.


Los libros suelen forjar amistades duraderas, como viene demostrando el catálogo de autores que están pasando últimamente por este blog. Aunque no nos veamos, seguiremos en contacto, indudablemente, y deseándonos lo mejor, tanto en lo personal como en lo profesional y lo literario.

Macarena me ha enviado esta reflexión, una rebeldía sincera hacia una de esas cosas inevitable de nuestro mundo. Disfrutad leyendo El secreto del idioma más hablado del mundo.

Jamás había comprendido el motivo por el cual el idioma de una sola isla se había convertido en el idioma de todo el planeta. Sí. Me estoy refiriendo exactamente a la lengua inglesa.

Desde que era niña me había rebelado contra esta apabullante certeza alrededor de la cual no hacía más que dar molinetes en busca de una explicación. Con los años aprendí inglés. Hice el esfuerzo de hablarlo. Puse todo mi oído en pronunciarlo. Mi voluntad en amarlo. No cejando en mi obstinación, estudié Antropología. Después cursé una licenciatura en Historia. Y me doctoré en Filología.

Ninguna de estas cosas fue suficiente. No conseguí averiguar en donde estribaba el éxito de la lengua inglesa.

La antropología no me aportó datos relevantes sobre las diferencias entre una lengua y otra. La Historia no consiguió explicar el auge de la lengua inglesa, ni siquiera a partir de la expansión del Imperio británico en su época más colonialista. Pero es que un doctorado en Filología inglesa por la Universidad de Cambridge tampoco logró acercarme a una verdad, que no por cierta, guardaba alguna lógica.

No obstante, desde siempre había adorado los viajes a Inglaterra. Me gustaban sus monótonos paisajes, sus matizados cielos, la ausencia de temperaturas extremas. La estancia en Cambridge cuando todavía era una doctoranda, colmó mi necesidad de perspectivas interminables y de horizontes amplios. No así, mi necesidad de saber la razón por la cual el idioma de una isla era hablado por el mundo entero.

No había transcurrido un año desde que finalizara mis estudios, cuando fui convocada por la Universidad en que me había doctorado para dar unas conferencias sobre el idioma inglés y su uso. Estaba acostumbrada a dar conferencias, pero ésta concreta, en la vetusta Universidad en la que tanto había aprendido, me llenaba de orgullo.

Fue una radiante tarde de fines de Marzo. Me encontraba en la estación de tren de Alta Velocidad de la ciudad de Valladolid. Esperaba salir hacia Madrid, en donde tomaría un avión rumbo a Londres. De repente, un hilo de voz femenino perfectamente timbrado reclamó toda mi atención. Era una voz bien empastada que como si estuviera declamando, traducía al inglés todas las informaciones que previamente se emitían en español.

La voz, en su más que correcto inglés, se iba haciendo con todo el vestíbulo de la estación y conmigo. Me llamaba. Reclamaba toda mi atención como si fuera una sinfonía. Ni las noticias de las dos de la tarde de la BBC radiaban con una pronunciación tan agraciada.

Miré alrededor. No había ni un solo inglés en el gran vestíbulo. Pero es que por si fuera poco, no había un solo extranjero.

Entonces ¿a quién le hablaba la voz?

El tren llegó. Nada más poner el pie en la estación de Chamartín, volví a escuchar la voz. Cambiaban los mensajes. Pero era la misma pronunciación exquisita en un idioma extraño. Había extranjeros. Claro. Pero la mayoría hispanohablantes. Si acaso algún ruso.

Entonces volví a preguntarme ¿A quién le habla la voz?

El avión salió. Al cabo de una hora aterrizó en el aeropuerto de Heathrow y yo partí rumbo al hotel. Hasta el día siguiente no tendría que dar mi conferencia en Cambridge.

El hotel era de una cadena española. Me gustaba ir allí cuando iba a Londres porque estaba muy céntrico, era muy tranquilo y contaba con salas comunes silenciosas en donde era posible abstraerse. También porque el servicio de restaurante era de los mejores de la ciudad.

Entré en la recepción. El hotel estaba atestado. Toda la gente que deambulaba por la gran sala era hispanohablante. La mayoría españoles, pero también había algún argentino, una familia dominicana, un cubano. Incluso unos recién casados que decían ser de Venezuela. Me acerqué al mostrador. Como siempre hago cuando llego a ese hotel, fui a identificarme. En inglés. Ni por asomo se me había ocurrido jamás que, ya que se trataba de un hotel y que encima era de una cadena española, deberían hablar varios idiomas.

Pero siempre hay una primera vez.

—Buenos días. Tengo reservada una habitación a nombre de Amanda González —le dije al recepcionista.

—I’m sorry, Miss Gonzalez, but I don’t speak Spanish. Only in English, please.

O lo que es lo mismo: “Lo siento, señorita González, pero no hablo español. Sólo en inglés, por favor”.

De repente me di cuenta de que no iba a hablar en inglés. Que al menos él iba a intentar entenderme en mi propio idioma. Aunque solo fuera ya por una cuestión de cortesía, la “polite” inglesa, ese término que tan pronto te enseñan cuando aprendes su idioma.

Fue inútil. El recepcionista no hizo por entenderme. Ni por signos.

Derrotada tuve que hablarle en inglés.

Cuando volví a mi estación de AVE preferida, que es la estación del Norte de la ciudad de Valladolid, volví a reencontrarme con esa voz hablando en la lengua universal. Sus uves perfectamente pronunciadas, la suavidad al enlazar unas sílabas con otras, ese arrullo idiomático, el dominio al articular las palatales… Todas estas cosas me invitaron a escuchar como siempre lo había hecho. Es más, me hacían sentir como de vacaciones. En un país que no era el mío.

En un momento de clarividencia entendí lo que ni tres carreras universitarias me habían enseñando. La voz emitiendo se había hecho con todo el vestíbulo. Entonces caí en la cuenta de que igualmente había sucedido con el idioma de una sola isla, que se había hecho con el gran vestíbulo del mundo.

¿El secreto?

Los ingleses jamás han aprendido otro idioma que no sea el suyo.

Macarena Márquez

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Gracias José Angel por tus palabras y por colgar la reflexión. El ascensor está muy silencioso sin vosotros.

Un abrazo fuerte. Macarena

José Angel Muriel dijo...

Sobre todo sin la escandalosa Irene, ¿verdad? Se le oye en todas partes. Cuando sale al pasillo y empieza a gritar para que acuda el ascensor: ¡Censor! ¡Censor!